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Los oídos sordos, por Manolo Figueroa

Acostumbrado a la discusión en el medio académico en que me muevo, hablar al mismo tiempo es inaceptable
Foto: Agencias

Publicado 05 agosto 2018 el 05 de Agosto de 2018

por

Manolo Figueroa Unda

Una de las costumbres que heredamos de nuestra madre patria forma parte integral de nuestro ethos cultural. Esta es la incapacidad de escuchar al otro, especialmente si este otro no piensa como nosotros. Nos encanta, y yo me incluyo, predicar a los conversos. Es decir que aquellos que hablan nuestro mismo lingo y comparten nuestra ideología de la vida no necesitan ser escuchados; para que si hablan lo mismo que nosotros. Sin embargo, los programas de debate y de dialogo acerca de nuestra realidad y futuro, se llevan a cabo con continuas interrupciones y una competencia acerca quien habla más fuerte por sobre los otros. Esta costumbre que la denomino ibérica la descubrí la primera vez que me tocó estar en reuniones o discusiones en la Madre Patria. Introducir la baza era difícil por no decir imposible. En tal contexto cultural todos hablan a la vez, dando a conocer sus puntos de vista sin ser escuchados y, por ende, nadie escucha al otro.

Acostumbrado a la discusión en el medio académico en que me muevo, hablar al mismo tiempo es inaceptable. Se espera el turno con la premisa que estoy en el proceso de analizar lo que el otro dijo, afirmo o denego de mi locución. De esta manera, el proceso de comunicación tiende a elevarse y progresar, permitiendo a la audiencia o a los otros miembros del grupo, pensar en la racionalidad o factibilidad de las ideas presentadas. En mi caso, discutir en América Latina, sea Chile, Argentina, México es contribuir a la disonancia mental y de audición. Los programas de debate de televisión en esos países son un asalto a mis capacidades auditivas y produce un rechazo cognitivo total. Más me vale callar si es que estoy directamente involucrado o cambiar el canal de televisión y seguir con mis ideas de converso.

Una de las cualidades de los sistemas democráticas es el respeto básico al derecho de libre expresión y al compromiso de ser escuchado y poner mis ideas sobre la mesa para ser rebatidas en forma lógica y racional. Faltar a esta premisa básica es deformar nuestras acciones democráticas y convertirlas en autoritarias y, de esta manera desintegrar el tejido cultural en que se basa el contrato social enmarcado en las leyes y constituciones de las reales democracias. Nunca creí y acepté el centralismo democrático o la sola idea de democracias protegidas. ¿Protegidas en contra de qué? ¿Protegidas de las ideas que no cuadran con nuestro esquema valórico y político? ¿Protegidas de la disensión y de lo diferente a mis creencias? Eso es totalitarismo y es negación de la democracia.

Los orígenes de esta realidad se encuentran en los hogares, las iglesias, los medios de comunicación y, en forma preponderante en nuestras escuelas, donde la voz de la autoridad diga lo que diga, verdadero o falso, tiene que ser aceptado, especialmente si esta autoridad tiene el poder de imponer sus ideas y sus expresiones verbales, escritas, así como a través de sus símbolos de poder. Esta maldita costumbre refuerza el autoritarismo, negando el derecho al pensamiento crítico tan necesario como ausente en nuestras ciudadanías.

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de El Dictamen.

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