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La Costumbre del Poder: Desaparecer

Entre los desaparecidos hay menores, lo que amarga más el sabor de boca y esa sensación de impunidad contra la que los mexicanos de a pie nada podemos; esa constante de los abusos de poder, esa certeza de que el desaparecido no regresa y ni rastro deja, ni siquiera como Elías, mucho menos como Jonás.

Publicado 22 agosto 2018 el 22 de Agosto de 2018

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Elías es el primer desaparecido en la historia. Al menos así lo consigna la Biblia. Arrebatado al cielo en un carro de fuego. Vaya usted a saber, lector; lo cierto es que nadie sabe qué fue de él.

Jonás es caso distinto. El monstruo, la ballena o Leviatán lo vomitó de regreso a la vida. Elijan su propia pesadilla, como los tamaulipecos parecen haber sido castigados con la suya, todita para ellos, y de refilón para alimentar nuestros temores.

Durante los primeros días de agosto El País da cuenta de la manera en que se desaparece en Tamaulipas. Cabeza del texto y secundaria son elocuentes. La primera afirma: Tamaulipas: desapariciones en la tierra del silencio; después el editor sintetiza: Decenas de personas sin aparentes vínculos con el crimen organizado fueron detenidas en los últimos meses por las Fuerzas Armadas en Nuevo Laredo sin que se haya vuelto a tener noticias de su paradero.

Hasta el momento no hay desmentidos, lo que propicia mi primera interrogante; ¿quién protege a quién? Hay confusión de valores y sentimientos, lo único que importa es regresar al hogar indemne, tener algo para llevarse a la boca y reposar la cabeza sobre una almohada limpia, pero no todos pueden hacerlo. Es insospechado el número de mexicanos que en su ámbito, entre sus amistades y familiares vive como perseguido, como si estar a salto de mata fuese su condición singular y originaria, porque no conocen otra manera de paliar el miedo, pues saben que no hay manera de eludirlo, porque en cualquier momento se puede desaparecer.

Escribe el reportero de El País: “Sentado en una silla a la puerta de su casa, Israel tomaba una cerveza cuando dos camionetas de la Armada se detuvieron frente a él, lo interrogaron, lo golpearon hasta la extenuación y se lo llevaron. Unos días antes, Marco Antonio ponía gasolina con un amigo cuando dos patrullas se acercaron, los subieron a un vehículo y se los llevaron.

“Más descarado aún fue el caso de José Luis , que estaba en una fiesta veraniega con decenas de familias en un yonke (desguace de coches) cuando unos 20 marinos se presentaron en el lugar y obligaron a todos los invitados a tirarse al suelo, incluidos decenas de niños. Entre todos los hombres, el mando que dirigía la operación eligió a José Luis, lo hincó de rodillas y lo golpeó con un trozo de madera. Después los soldados lo subieron a un vehículo y abandonaron el lugar. Más de cien testigos presenciaron la escena y de ninguno de los que se llevaron se ha vuelto a saber nada”.

Entre los desaparecidos hay menores, lo que amarga más el sabor de boca y esa sensación de impunidad contra la que los mexicanos de a pie nada podemos; esa constante de los abusos de poder, esa certeza de que el desaparecido no regresa y ni rastro deja, ni siquiera como Jonás, mucho menos como Elías.

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