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Occidente sin Dios es cuna de un terrorismo ético

La sana e ineludible relación entre razón y fe, como lo desarrolla la teología y el Magisterio de la Iglesia
Foto: Agencias

Publicado 10 septiembre 2018 el 10 de Septiembre de 2018

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El secularismo y algunas tendencias ideológicas pensaron que la separación de la Iglesia y la toma de distancias de la fe generarían mejores condiciones para construir un proyecto de vida y de sociedad basados en la firmeza de la razón.

Sin embargo paulatinamente se fueron generando condiciones de vida que se alejaron incluso de una fundamentación racional. De suyo la posmodernidad supone un desencanto al poder de la razón que no trajo paz, bienestar y progreso, como prometió, sino guerras, pobreza, injusticias y amenazas de destrucción.

Después de un desenlace como éste vemos con claridad que cuando se expulsa a Dios de la sociedad se expone más al hombre para ser instrumentalizado y cualquier decisión se puede justificar en detrimento de la vida, la familia, la moral y el bien común.

La sana e ineludible relación entre razón y fe, como lo desarrolla la teología y el Magisterio de la Iglesia, ha sido descalificada y la razón ha entrado en un proceso de descomposición y de falta de fundamentación sobre todo en el caso de la ideología de género.

Por eso el verdadero drama que estamos viviendo no es propiamente hablando la pérdida de la fe sino la pérdida de la razón. Es más cuando se margina a Dios y cuando se pierde la fe prácticamente se pierde la razón. Eso es precisamente lo que sostenía Chesterton: “En el siglo XX el hombre no ha perdido la fe, ha perdido la razón”.

Hay muchos errores que se propagan y parece que ya no hay filósofos que clamen contra las declaraciones irracionales, por graves que se prevean sus consecuencias. Eso se esperaría también de los legisladores como personas cualificadas y representantes del pueblo, que respetaran y defendieran la verdad y que gestionaran una vida auténticamente digna.

Decía el poeta romano Juvenal: Sit pro ratione voluntas, “Baste (sirva) mi voluntad como razón”. Esto es lo que más bien se escucha y se constata en el ejercicio del poder, por lo que se entra así en los terrenos de una autoridad despótica.

“La historia ha demostrado que lo que sucede en Alemania no se queda en Alemania”. Mons. Chaput, arzobispo de Filadelfia, así llamaba la atención respecto de la última controversia, precisamente en Alemania, acerca de dar la comunión a los protestantes casados con católicos.

Dejando al margen por ahora este tema espinoso, aprovecho el potencial de una afirmación como ésta para referirme a los excesos y peligros que entraña la ideología de género. Nos ayuda a entender cómo desde Alemania, Rusia, Estados Unidos (aquí comenzó a propagarse la ideología de género) y otros países se han propagado errores que han terminado por generar injusticias, muerte y destrucción.

Nunca en la historia de la humanidad se había logrado imponer a extremos como los que hoy empezamos a vivir una ideología con pretensiones de destruir al ser humano en sus bases ontológicas y crear una nueva civilización de seres mutantes capaces de redefinirse y reinventarse al capricho de cada individuo.

Esto es lo que se asoma en esta ideología de corte neomarxista y sesgo totalitario que busca imponer un nuevo orden mundial. Atenta contra las bases antropológicas, biológicas, éticas y teológicas de la humanidad, supone un insulto al sentido común y un atentado directo a la imagen de Dios en el ser humano.

Decía el Cardenal Robert Sarah que: “Occidente sin Dios es cuna de un terrorismo ético”. Al rechazar a Dios de nuestra sociedad y de nuestras leyes el mundo permanece en la oscuridad, en el egoísmo y en la violencia. Rechazando a Dios como Padre queda lastimada la fraternidad y se va desdibujando la misma humanidad entre los hombres.

Por eso no tenemos amor para acoger a los niños y protegerlos desde el útero materno. Sin la luz de Dios ya no sabemos valorar y respetar a los ancianos, acompañar hasta la muerte a los enfermos y socorrer a los más pobres y necesitados.

Ante la ideología de género y el terrorismo ético no podemos quedarnos callados. Particularmente los cristianos tenemos que dignificar la razón y regresar a Dios, teniendo presente que Jesucristo, nuestro redentor, es la única esperanza de la humanidad.

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de El Dictamen.

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