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Los ídolos con pies de barro

Se eleva a los líderes a niveles míticos y casi divinos con la consecuencia de que el Estado está representado por tal caudillo que impone no solamente sus ideas, sino también oprime
Foto: Agencias

Publicado 22 julio 2018 el 22 de Julio de 2018

por

Manolo Figueroa Unda

Desde la época precolombina, pasando por la colonia y el mundo moderno, gran parte de los ethos culturales de nuestros pueblos ha sido el respeto y la adoración a los ídolos o caudillos, sean estos emperadores, virreyes, líderes revolucionarios, dictadores y presidentes. Se eleva a los líderes a niveles míticos y casi divinos con la consecuencia de que el Estado está representado por tal caudillo que impone no solamente sus ideas, sino también oprime a aquellos que disienten de sus políticas y acciones.

Tal ethos no es genético, sino que el resultado de las dinámicas históricas que la región latinoamericana ha debido sufrir tanto por sus contradicciones internas, desde el punto de vista de la desigualdad de clases y el predominio de caciques autoritarios, como por la influencia externa de parte de los países poderosos que se insertan en la región para explotar los recursos materiales que empobrecen a los países víctimas y enriquecen a los dominantes.

Para mantener tal situación contradictoria, la necesidad del autoritarismo de gobierno y de aquellas instituciones que sostienen al caudillo, se hace realidad para que el proceso de extracción y de explotación sea llevado a cabo sin sobresaltos. La verdad sea dicha que los sobresaltos han existido constantemente en todos los países. Dictadores mistificados (Juan Domingo Perón) hasta dictadores sostenidos por la férrea y sangrienta mano de militares han sido desafiados constantemente por movimientos populares.

Por otra parte, los movimientos sociales que han triunfado han tenido resultados que, a través del tiempo, han defraudado por su inhabilidad para resolver los problemas de la ciudadanía, o por intervención de fuerzas para despojarlos del poder.

Muchas veces aún en democracia, el anhelo popular por igualdad, justicia y mejora de las condiciones de vida otorga al representante de estos mismos sectores una cualidad mística que se basa en el deseo de que tal representante tenga los poderes místicos de resolver todos los problemas en forma inmediata. Tal cosa es imposible de lograr. El proceso de gobernar es complejo y lleno de presiones que tratan de impedir que los gobernantes puedan llevar a cabo los objetivos prometidos. Para ello el apoyo y presencia de la ciudadanía en el apoyo a cumplimiento de tales propósitos es imprescindible.

Hay que entender que la democracia no es labor de un líder o de un grupo en cargos de responsabilidad; la democracia se sostiene y se hace efectiva cuando la participación de la población es fuerte y organizada. Es el “ciudadano” que toma responsabilidad, en sus acciones diarias, para se parte de la solución, así como la de demandar para que aquellos que lo representan lo hagan con honestidad, transparencia y verdadera vocación de servicio público.

Todos somos responsables de exaltar la democracia a través del conocimiento crítico, la participación en las organizaciones y, más que todo, con solidaridad que permita que la necesidad de los muchos sea de mayor importancia que el deseo de los pocos. Estos son los que tienen mayor responsabilidad de reciprocar con generosidad porque, al final de cuentas, la satisfacción de los agravios de los muchos les otorga también paz y tranquilidad en su diario vivir.

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de El Dictamen.

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