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La extraña historia de las ‘Primeras Damas’ en México

A primera vista parece un término inofensivo, un mero título ceremonioso que, de acuerdo a la ley, no otorga al portador ninguna función dentro de la administración pública
Beatriz Gutiérrez Müller/ Foto: agencias

Publicado 06 julio 2018 el 06 de Julio de 2018

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“Tenemos que empezar a pensar y actuar diferente. Por ello hoy he venido a proponerles que pongamos fin a la idea de la Primera Dama. ¿Por qué? En México no queremos que haya mujeres de primera ni de segunda.”

Así se expresó Beatriz Gutiérrez Müller en un mitin en Minatitlán, Veracruz, a un mes de la jornada electoral. La esposa de Andrés Manuel López Obrador, hoy presidente electo de México, hizo esta propuesta como si fuera parte del proyecto de transformación nacional que impulsa el partido Morena.

Dicha propuesta puede verse como un cambio estético pero también conlleva una carga simbólica. El rechazo al mote de ‘Primera Dama’ no necesariamente implica la desaparición de la doctora Gutiérrez Müller de la esfera pública. Más bien da cabida al argumento de que el término luce anticuado y fuera de sintonía con una agenda que combate la desigualdad social.

¿Por qué podría existir un rechazo a la idea de ‘Primera Dama’?

A primera vista parece un término inofensivo, un mero título ceremonioso que, de acuerdo a la ley, no otorga al portador ninguna función dentro de la administración pública. Pero ya viéndolo desde otro ángulo, nombrar a alguien que no fue elegido directamente por el votante como ‘Primera Dama’ parece un mero capricho, un símbolo de privilegio que ya con el poder de la palabra, coloca a una persona por encima de otra. Qué es la ‘Primera Dama’ sino un residuo de la tradición monárquica de otorgar poder e influencia bajo el pretexto de una relación conyugal.

La primera dama en turno es la actriz Angélica Rivera, esposa del presidente Enrique Peña Nieto.

Entonces nos tenemos que preguntar… ¿de dónde surge esta peculiar y anacrónica noción de la ‘Primera Dama’?

Para este fin, hay que señalar el dedo inquisitivo hacia Estados Unidos y su afición por adjudicarle una etiqueta a todo elemento. Aunque los orígenes del término son ambiguos, desde los tiempos de Martha Washington circulaba entre la sociedad la costumbre de referirse a este personaje como First Lady, un detalle otrora visto como un gesto de respeto y admiración.

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La cultura estadounidense siempre ha tenido la facilidad de exportar sus ideales, sus relatos y sus símbolos, ya sea por medio de la literatura, el cine, la televisión o el periodismo, entre otros cauces propagandísticos. En el caso de la Primera Dama, tanto el estado como los medios han explotado con éxito esta figura para ofrecerle al resto del mundo el rostro afectuoso de la nación americana, es decir, la mujer que representa el primer punto de contacto de la comunidad internacional con el pueblo estadounidense.

Desde la “calidez” de Eleanor Roosevelt, el “buen gusto” de Jacquie Kennedy o la “devoción” de Nancy Reagan, la Primera Dama se debía presentar ante todo como una esposa leal y una madre dedicada a sus hijos, todo un icono de los valores conservadores que sirven de fundamento al sueño americano. No por nada la Primera Dama suele ser la principal vocera de causas sociales, y por lo general, causas relacionadas a la educación y al desarrollo de la familia. No importa el evento o ceremonia, siempre podías depender en la capacidad de la Primera Dama para sonreír, saludar y sonreír un poco más, de acuerdo al protocolo.

La imagen de la First Lady estadounidense resultó tan atractiva y popular que otros países siguieron el ejemplo y designaron a sus respectivas Primeras Damas. En algunos países, el título fue creado por el gobernante en turno, y en otros, fue paulatinamente adoptado por la sociedad para referirse a la esposa del presidente, primer ministro o principal líder de gobierno, sin que esto confiera alguna autoridad o responsabilidad adicional.

