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Envío especial de una amiga

Lo más peligroso que puede haber para un afortunado es ser feliz delante de un envidioso.

Publicado 26 agosto 2018 el 26 de Agosto de 2018

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Lo más peligroso que puede haber para un afortunado es ser feliz delante de un envidioso:

Un señor está en una peluquería días antes de hacer un viaje con su familia a Roma. En cuanto le toca su turno a ser atendido, comienza la plática con el peluquero mencionando el viaje, y el peluquero dice: “¿A Roma… por qué tingaos alguien querría ir a Roma? Esa ciudad está llena de italianos que apestan. Estás loco si vas a Roma… ¿Y en qué te vas a ir?”. El parroquiano dice: “Voy con Alitalia, estoy aprovechando una gran oferta que da la aerolínea por promoción familiar”. El peluquero: “¿Con Alitalia? ¡Esa pinche aerolínea! Sus aviones son viejos, sus azafatas feas y siempre llegan tarde ¿Y a donde te vas a quedar en Roma?”. El parroquiano: “Vamos a estar en el hotel Internacional Marriot”.  El peluquero: “¿Esa tingadera de hotel? ¡Todo el mundo sabe que es el peor hotel de la ciudad… las habitaciones son pequeñas, el servicio es malo y encima son careros!… ¿Y qué vas a hacer cuando estés por allí?”. El parroquiano: “Vamos a ir al Vaticano y espero ver al Papa”. Burlonamente sonríe el peluquero y dice: “¡Esa sí que es buena! Tú y un millón de personas más tratando de verlo ¡Lo vas a pasar a ver del tamaño de una hormiga!… Pero de todas maneras, te deseo suerte en tu viaje, la vas a necesitar”. Pasó un mes y el parroquiano volvió para hacerse su habitual corte de pelo. En apenas entrando a la peluquería el peluquero le sorraja la pregunta sobre cómo le había ido en su viaje. El parroquiano dice: “¡Fue maravilloso! No solamente llegamos a tiempo en uno de los aviones nuevos de Alitalia, sino que, como había “overbooking”, nos pasaron a primera clase. La comida y el vino fueron deliciosos y tuvimos una azafata preciosa que nos atendió como dioses. Y el hotel, fue fantástico… acababan de hacer una remodelación de 25 millones de dólares y ahora es el mejor hotel de Europa. Allí también había “overbooking”, de manera que se disculparon alojándonos en la suite presidencial… ¡Sin cargos extras!”. El peluquero exclama sin mucho entusiasmo: “Bueno,  pero supongo que no pudiste ver al Papa”. El parroquiano: “La verdad es que fuimos afortunados porque, mientras paseábamos por el Vaticano, un guardia suizo me dio unos golpecitos en el hombro y me explicó al Papa le gusta conocer personalmente a algunos visitantes. Y entonces me invitó cordialmente a seguirlo para llevarnos a las habitaciones privadas del Santo Padre, donde en persona nos recibiría. Cinco minutos más tarde, el Papa entró por la puerta y estrechó mi mano y la de mis familiares… ¡Incluso me dirigió a mi algunas palabras!”. El peluquero, tratando de ocultar su sorpresa, inexpresivo alcanzó a decir: “¿De verdad?”. Pero no pudiendo aguantar las ganas de saber más, agregó: “¿Y qué te dijo Su Santidad?”. El parroquiano: “Me dijo exclamando sorprendido: ¡¿Quién fue el pendejo que te cortó el pelo?!”.

 

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