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El Bibliburro: Los libros que llegan en burro a los lugares más apartados y pobres de Colombia

Desde hace 21 años estos cuadrúpedos recorren sitios intrincados para llevar el amor por la lectura a los niños.
Foto: Agencias

Publicado 19 julio 2018 el 19 de Julio de 2018

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La trascendencia de esta historia surge de la sencillez. Luis Soriano, un profesor rural colombiano, tenía libros para compartir y cuando pensó en la manera de cómo hacerlo unió dos elementos aparentemente adversos: libros y burros.

El Quijote colombiano’, como lo han llamado, recorre las intrincadas veredas de su natal La Gloria, en el departamento del Magdalena, en la región caribe colombiana, sobre el lomo de los burros Alfa y Beto, que transportan una carga compuesta de páginas y tinta.

Soriano, que estudió Español y Literatura en la Universidad del Magdalena, en Santa Marta, tenía 70 títulos que quería compartir con las personas de los caseríos cercanos, pero ¿cómo lo haría? Pensó que sería más fácil movilizarlos con la ayuda de los animales utilizados tradicionalmente para llevar bultos a través de largos caminos en las zonas campesinas. “‘Sin querer queriendo’ me monté en burro y fui con los libros a casas vecinas”, explica por teléfono.

Alfa, Beto y yo

El Biblioburro, como se llamó la unión de dos elementos tradicionalmente opuestos en forma de biblioteca no convencional, nació en 1997, de la mano de Soriano.

El creador de la idea explica que inicialmente no recibió apoyo económico, pero en la actualidad es sostenido por la Caja de Compensación Familiar del Magdalena (Cajamag), que ha financiado la promoción y animación de la lectura con una red de “biblioburristas” en territorios de difícil acceso de la Serranía de Santa Marta, donde se encuentran comunidades indígenas como los arhuacos, los kogis, los wiwas, entre otros.

Los primeros Alfa y Beto murieron y otros animales más jóvenes cumplen ahora con su tarea y llevan su mismo nombre en homenaje. Beto fue atacado por una serpiente y Alfa, que estuvo treinta años con Soriano, falleció a una avanzada edad.

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Sonrisas como pago

Este profesor con 25 años de experiencia en el ámbito educativo recuerda que en algunas oportunidadesfue cuestionado por su familia y sus conocidos por dedicarse a una labor que no arrojaba dividendos. Actualmente, con el financiamiento que recibe, se conformó una red de entre seis y ocho personas, que además forman parte del sistema de bibliotecas públicas.

Cuando se le pregunta sobre su razón para emprender largos viajes, hasta varias horas sobre los cuadrúpedos, habla de la alegría de los niños cuando los jumentos se asoman por los lugares apartados del Magdalena, uno de los cinco departamentos más pobres del país suramericano.

“Hay pequeños muy inteligentes que aportan al Biblioburro, que son líderes en su comunidad, que se encargan de organizar a los demás”, agrega.

En una llamada telefónica, Henry Candanoza, quien desde 2010 conforma la Fundación Biblioburro junto a Soriano, refiere que los pequeños en las comunidades “desnudan su corazón al tener un libro en sus manos”, a pesar de sus propias limitaciones. “Escasamente tienen para comer pero cuando llegamos ponen una sonrisa de oreja a oreja”.

“No nos abandonen”

El Biblioburro hace visitas de dos a tres veces por semana a distintas poblaciones. Participan en el programa unos 340 niños junto a otros que, aunque no están registrados, disfrutan de las actividades.

“A los niños les ofrecemos herramientas para transformar su pensamiento, para estimular su imaginación, para que sepan que tienen derechos y deberes”, expresa Candanoza.

La constancia de estos 21 años de aprendizaje a través del Biblioburro se reafirma cada jornada que termina cuando los pequeños dicen: ‘no nos dejen de visitar, no nos abandonen'”, recuerda Candanoza.

¿Por qué un burro?

El intelectual colombiano Alfredo Molano, al hablar de su título ‘A lomo de mula’, dice en una entrevista que es más fácil conocer Colombia sobre este animal que en un helicóptero. Este pareciera ser el espíritu de Soriano.

Recuerda las burlas y el escepticismo de algunos conocidos cuando supieron que cabalgaría un burro para precisamente promover la lectura. “Lo veían con una connotación ridícula” en aquellos primeros años.

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