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Los fanatismos

El filósofo español me recordó entonces a Voltaire
La ostentación del poder y la contradicción del miedo

Publicado 04 septiembre 2018 el 04 de Septiembre de 2018

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“El problema del mundo moderno, como lo fue del antiguo, no es otra cosa que el fanatismo” le escuché a Fernando Savater hace algunos años en una plática con un grupo de estudiantes, mientras argumentaba los riesgos de la actualidad, magnificados por la tecnología y el exceso de información.

El filósofo español me recordó entonces a Voltaire, quien dedicó buena parte de su obra a pontificar en contra del fanatismo; el hombre de las luces dejaba en claro que la intolerancia es hijo de los fanáticos, y éstos a su vez se engendran en la ignorancia. En el miedo, precisaría Jung años después.

Y el problema del miedo estriba en que hace que el ser humano actúe más en consecuencia de sus emociones que de su razonamiento. Y sin razonamiento, se sabe, sólo queda el impulso. Si lo dicho se limita al campo personal, podría no resultar grave, pero si alcanza el territorio público, entonces puede ser devastador.

Un fanático encargado o dentro de los asuntos públicos se convierte en un déspota o en un aplaudidor sin conciencia propia. La suma de déspotas o aplaudidores tienden a crear sátrapas que creen que el marco jurídico y legal de sus atribuciones lo dictan a su parecer.

México bien lo sabe. Durante décadas lo vivió mediante funcionarios que alcanzaron riquezas insultantes o políticos mediocres que hicieron suyas las tomas de decisiones sólo porque las podían, no porque legalmente les correspondieran. Todo mientras alentaban que creciera (con pies de barro) la figura política presidencial de entonces. Mientras más grande, más ávida de adulaciones.

En medio, la historia nos enseñó que gobernar con el fanatismo como bandera, defendiendo lo indefendible por mera emoción, sin mediar conciencia, sólo trae problemas o manchas imborrables, que se repiten porque los esbirros no aprenden lecciones, pero sí embarran todo con sus pobres ideales y su escaso discernimiento.
De entrada, el fanatismo divide a la población, amén de exacerbar las diferencias, haciéndole creer al fanático que su verdad, por más carente de argumentos, es la única posible, y que el diálogo, siempre democratizador, no tiene cabida si no se ejerce con alguien que piense como uno.

Por ello es que México se puede contar con base en traiciones (a Morelos, Madero, a Juárez, a Carranza, etc), linchamientos populares por diferencias políticas (Canoa en 1968) o en mandatarios cuyos congresos permitieron actuar sin un ojo vigilante, sin quien limitara el poder de la banda presidencial. Ni qué decir de las guerras intestinas en donde entre iguales existían diferencias tan grandes que con relativa facilidad se llegaba a la violencia con tal de defender los propios fanatismos.

¿Les suena? Hoy, en pleno Siglo XXI, contra la propia historia, contra aquellos que alertaron de los riesgos, México está en la cornisa, al borde de caer en ese abismo una vez más.

Cierto que las guerras actuales se libran por Twitter, o que aquellos que son linchados lo son porque se les acusó de delincuentes, pero también que los futuros gobernantes tienen ante sí la tentación de caer en la egolatría que les proporciona el fanático, de escuchar los cantos de sirena que provienen desde los puntos que dominan aquellos quienes les respaldan a viento y marea, sin aire crítico, sin el menor interés de fomentar el debate público.
Por el bien común, los que ostentan poder deben recordar a Voltaire o Jung. Por el bien común deben templar el clima de sus hordas. Por el bien común, debe imperar la razón.

@cmtovar / [email protected]

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