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PARA TI…

Por: Martha Elsa Durazzo/El Dictamen

Publicado 08 julio 2018 el 08 de Julio de 2018

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Por: Martha Elsa Durazzo M.

Hace pocos días iniciamos el séptimo mes del año… Es tan sencillo caer en la subjetividad de la apreciación del tiempo, que algunas veces lo percibimos lentas  la caída de las hojas del almanaque, otras ocasiones apreciamos raudo el deslizamiento de las manecillas del reloj… El tiempo, cronométricamente, sostiene un ritmo. Hoy, gracias a este espacio que nos brinda EL DICTAMEN, Decano de la prensa Nacional, te brindo un oasis literario.

PIEDAD HERNÁNDEZ BUENO

Nació en Xalapa en 1941 y actualmente radica en su ciudad natal. Psicóloga de profesión. Desde hace treinta años dedica su actividad lúdica a escribir obras de teatro para niños y adolescentes, entre las que se pueden mencionar El sueño de Lili, La visita inesperada, El encuentro, Monólogo de un médico VIH positivo, entre otras, siempre abordando temáticas de salud y dejando su mensaje de crecimiento humano.  Desde 1980 ha mostrado inquietud por el teatro, incursionando ya como guionista o bien como actriz, bajo la dirección de actores como Carlos Bracho. Asimismo ha llevado su entusiasmo y experiencia a la dirección, siempre al lado de adolescentes con quien adaptó sus guiones, como el Consejo Tutelar de Banderilla, Veracruz, en donde formó el Taller de teatro en 1991.  En 1995 se tituló como psicóloga,  precisamente con el montaje de uno de sus guiones.  Dentro del sindicato de trabajadores de los servicios de salud de Veracruz, siempre fue una entusiasta promotora de salud.  Ahora, a punto de retirarse de sus actividades profesionales, como psicóloga, nos ofrece una novela romántica que en mucho nos muestra a la mujer soñadora y a la profesionista luchadora por las causas sociales de la mujer enorgulleciendo así al género.  Ha participado en numerosos eventos culturales, así como en Encuentro Regionales e Internacionales de Escritores Veracruzanos, A.C.

EL DÍA QUE ME CONVERTÍ EN LA LLORONA Y DORMÍ CON LA MUERTE

Hace muchos años, medio siglo aproximadamente, en la Ciudad de las flores, Xalapa, Ver., sucedió lo que voy a narrar, un 31 de octubre de 1961.

     Recién ingresada como auxiliar de enfermería a la Secretaría de Salubridad y Asistencia, actualmente Servicios de Salud de Veracruz, acordaron los directivos de mandarnos a los auxiliares a realizar unas prácticas en el Hospital Civil, durante un periodo de tres meses; el horario era de las seis de la mañana a las seis de la tarde. En aquel entonces yo vivía en la Calzada del cementerio, ahora llamada 5 de febrero, con una tía enferma, ya que mis padres habitaban en una comunidad cercana a la ciudad de Xalapa.

     Todas las mañanas faltando veinte minutos para las seis, salía a esperar el camión del servicio urbano a la avenida 20 de noviembre, en la parada del cementerio antiguo. Algunas veces me encontraba con el velador, que amablemente me daba los buenos días. Una mañana mi tía me despertó diciéndome que ya eran las cinco y que el baño ya estaba listo; caminé hacia el buró donde tenía el reloj despertador para confirmar la hora pero, ¡oh decepción!, olvidé darle cuerda y marcaba las once de la mañana. Mi tía no dejaba de decirme que me apurara; me bañé y, todavía soñolienta, le contesté: – Ya voy tía, ya voy-

Ella me dijo – ¡Piedad no te peines!, déjate el pelo suelto, ya en el hospital te haces el concho.

     Como hacía frío mi tía me prestó su capa de enfermera; al salir a la calle, esta estaba desierta y oscura; pasaron como quince minutos, cuando de repente, visualicé en la esquina de 20 de noviembre al señor velador silbando, me dio gusto verlo y para preguntarle la hora caminé a su encuentro, pero él, cuando me vio salir de la reja empezó a correr y yo tras de él; la capa y el largo flotaban en el aire… Yo le gritaba: -¡Espérame, espérame!

