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 Nos pegó fuerte la globalización

Por: Manuel Figueroa

Publicado 20 julio 2018 el 20 de Julio de 2018

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La caída de la Unión Soviética ante el embate del capitalismo transnacional provoco el asentamiento de la nueva ola de tal sistema político económico. Lo que hoy día denominamos la globalización.

Se nos ofreció la liberación de nuevas fuerzas productivas que iban a mejorar nuestra forma de vivir, acabar con las desigualdades, dado el real libre comercio entre naciones y continentes, y el libre flujo de capitales producirían muchos y mejores trabajos para nuestra explotada clase trabajadora y clase media.

Debo señalar que la utilización del término clase trabajadora es ahora despreciado y se reemplaza por el termino neoliberal acomodaticio de clase media emergente.

Como buen producto del capitalismo corporativo, las promesas fueron mayores que lo realmente ocurrido.

Lo que nos vendieron fue la fantasía de lo mejor gracias a un consumo de productos globalizados (hechos en China, armados en México, India, Pakistán, Vietnam, Centro América) donde la mano de obra explotada y barata estaba disponible y la corrupción asociada con granjerías ofrecidas a la empresas para que se instalaran en los países, hicieron posible el sueño consumista que al poco se convirtió en la pesadilla de las deudas acumuladas para beneficio de las mismas empresas por el pago exorbitado de interés a través del tiempo.

La pesadilla que complicó lo ya complicado de la vida del pueblo. No solo se aprovechaban de su mano de obra barata, sino que además sacaban provecho de la ganancia por deudas. El neoliberalismo-neo democrático ofreció participación en el proceso de toma de decisiones. Se clamo a todos los vientos que la democracia, a través del voto, aseguraba que los ciudadanos tendrían la oportunidad de satisfacer sus anhelos de justicia e igualdad.

Gran decepción y desconfianza progresiva de la sociedad civil hacia la sociedad política y la financiera por esperanzas destruidas y promesas incumplidas. Al mismo tiempo, las instituciones del Estado fueron puestas en tela de juicio por su ineficiencia y desprecio al pueblo. La razón en muy clara. La globalización estuvo diseñada para satisfacer las necesidades de las corporaciones y no de los ciudadanos.

Los partidos políticos tradicionales, que en el pasado representaron medianamente los deseos ciudadanos, se convirtieron en instrumentos de las empresas a través del cabildeo bien pagado y el financiamiento brujo de las campañas políticas.

El pueblo fue excluido de ese convenio. Los agravios siguieron vigentes y crecieron en todas las dimensiones. Nadie les creyó a los políticos tradicionales. La única forma de llenar el vacío institucional fue la creación orgánica de movimientos sociales que, poco a poco, una vez vencido el miedo a la represión física e ideológica, han comenzado a pesar con peso en la vida nacional. Una nueva vía se ha abierto en México; solo se espera que esta vez los anhelos de los que han luchado arduamente para crear mejores y más justas naciones, puedan hacerse realidad.

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