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La maldita costumbre de cambiar comportamientos

Por: Manolo Figueroa Unda
La maldita costumbre de cambiar comportamientos

Publicado 24 julio 2018 el 24 de Julio de 2018

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Desde pequeño envidié a los talentosos. No necesitaban esforzarse para completar deberes, tareas y aquellos problemas de matemáticas los cuales los trenes vienen de un lado y otro y preguntaban cuando y donde se juntaban. Me volvían loco; tenía que estar horas tratando de encontrar las estrategias para resolverlos o de acercarme a estos genios para que me lo explicaran. Sin embargo, tanto talento y facilidad para tantas facetas diferentes de la vida, tenía su lado flaco. Desde el compañero muy bueno para el futbol, porque dribleaba, cabeceaba y podía eludir a cuanto adversario se le ponía adelante, hasta el otro bueno para la geometría y la lectura rápida, al menos en mi grupo, sufrían del mismo problema. Como nada les costaba, lo más fácil era improvisar y si algo resultaba más difícil que sus habilidades, la frustración y el desconcierto los dominaban. Mientras más talentosos, menos disciplinados. Nunca tuvieron que desarrollar con esfuerzo, trabajo y tiempo y, en muchos casos, se perdieron. Nunca llegaron lejos. No tuvieron la disciplina para sacar el mejor provecho de los talentos que la naturaleza les ofreció.

Nuestro mundo tercermundista está lleno de los talentos que son incapaces de terminar una labor bien hecha porque no siguen los procesos hasta su mejor término. Las casas sin terminar, las cocinas sin terminar, los baños sin terminar, los caminos sin terminar, todo es dejado sin terminar porque se acabó el dinero (nunca se planifica los costos y tiempos de inversión), se perdió interés por hacerlo o porque los que tenían que hacerlo todavía no llegan (mañana sin falta llegamos, hace un año que esperan). Lo interesante de esto es que los mismos paisanos que hacen ese trabajo a este lado de la frontera lo hacen perfectamente terminado, lo hacen rápido y bien. La broma que yo hacía para mistificar la cultura anglosajona es que, al pasar la frontera, los primos habían puesto un equipo de rayos que cambiaba el comportamiento de los que cruzaban haciéndolos hacendosos, trabajadores y cumplidores. Desde el me vale madrismo hasta job well done José (como todos saben los primos nos llaman José a todos) la vida tiene otra cualidad. La diferencia es un poco más simple y objetiva. Nuestros paisanos son mejor pagados que en su país, sus hijos pueden ir a la escuela y pensar en un buen futuro, pueden tener un carro que les permite ir a trabajar. Aun en condiciones menos ventajosas que el resto de la población, su trabajo es valorado, a pesar de Donald Trump, porque sin mexicanos y centroamericanos esta sociedad no podría caminar. Como siempre, los inmigrantes son los que construyen esta nación; son los que recrean la sociedad anglosajona que no puede aceptar a todos aquellos que no hablan como ellos, rezan diferente, visten diferente, piensan diferente. La contradicción de que el inmigrante no puede adaptarse al país es falsa. Es la sociedad anglosajona que nos les permite adaptarse, puesto que para poder hacerlo, tienen que aceptarlos primero.

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de El Dictamen.

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