Cabe hacer un paréntesis. Es muy raro escuchar el término ‘Primer Caballero’ y esto se debe a diversos factores. En primer lugar, recordemos que la idea de First Lady fue popularizada en EE.UU., país que nunca ha tenido a una mujer presidente, y por tal motivo, nunca se ha visto en la necesidad de introducir formalmente el término First Gentleman. Aunado a esto, todavía en la actualidad, el número de hombres en los principales puestos de poder superan por mucho al número de mujeres, y los esposos de estas mujeres prefieren seguir sus vidas alejados del perfil público de sus esposas*. Además, todavía existen demasiadas culturas donde es mal visto que en una relación de poder, el hombre ocupe el rol de subordinado. Por eso es tan extraordinario para los medios que un Primer Caballero haga acto de presencia en un evento internacional.

Margarita Zavala fue primera dama durante el mandato del expresidente Felipe Calderón.

Cabe hacer un asterisco dentro de este paréntesis. * La excepción a esta última regla son los maridos que alguna vez fueron mandatarios del ejecutivo y que luego ceden a sus mujeres los focos del escenario político. Por ejemplo, con la candidatura independiente de Margarita Zavala, su esposo, Felipe Calderón, solía dar la impresión de estar escondido detrás del telón. De la misma manera, Bill Clinton siempre estuvo pegado a la campaña de Hillary Clinton, por lo que muchos pensaron que un voto para Hillary era un voto para el regreso de Bill a la Casa Blanca. En Argentina, Cristina Fernández ha sido una de las muy pocas mujeres que pudo dar el brinco de Primera Dama a Presidente de una nación, incluso cuando su esposo seguía vivo.

En México, durante la era autoritaria del PRI, la vida personal del “Señor Presidente” era sumamente privada y muy poco sabía la sociedad sobre la esposa del mandatario o sus hijos. Esto a su vez enviaba un mensaje al pueblo de México sobre la “buena costumbre” de mantener la vida familiar separada de la vida laboral; es decir, un hombre podía situarse al fondo de la jerarquía empresarial, pero en su casa se hacía respetar como el rey infalible.

No fue sino hasta la década de los 70 que la cónyuge del Presidente asumió un cargo, como directora del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF). Luego, tras la apertura de las comunicaciones con la masificación del internet y la alternancia de fin de siglo, la vida privada del presidente comenzó a tener una audiencia. Marta Sahagún prácticamente abrió las puertas de Los Pinos y se convirtió en la primera Primera Dama de México (valga la redundancia) en obtener una visibilidad pública similar a la de su homóloga estadounidense, en esta época, Laura Bush.

Esta nueva visibilidad que la señora Fox brindó a la Primera Dama de México llegó a ser un arma de doble filo. Por el lado positivo, la Primera Dama humanizaba al Presidente, un factor muy rentable durante una campaña electoral. Pero al pasar de la privacidad del hogar a la esfera pública, la Primera Dama se volvió blanco del escrutinio público como nunca antes había ocurrido en el siglo XX. Es probable que el caso más sonado sea el de la ‘casa blanca’, un escándalo político que golpeó a la presidencia de Enrique Peña Nieto. En noviembre de 2014, Angélica Rivera, esposa de EPN, tuvo que salir en televisión nacional para rendir cuentas sobre la compra de un inmueble que pudo haber derivado en un conflicto de interés con una empresa privada.

Encima de esto, el Presidente ya no solo tenía que preocuparse de las actividades de un tío o un hermano incómodo, sino además de un cuñado o un hijastro con antecedentes, vínculos o intereses sospechosos. Por ejemplo, la investigación sobre las turbias actividades de los hijos de Marta Sahagún salpicaron a Vicente Fox en los últimos meses de su presidencia. Felipe Calderón también tuvo que lidiar con las molestias derivadas de la familia de su esposa. Durante y luego de las campañas de 2006, surgieron acusaciones contra la empresa de Diego Hildebrando Zavala -hermano de Margarita- por tráfico de influencias.

Martha Sahagún fue primera dama de México durante el mandato del expresidente Vicente Fox.

Aunque ninguno de estos escándalos terminó en juicio político, renuncia o divorcio, tanto la imagen del presidente como la de su cónyuge se vieron afectadas por las investigaciones y las coberturas mediáticas. Al final de la noche, la Primera Dama en México ha resultado ser más que una directora del DIF o un canal de relaciones públicas. De hecho, se puede armar el caso de la Primera Dama como una herramienta de la corrupción sistemática, un símbolo de privilegio ante una sociedad afectada por la desigualdad, y una noción que va a contracorriente de las luchas feministas de los últimos años. Si la doctora Gutiérrez Müller cumple su propuesta y rechaza el mote de Primera Dama, ¿habrá alguien que lo lamente?

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