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La religión no es simplemente un dato folklórico de la realidad mexicana

Por: Pbro. José Juan Sánchez Jácome
Foto: Agencias

Publicado 07 agosto 2018 el 07 de Agosto de 2018

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Dentro de las corrientes filosóficas que se difundieron con fuerza desde el siglo XIX algunas lucharon contra la religión declarando abiertamente «la muerte de Dios».

De acuerdo al desarrollo de estos sistemas de pensamiento se ha logrado descubrir que cuando se combate la idea de Dios no se intenta realmente liberar al hombre de supuestos «enajenamientos» y fanatismos, sino que se busca en el fondo frenar una cosmovisión de la vida que resulta incompatible con ambiciones políticas y económicas que descapitalizan la espiritualidad de nuestros pueblos.

La historia de algunas naciones ha puesto de manifiesto que cuando el hombre da la espalda a Dios pone las condiciones para esclavizar e instrumentalizar al mismo hombre. Esta lectura hicieron grandes pensadores de la crisis de civilización por la que pasó Europa en el siglo XX y que provocó fatales consecuencias.

Al respecto decía Oliver O’Donovan, pensador anglicano: «La realidad de ese callejón sin salida en el que ha entrado una política construida sobre una base manifiestamente antisagrada… La doctrina de que somos nosotros los que fijamos la autoridad política, como instrumento para asegurar nuestros propios planes privados y sin relevancia exterior, ha dejado a las democracias occidentales en un estado de franca debilidad moral que, de vez en cuando, provocará inevitablemente reacciones idólatras y autoritarias».

En nuestro caso pertenecemos a un país profundamente religioso que a pesar de distintas vicisitudes históricas se ha mantenido dentro de esta tradición. Sin embargo, la relación con Dios se ha intentado justificar simplemente desde la perspectiva de la libertad religiosa que postula un estado democrático, o desde las costumbres de nuestro pueblo, o simplemente como un hecho cultural.

La emergencia social y económica que estamos viviendo por el problema de la violencia y de la pobreza ha vuelto a considerar la religión desde ese potencial que tiene para renovar a las personas y poner las condiciones para lograr un verdadero clima de justicia y de paz, pues el que reconoce, en este caso, la paternidad de Dios acepta a los demás como sus hermanos y deja de instrumentalizar al ser humano.

La religión no es simplemente un dato cultural o un aspecto folklórico de la realidad mexicana. En este caso los cristianos poseemos una cosmovisión capaz de transformar a las personas y las estructuras sociales. De ahí que no debamos vivir la fe en lo privado, ni en el anonimato, ni de manera sentimental.

Los cristianos somos parte de la sociedad y estamos arraigados en ella, por lo que no solamente los partidos políticos y las instituciones temporales pueden y deben enriquecer la vida de la sociedad. También los cristianos podemos y debemos ofrecer a la sociedad en la que vivimos todos los bienes naturales y sobrenaturales que hemos recibido.

El hecho de amar a Dios y estar arraigados en Cristo no nos aleja del mundo sino que nos permite vivir más intensamente nuestras responsabilidades, aportando lo que este mundo necesita. Esta es parte de nuestra identidad a la que no podemos renunciar y que nos conmina a fijar nuestra postura frente a todas las esclavitudes que lastiman la dignidad humana y dan la espalda al proyecto de Dios. Precisamente, por eso, no se espera de la Iglesia que se acomode a las estructuras de este mundo.

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de El Dictamen.

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