     Él contestaba aterrado:

     -¡Ave María purísima! ¡Dios mío ayúdame! ¡Aléjate de mí Llorona!

     Yo sentía los latidos del corazón muy acelerados y volteaba de reojo, sintiendo que la Llorona me alcanzaba y hasta se me hacía escuchar su grito “¡Ay mis hijos!”. Así seguimos hasta que, por fin, a dos cuadras del mercado de San José, el velador haciendo la señal de la cruz, pálido como la cera y desesperado decía: -¡Apártate, Llorona!

     Le toqué el hombro y le pegunté:

     -¡¿Cuál llorona?!

     -¿No hay nadie?

     Hasta entonces se percató que era yo, y exclamó:

     -¡Válgame dios por poco me muero de un infarto!-enojado me reprochó: -¿Pero qué hace usted sola saliendo de la reja del panteón?

     Muy apenada le contesté: -No puse el reloj despertador y me confundí con la hora.

     Ya un poco calmado, me dijo:

     -¿Y ahora, qué piensa usted hacer? ¿Se va a regresar a su casa?

     -¡No! Me voy al hospital –respondí.

     -¿Está usted segura?

     -Sí.

     -Como usted quiera, permítame acompañarla.

     -Muchas gracias -contesté.

     Al llegar al hospital, afortunadamente, el policía se encontraba en la puerta; el velador le explicó mi confusión con el horario, para que me permitiera pasar, así fue como me dirigí a la sala de ginecología en donde en una de las camas, estaba Amelia, la paciente que había sido operada, dos días antes, de un aborto incompleto. Me acerqué a ella hablándole muy quedo al oído:

     -Amelia, permite que me acueste contigo, tengo mucho sueño, después te explico.

     No recibí respuesta; concluyendo que se encontraba dormida, me acosté con mucho cuidado para no despertarla y me quedé semidormida, con la tentación de ser descubierta. Cuando escuché pasos, me levanté apresuradamente; el médico de guardia entró en la sala, lanzando un grito aterrador:

     -¡Auxilio, la Plancha, la Plancha! –gritaba, señalándome.

     Recobrándome del sueño le dije:

     -¡No doctor, míreme bien, soy la enfermera Piedad!

     -¿Piedad? ¡No entiendo qué hace usted a las cuatro y media de la mañana acostada con la muerte!

     -¿Amelia está muerta? -pregunté titubeante.

     -Sí señorita, la paciente falleció a las doce de la noche.

     Un escalofrió recorrió todo mi cuerpo;  disculpándome, abochornada, me retiré a realizar mis labores cotidianas. El doctor Quiroz me fue a buscar para decirme que tenía una amonestación y dos días de expulsión por la falta cometida.

     Realmente, aunque no era lo correcto, me alegré del castigo, pues esos dos días me sirvieron para recuperarme de todo el estrés… ¡Se imaginan en una sola madrugada viví con personajes tan controvertidos como la Llorona y la Plancha y todavía dormí con la muertita!

     Mi promesa, desde entonces, es no olvidar darle cuerda a mi reloj despertador.

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LIBERACIÓN 

Quiero volar

Volar tan alto como el águila

Sin alguna atadura

Para dejar atrás

El odio y la amargura.

Sacudir en el firmamento

Rencor,  tristeza y melancolía

Y en ese vuelo llenarme de amor

Optimismo y alegría.

Y así, cruzando el horizonte sin prisa,

Para que nadie me impida sentir

El sol, el aire y la brisa

Alimentando mi alma

Seguir siempre adelante.

Dejaré atrás mi pasado lacerante

Volveré a renacer día a día

Con un nuevo amanecer

Caminando al reencuentro

De la armonía y la felicidad.

Recordaré siempre

Que el amor es universal

Y que se debe entregar

De manera incondicional.

 Hasta la próxima, D.M.

US - US -