El Dictamen

Muñecas rotas

Muñecas Rotas

Lo vio en una vitrina de la tienda departamental que se ubica entre el Colegio de Bachilleres al que acudía y la casa de sus padres. No era el mejor de los teléfonos celulares, pero Andrea deseaba más que cualquier otra cosa ese aparato coreano, más incluso que la fiesta de quince años que durante su adolescencia alimentó sus anhelos.

Al final, la joven chiapaneca obtuvo el smartphone y dejó olvidado el festejo de quinceañera; “son otros tiempos, ya nadie quiere esas fiestas”, argumentó ante su padre sin saber que el celular asiático sería la puerta hacia un mundo tan oscuro como una pantalla apagada.

“Mis amigas ya tenían novios, presumían que conocían a hombres de varios lados, decían que ya eran mujeres hechas, que ya estaban grandes. Y todo porque tenían celular. Y pues una se llena de envidia, una pues quiere también estar ahí, aunque no se sepa ni para qué”, narra Andrea, hoy de 19 años.

La noche de su cumpleaños, la entonces menor de edad la dedicó a descargar aplicaciones, entre ellas la popular Tinder, utilizada para conocer posibles parejas. Ante su asombro, Andrea tuvo gran éxito en la app, por lo que en cuestión de días se puso en contacto con al menos una veintena de hombres.

“Esto fue el inicio de todo. Yo me sentía que era lo máximo, que era pues bien hermosa y que por eso me buscaban. Conocí a algunos y pasaban cosas, pero al final era como un juego, ¿verdad? Hasta que llegó él y pues pasó todo esto”, narra.

Al hablar de “él”, Andrea se refiere a Manuel, un hidalguense que le contactó vía Tinder y se ganó su confianza, que se convirtió en su confidente primero, luego en su “ángel guardián”, posteriormente en su pareja y, al final, en su proxeneta.

“Me dio siempre lo que necesitaba. Primero atención, luego que me escucharan, después ayuda en mis mensadas y luego me quiso, o eso decía antes de que mis problemas empezaran”.

Una calurosa tarde del verano de 2014 en un grasoso motel chiapaneco, Manuel no sólo le robó la virginidad a Andrea, también le arrebató el autocontrol.

Y así, casi como si nada, un par de meses después de conocerse y antes de que ingresara al segundo año del bachillerato, Andrea se fugó con el hombre que le prometió una vida de atenciones, la posibilidad de fraguar sueños comunes y, sobretodo, de ser el centro del universo.

“Me sentía una reina, la mejor de todas. No tenía idea de nada. Nunca había salido de mi pueblo en Chiapas y de repente ya estaba yo rumbo a Veracruz para vivir con un fulano que ni conocía. Esa noche empezó todo”.

El problema

De acuerdo a estudios internacionales, México ocupa el quinto lugar mundial en trata de blancas, problemática que existe en al menos 23 de los 32 estados. Aunque no existen cifras precisas por parte de las autoridades locales, organizaciones no gubernamentales estiman que cada año al menos 22 mil menores son integrados a las redes de explotación, cuya extensión alcanza a casi 90 mil casos anuales.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos ha insistido en que no existe un análisis consistente y profundo de la problemática, conociéndose que los estados con mayores afectaciones por el tema son Tlaxcala, Hidalgo, Puebla, Chiapas y Veracruz.

Los análisis de la Comisión y, de acuerdo a reportes de prensa, de la propia autoridad federal, Veracruz es una de los puntos más importantes de recorrido en la trata de personas, por lo que es común que las mujeres que son traídas de los estados del sureste, e incluso de Centroamérica, hagan algún tipo de escala en la entidad.

Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en el último lustro la explotación sexual vía la trata de personas creció exponencialmente, siendo ya prácticamente siete de cada diez caos los que termina así; en un informe reciente, el organismo, vía la UNICEF, reveló que las redes de trata en el mundo alcanzan casi 160 países y que México es uno de los destinos favoritos para ejercer la trata de personas.

La tristeza

Incomunicada, sin saber exactamente dónde se encontraba (supo después que estaba en Córdoba, Veracruz), Andrea llegó a pasar dos días sin probar alimento o beber agua. Manuel la había olvidado y cuando aparecía era para mal alimentarla, agredirla y recordarle que era de su propiedad. Con el paso de los días, se hizo a la idea y dejó de luchar, sometiéndose por completo a su victimario.

