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El miedo como instrumento del poder corrupto

Cuando una sociedad tiene que vivir rodeada del miedo y de la desconfianza y de la militarización de la defensa interna ciudadana, es urgente diseñar una nueva y progresiva forma de refundar el gran contrato social que estabilize a las naciones para poder crear una paz duradera y un diálogo productivo, creíble y transparente entre los diferentes sectores de la vida nacional.
Foto: El Dictamen

Publicado 10 agosto 2018 el 10 de Agosto de 2018

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El propósito de escribir opiniones o comentarios en los medios de comunicación es despertar en los lectores reacciones bien razonadas que generen discusiones acerca de lo escrito. Se puede diferir del escrito o se puede aceptar; lo que no se puede negar en una sociedad donde el derecho a la libre expresión es protegido por los organismos de Estado encargados de custodiar eficientemente la vida de los ciudadanos, es la expresión de voces que disientan y sean capaces de expresarse.

Cuidar de la seguridad de los ciudadanos es tarea que recae en las agencias encargadas de cumplir con las leyes, reglamentos y dictámenes que se han cursado a través de los organismos legislativos y de justicia. El problema es que en muchas de nuestras naciones las leyes valen menos que el papel en que se escriben. Cuando la impunidad, definida como una excepción de castigo o escape de la sanción que implica una falta o delito, o en otras palabras, cuando las acciones punitivas en contra de otros, ya sea crimen, robo, intimidación, asesinatos, no son justamente castigados ni llevados a la justicia para su dictaminacion, el contrato social entre todos los sectores de la sociedad nacional se quiebra, se fragmenta creando un vacío de legitimidad y legalidad que afecta la vida de ricos, pobres, ancianos y niños, mujeres creando miedo, y desaliento.

Tal es el problema que se acrecienta a través de décadas de resquebrajamiento de la paz pactada entre las clases sociales y es cuando el miedo toma cuerpo en la ciudadanía, la posibilidad de la libre expresión termina o es violentada. El solo salir a la calle se transforma en una acción llena de ansiedad, de preocupación por la seguridad personal y de la familia; el solo escribir acerca de esta situación se torna peligrosa para quienes tienen la valentía de denunciar a los que se aprovechan impunemente de la debilidad ciudadana. Cuando confiar en aquellos que tienen la tarea de resguardar a las personas desaparece y se convierten en parte del problema, el miedo se transforma en una forma de subyugación de los delincuentes y antisociales que ilegalmente llenan el vacío de poder, resultado del quiebre del contrato social.

Cuando tal cosa sucede, ningún órgano del sistema público y privado está ajeno a la corrupción. Cuando la impunidad se compra ya sea por codicia o miedo, la desconfianza, el cinismo, la rabia y la desesperación de la población toman cursos que son comprensibles, pero, a la larga, acrecientan aún más la crisis ciudadana. Si bien los ricos pueden comprar seguridad, como ya lo indicamos en una opinión anterior, los pobres son las víctimas más desprotegidas en la cual el miedo se puede transformar, por razones de supervivencia, en cómplices forzados de tales actos corruptos y violentos.

Aún más, el propósito de la generación del miedo es la autocensura. Tales técnicas han sido utilizadas en todas las naciones en manos de dictadores y de sistemas totalitarios en la cual la disensión es peligrosa para la vida misma de quienes la practican. Más vale callar que morir. Las autocensuras refuerzan las impunidades y excesos de los dictadores, criminales y los corruptos en el poder.

Cuando una sociedad tiene que vivir rodeada del miedo y de la desconfianza y de la militarización de la defensa interna ciudadana, es urgente diseñar una nueva y progresiva forma de refundar el gran contrato social que estabilize a las naciones para poder crear una paz duradera y un diálogo productivo, creíble y transparente entre los diferentes sectores de la vida nacional.

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de El Dictamen.

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