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Porros del senado

La crueldad citada tiene razón en que entre los porros que violentaron a la máxima casa de estudios

Publicado 06 septiembre 2018 el 06 de Septiembre de 2018

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El martes pasado México vivió dos momentos tan crueles como inesperados: por un lado constató la permanencia y la fuerza de los grupos porriles en la Universidad Nacional Autónoma de México y por otro atestiguó cómo los senadores, encabezados por las huestes de Morena, aprobaron la licencia de Manuel Velasco para dejar la Cámara y regresar a su cargo como gobernador de Chiapas, al cual había renunciado antes para tomar protesta como legislador, para lo que debió cambiar la Constitución local…

La crueldad citada tiene razón en que entre los porros que violentaron a la máxima casa de estudios y los senadores que aprobaron la licencia al funesto Velasco no hay mucha diferencia. Donde debiera haber un antítesis, encontramos un dechado de similitudes cortesía, en su mayoría, del Movimiento de Regeneración Nacional.

Y es que ambos grupos, cada uno a su nivel, mancillaron valores e instituciones; unos lo hicieron con la querida UNAM y otros con el Senado. La Universidad, templo del conocimiento, pasó a ser un cuadrilátero en el que bárbaros intransigentes golpearon sin reparo a verdaderos estudiantes, mientras que la Cámara, recinto de donde debiera emanar la virtud política, mutó a una plataforma para medir el cinismo y la traición a los valores de la democracia y el Estado.

¿Hay diferencia entre el actuar de los porros y de los senadores? En términos prácticos no, pues la forma siempre será fondo, y aprovecharse de condiciones de debilidad de las instituciones, sea una universidad o un recinto legislativo, demuestra una baja calidad moral y un oportunismo siniestro.

Suponíamos muchos que México había cambiado, que los condicionantes que se convirtieron en grilletes durante décadas quedaron atrás; creíamos tanto en la posibilidad de tener una máxima casa de estudios alejada de lacras que mal interpretan la autonomía, como en la edificación de un Legislativo independiente y honesto, que no repitiera excesos ni vicios del antiguo régimen. Al menos esa idea nos vendieron en el anterior proceso electoral.

Qué equivocados estábamos. Qué lastima darse cuenta a base de batacazos tan duros. Y tan rápido.

Ergo, la única forma de enmendar el camino reside en la ciudadanía, que debe dejar de verse el ombligo y exigir una real transformación, una que lleve a las autoridades competentes a actuar, si no por convicción, sí por reacción a exigencias claras y contundentes, por no decir justas.

La acción ciudadana ni empieza en las redes sociales ni acaba en las urnas. Y los porros, los universitarios y los del Senado, debieran recordar que sus mayorías, siempre, siempre serán relativas.

@cmtovar / [email protected]

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