“Llegué a creer que él tenía razón, que yo no valía nada. Hacía todo lo que me pedía. Si quería tener sexo lo teníamos aunque fuera a la fuerza… cuando me dio alcohol lo tomé y luego pues ya fueron drogas, y en unos meses yo ya no existía”, explica.

Andrea comenzó a ser explotada sexualmente tan sólo cuatro meses después de irse de su casa. Manuel llevó al primer hombre una mañana de domingo. “Había futbol. Manuel estaba viendo el partido mientras su amigo me violaba en el cuarto. Ese día lloré mucho, pero no sirvió de nada porque luego ya eso era todos los días, primero dos, luego tres hasta que pues llegué a tener sexo con quince hombres. Seguía siendo menor de edad”, explica.

Ya mayor de edad, desprovista cualquier rasgo de valor y ánimo, Andrea escapó de su cárcel cuando Manuel bajó la guardia. Y lo hizo no sin arrepentimientos, no sin dudas y zozobra.

“Ya estábamos en el Estado de México, a donde nos movimos porque Manuel estaba ya en otras cosas y porque allá había enganchado a otra niña. Era tan bueno para lavar cocos que la llevó al mismo cuarto donde vivíamos, y pues ya engolosinado con la nueva me descuidó y me le escapé”.

Andrea, que trabajó como prostituta en algunos barrios pobres de la Ciudad de México tras su huida, encontró ayuda en organizaciones no gubernamentales que lograron su reinserción exitosa en la sociedad. Hoy, jovencísima, prepara su camino, aunque sabe que detrás dejó a otras muchas víctimas.

“El amor apendeja”

María no sabe explicar cómo fue que pasó. Es incapaz de establecer en una línea cronológica el momento en que aceptó dejar de lado una vida medianamente estable por lo que ella creía era amor. A los 30 años decidió darse una nueva oportunidad lejos de Veracruz, donde pasó toda su vida.

“Nos conocimos en un chat del Internet. Yo estaba recién divorciada y había perdido a mis amigos, a mi pareja y pues no tenía a nadie porque mi familia se alejó cuando mi ex esposo me dejó. Me sentía una mujer fea, sin ningún atractivo. Vivía al día, con la pura inercia”, relata.

María, técnica contable que hoy ya suma 34 primaveras, enlaza una historia en donde las charlas a través del chat, y posteriormente del whatsapp, hasta altas horas de la madrugada, eran lo único que le daba cierto motivo para mantenerse alerta. Luis parecía un buen sujeto.

“No me daba cuenta, pero me engatusó, así como dicen, porque se dio cuenta de que necesitaba a alguien que estuviera conmigo. Él vivía en la Ciudad de México e iba a verme cada quince días y pues éramos como una pareja al principio, se portaba muy bien y yo me enamoré perdidamente”, añade.

Al poco tiempo María reconoció cambios en Luis, quien comenzó a pedirle dinero, a desaparecer por días, en resumen, a jugar con su mente. “Me controló, jugó con mi cabeza hasta que ya no tuve forma de detenerlo, hasta que se adueño de todo. Me decía cómo vestirme, me prohibió maquillarme, me hacía enviarle videos donde me cortaba la piel o me masturbaba con varios objetos, desde botellas hasta verduras. Una noche hizo que me echara cera en mis ingles, sólo para divertirlo. No tenía voluntad, le pertenecía”, explica entre sollozos.

María aún no sabía que unas semanas después acabaría “trabajando” en una casa de citas clandestina, que tenía lugar en una mohosa construcción en los límites de la Ciudad de México.

“Me prometió que estaríamos juntos, que haríamos una vida, que seríamos felices. Dentro de mí sabía que tenía que desconfiar, pero ya sabes, el amor ciega, el amor apendeja. No pasó mucho para que me dijera que debía trabajar y que lo más fácil para ganar dinero era que vendiera mi cuerpo”, cita.

María no veía un solo peso de aquellos trabajos. Con el paso del tiempo la situación se agravó para ella, poniéndose en alto riesgo, entregando su dignidad y el físico para mantener el tren de vida . Hasta que supo escapar.

“Me vendía hasta con diez o doce hombre al día, a muchos los dejaba hacerlo sin condón. Me golpeaban, me lastimaban de muchas maneras. Tenía el alma rota. Logré escapar en un momento de furia, en un momento en que estuve (sic) valiente y me fui. No sabía qué hacer, pero afortunadamente encontré gente que me ayudara. Las heridas no van a sanar completas, pero pude seguir viviendo”.

