El Dictamen

Morir dos veces

Morir dos veces

Conocí a Justo durante el verano del 2012 en el desierto norteño; el sol caía sin tregua y ese hombre de 65 años clavaba su machete en una tierra que le respondía con dureza. Quería dar con lo contrario: zonas de terreno blando, removido previamente para hacer una fosa, una tumba, o un agujero donde depositar restos humanos.

Justo buscaba a su hijo, desaparecido un año antes, con la triste certeza de que allí lo habían enterrado, tal vez después de torturarlo, o quizás luego de desmembrarlo según las costumbres de los criminales de la zona.

En su desesperado rastreo escuchó que Felipe fue una de las muchas víctimas que el crimen organizado enterró en las entrañas del noreste del país. Y entonces comenzó a recorrer el desierto, páramos desolados donde, paradójicamente, padres como él buscaban esperanza.

La única misión e interés de Justo era ubicar lo que quedara de su único hijo para descansar a su lado. No le temía a la muerte, ya no, porque su vida acabó el día que reconoció que Felipe no volvería. “Que tu hijo muera primero te destina a morir dos veces”, me dijo bajo un ocaso rojizo.

Desde entonces supe que los padres de víctimas de la guerra del gobierno federal contra el narcotráfico estaban destinados a morir dos veces y que no habría reconocimiento o empatía posible por parte de las autoridades que lo evitara. Y que al menos les debían respeto.

Lamentablemente, el paso de los años nos demostró que los gobiernos de los tres niveles se han empeñado en entorpecer investigaciones con tal de no dejar en claro su incapacidad para resolver los resabios de la violencia engendrada y, mucho peor, que dedicaron buena parte de su tiempo en revictimizar a los muertos. Y también a sus familiares.

Por ello no sorprende lo que hizo la Fiscalía General al dar a conocer la localización de una gran fosa clandestina en el centro del estado, donde se presume habría al menos 168 cadáveres. Como si se tratase de algo épico, de un logro plausible, la autoridad estatal dio a conocer el hallazgo. A su entender, cada hueso es un trofeo y no el trozo de un ser humano con pasado y principios.

¿Y los deudos? Los que mantienen la vela votiva de la fe que les lleve a dar con el paradero de su hijo, de su padre o de su esposo, no parecen contar para una Fiscalía que olvida que todos y cada uno de los que perecieron a través de la violencia infringida por el crimen organizado, son víctimas de un país en donde la línea entre inocentes y culpables es apenas una capa ligera de niebla.

El trato de la Fiscalía no sólo resultó desafortunado, sino que abrió viejas heridas, dejó a los deudos con esperanzas, sí, pero también dubitativos hacia las formas y el quehacer de un gobierno que más que respuestas, siembra preguntas.

Los padres de las víctimas ya murieron dos veces y no debe olvidarse. Merecen respuestas contundentes. Necesitan, como todo el estado, justicia.

@cmtovar / cesartovar23@gmail.com

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