Los indicadores económicos de México reflejan que, a pesar de condiciones adversas presentes en el entorno internacional, de manera muy significativa la volatilidad presente en los mercados financieros globales a partir de la crisis económica hipotecaria de 2008 cuyas consecuencias todavía enfrentamos y la caída del precio internacional de referencia del barril petróleo en septiembre de 2014, nuestro país ha logrado crecer de manera moderada pero sostenida, sin caer en desequilibrios que pudieran haberse manifestado en una grave crisis económica interna.
De acuerdo a cifras del Banco Mundial, en 2017 México ocupó la decimoquinta posición entre las mayores economías del mundo, representando el 1.54 por ciento de la economía a nivel global, y la segunda en Latinoamérica después de Brasil. Asimismo nos encontramos en el decimotercero lugar entre los principales países exportadores del mundo de acuerdo a la Organización Mundial del Comercio.

En los últimos seis años nuestra Nación ha demostrado una gran capacidad de resistencia ante las condicionantes económicas que privan en el escenario internacional, y que afectan de manera determinante el impulso de un crecimiento más acelerado. Ha presentado las tasas de inflación más bajas en los últimos cuarenta años, cuenta con un sistema financiero sólido, ha logrado crear cuatro millones de empleos formales, la tasa de desocupación es del 3.3 por ciento que es el nivel más bajo en la última década; han crecido significativamente nuestras exportaciones, el sector agrícola ha retomado su dinamismo, el consumo interno muestra una dinámica estable, es una de las naciones que capta más Inversión Extranjera Directa y ha logrado posicionarse en el octavo lugar con mayor captación de turistas.

De este modo, si nos atenemos a indicadores macroeconómicos es definitivamente imposible afirmar que México se encuentra en una situación de “bancarrota” como declaró el presidente electo Andrés Manuel López Obrador el pasado 15 de septiembre en la ciudad de Tepic, Nayarit. En respuesta a esta declaración representantes de la banca y de la industria aseguradora, así como líderes empresariales coincidieron en que la economía mexicana es sólida y dista mucho de encontrase en situación de “quiebra” que es sinónimo de “bancarrota”, ya que sus finanzas públicas están bajo control al igual que el nivel de endeudamiento en términos de la capacidad económica y productiva de México, y tanto el sector asegurador como la banca cuentan con liquidez y recursos suficientes para enfrentar el futuro de la Nación.

Sin embargo, si observamos con mayor detenimiento la definición del vocablo “bancarrota” que establecen tanto el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia como el Diccionario del uso del español de María Moliner, en la tercera acepción del término se define como como: “Fracaso de un sistema económico o doctrina”.

Y es en este tenor que el presidente electo puntualizó el pasado martes que la crisis que vive hoy nuestro país no debe medirse sólo en variables macroeconómicas y expuso que al referirse a este concepto incluye seis puntos que deben ser considerados en su nuevo modelo de nación: “México lleva treinta años sin crecimiento económico; la deuda pública del año 2000 a nuestros días ha crecido a diez billones de pesos; han aumentado el número de personas que viven en situación de pobreza; en la última década aumentó considerablemente la violencia y el sufrimiento de las víctimas; se ha reducido la capacidad de producción petrolera de nuestro país; y la corrupción ha agravado la situación económica y social”.

Sin duda, el uso del concepto “bancarrota” tal vez no fue la mejor elección para definir los grandes retos que enfrentará su administración para resolver asertivamente el gran problema de la distribución de la riqueza nacional y la inseguridad que priva en prácticamente todas las entidades federativas de nuestro país, por lo que fue matizado por él mismo ayer en Baja California donde reiteró: “Sostengo que hay crisis en México y que hay mucha pobreza, mucho abandono, mucha inseguridad, mucha violencia y que ha resultado un fracaso la política económica neoliberal”.

En este contexto, el presidente electo aseguró que cumplirá con sus compromisos de campaña, aunque será difícil lograrlos todos. De ello estamos conscientes la mayoría de los mexicanos, así como de la necesidad de marcar ante la ciudadanía un punto de partida.

Son altísimas las expectativas de cambio generadas por la propuesta electoral de Andrés Manuel López Obrador a las que se añaden las que se han ido agregando desde su triunfo en las urnas, también lo son los retos a enfrentar; a ningún lugar nos conduce la disonancia verbal pero tampoco la intransigencia de no escuchar con moderación lo que se quiso transmitir ante el calor de una ciudadanía esperanzada en la puesta en marcha de políticas públicas razonadas y austeras que nos lleven a una sociedad con bienestar para todos.

México cuenta con instituciones sólidas que hemos logrado hacer realidad a lo largo de nuestra historia independiente y de ellas nos sentimos profundamente orgullosos, pero de lo que tenemos que tener mucho cuidado es de caer en una “bancarrota moral” que deje a un lado los principios humanitarios que unen nuestro pacto social y los objetivos que queremos alcanzar de manera pacífica y consensuada para lograr una sociedad más equitativa y justa, en la que el Estado de Derecho dicte las pautas del comportamiento social y en la que el desarrollo sostenible sea nuestra prioridad como compromiso intergeneracional.

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