Las causas

Para Sandro Mina, doctor en psicología especializado en comportamiento humano y colaborador de El Dictamen, el comportamiento de víctimas y victimarios tiene un origen común, que se explica desde el plano social y psicológico.

“Aún existe en México una diferencia y franca oposición entre los géneros, masculino y femenino.; mantenemos relaciones cuya connotación sigue como activo versus pasivo, independencia versus dependencia o dominación versus abnegación. En consecuencia hay un marcado sexismo, lo que determina lo que siempre se ha estudiado: para el mexicano existe un híbrido entre poder y amor, lo que se convierte en una herramienta para manipular, derivando en comportamientos extremos como la trata de personas”, argumenta.

De acuerdo con Mina, aquellos que usan a otros para obtener beneficios económicos doblegando su voluntad tienen perfiles y rasgos que coinciden con los psicópatas.

“Tienen claros los trastornos disocial y antisocial de la personalidad. Son impulsivos y necesitan nuevas, variadas y, gradualmente, sensaciones cada vez más intensas. Además carecen de empatía, son manipuladores y presentan un déficit en el desarrollo moral, que los exenta de culpas y remordimientos”.

Por su parte, las víctimas se caracterizan por contar con un historial de vida complejo, lleno de ausencias o abusos físicos, psicológicos y/o sexuales. “Hablamos de gente de baja autoestima, indecisa, dependiente, insegura e ingenua, que se siente inútil o indefensa. Si estos dos tipos de persona se juntan, es un riesgo enorme”, explica Mina.

La desgracia

De acuerdo a datos oficiales, al menos 25% de las víctimas de trata de blancas son menores de edad; reportes de la Interpol y de las autoridades mexicanas revelan que hay casos de niños de hasta dos años dentro del comercio internacional sexual.

México es clave dentro del turismo sexual, relacionado con mujeres jóvenes y menores, tal como ha sido documentado ampliamente en trabajos periodísticos y diferentes estudios.

Esto no lo sabían Malena, Roberto. Susana o Josefina, todos ellos niños que oscilaban entre los 8 y 14 años cuando se convirtieron en parte de la estadística. Sus caminos los cruzaron en Veracruz, ya fuera porque llegaron de paso junto a sus abusadores, o porque crecieron en la entidad.

Son las voces de los sin voz, de las decenas de miles de víctimas de la trata de blancas, una hidra que parece invencible, pues sus tentáculos alcanzan todos los rincones y controlan, además de cuerpos y mentes, autoridades de todos los niveles.

“Me robaron la niñez. Yo no supe qué era jugar con muñecas o lo que era tener amigos y hacer tonterías. No, yo tenía que trabajar como si fuera adulto, tenía que darles mi cuerpo. Ni siquiera entendía lo que hacía sino hasta que ya crecí; cuando ya estaba más grande supe que antes de crecer ya me habían frenado y no podía vivir. Fui usada desde los ocho años”, narra Malena, otra de las víctimas.

Y así como ellos, cientos de menores y también de adultos jóvenes están por entrar en las garras de la trata de personas, de ingresar a un mundo sórdido, al que la sociedad ha preferido ignorar. Su susurro no parece relevante.

“Es una realidad que México tiene ante sí un problema grave, y con él varios estados, que poco han hecho para atender un problema que crece y crece. Dentro del problema existen muchas aristas, que vienen desde el proceso de captura, el traslado y la entrega, lo que va siempre acompañado de amenazas y abuso de poder. Se trata de una esclavitud moderna, dentro de un país con un marco legal, democrático y de economía abierta”, explica Eduardo Buscaglia, especialista en seguridad.

Buscaglia ha insistido en que en el país hay una ausencia de implementación de leyes específicas contra la trata de personas: “No hay prevención, no hay castigo y por lo tanto no debe extrañar que se coloque a México en el tercer lugar a nivel mundial sobre trata de personas. Obviamente hay un problema de demanda por parte de los países con mayores recursos”, argumentó en su momento.

Entretanto, las muñecas se mantienen en ese espiral. Unas salen, rotas por completo. Otras escapan sin quien las remede. Las de peor suerte ingresan a un mundo oscuro, donde nadie pone un poco de luz.

“En las calles, en los barrios, en los pequeños pueblos lejos de todo hay muchas niñas que deben ser rescatadas. Ojalá lleguen pronto y lo eviten, porque este infierno nadie debe vivirlo. Si a mí me pasó, rezo porque sea la última”, concluye Malena, con un tono entre esperanzador y melancólico.

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