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Entre neblina y caserones

Galindo nunca se propuso ser escritor, desde pequeño supo que iba a serlo. Sus padres acostumbraban leer en voz alta, principalmente su madre, ellos fueron su gran influencia.
Foto: Agencias

Publicado 02 septiembre 2018 el 02 de Septiembre de 2018

por

Sergio Galindo Márquez
2 sept 1926 -3 enero 1993

Maricarmen Delfín Delgado

Para el pequeño Sergio la vida en los corredores y todos los rincones de su casa en Xalapa eran el refugio ideal para leer, pensar y crear historias. Ser el hijo número once de esta numerosa familia le permitía aislarse para crear sus propios juegos, sus historias, tenía tiempo para pensar e idear escenarios que en su imaginación le ayudaban a disfrazar muchas cosas, nada correspondía a la realidad, así lo comentó años después.
Galindo nunca se propuso ser escritor, desde pequeño supo que iba a serlo. Sus padres acostumbraban leer en voz alta, principalmente su madre, ellos fueron su gran influencia. A él le gustaba escuchar historias fascinantes y desde que cumplió la edad de siete años lo motivaban dándole varios libros de novelas intrascendentes pero amenas, que le causaban beneplácito, y con ello fomentar su amor por la lectura.
Su madre también fue su gran apoyo, su cómplice. Recordó una tarde caminando al lado de ella por los corredores de su casa, de pronto le dice con la seguridad que le daba su vocación que él sería escritor, con esa convicción y aplomo logró su objetivo, pues su padre no aprobaba su decisión, quería para su hijo un título que le diera seguridad económica.
En su etapa de estudiante escribió en una especie de periódico de tres o cuatro hojitas críticas burlonas para sus compañeros y maestros del colegio, inventando historias donde ellos eran los personajes. Él mismo se las pasaba para que las leyeran, las calificaba como tonterías, cosas de humor pero divertían y gustaban. Abandonó el género humorístico por considerarlo superficial, por la mala fama que perseguía al sentido del humor, sin embargo éste está presente prácticamente en toda su obra.
En la escuela secundaria escribió algunos versos, y en la universidad, romances que se pueden considerar corridos. Finalmente no incursionó en este camino.
Excelente narrador, el más expresivo de su generación, gran contador de historias, con recursos narrativos tomados de su entorno, de la naturaleza y de sus vivencias: las mañanas de neblina, de sol espléndido, así como los cerros y la vegetación, los tejados y caserones antiguos. Tomaba paisajes de sus viajes y de sus visitas al mar.
Tenía fascinación por la desnudez, consideraba al cuerpo humano hermoso, pero en las partes eróticas de su obra no sintió que hubiera la necesidad de alargar una escena para que no resultara monótona o vulgar, procuraba decir lo esencial.
La comida también es parte de su escenario convirtiendo a la lectura en un platillo que se antoja degustar; su gusto por la pintura y la música lo inspiraron en la creación de sus obras. Su novela Declive está basada en algunas experiencias como alcohólico, lo cual disfrutó pues le inspiraba para escribir, de lo se retrató años después cuando le detectaron una enfermedad y deja de beber, declarando que ahora sin probar alcohol era más productivo.
Con personajes de la clase media, con lenguaje y vivencias cotidianas, Galindo nos pone ante un espejo en el que todos nos hemos reflejado al leer su obra. Creados con actitudes opuestas, entre el miedo y la valentía, entre el odio y el amor, entre la rivalidad y la fraternidad, entre la venganza y el perdón, entre la vida y la muerte.
Nunca le gustó opinar sobre su obra pues decía que ésta hablaba por sí misma. En la actualidad sigue siendo referencia en el ámbito intelectual, sus creaciones se han reeditado, es citado permanentemente en el mundo académico y es constante sujeto de análisis a través de ensayos y en libros.

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de El Dictamen.

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