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‘Barrabás’, la historia del diamante más grande encontrado en Venezuela

Su hallazgo dio origen a varias historias que nunca se pudieron corroborar: Se dice que un fragmento está en posesión de la reina de Inglaterra y otro fue para la actriz Elizabeth Taylor.
Foto: Agencias

Publicado 19 julio 2018 el 19 de Julio de 2018

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El geólogo venezolano Manuel Méndez Tepedino tenía 18 años de edad la mañana que le presentaron a ‘Barrabás’. Se encontraba en El Callao, una población minera del sur del país, de camino a la Gran Sabana.

Nesin Benaim, considerado el decano de los geólogos del sur de Venezuela y amigo de su familia, tomó a ‘Manuelito’ del brazo y le dijo: “Mirá muchacho, este es ‘Barrabás’. Dale la mano. Conócelo, que es parte de la historia minera de este país”.

A Manuel le pareció que la euforia de Benaim no se correspondía con el aspecto de aquel hombre con apodo bíblico. Miró a su padre, el académico Manuel Méndez Arocha, y este le hizo un ademán para que se acercara a saludar al hombre.

Ese día de 1988, ‘Barrabás’ tenía poco más de 70 años, llevaba sombrero, una camisa casi transparente producto de los años de uso y alpargatas en los pies. Pero a pesar de los años, era un hombre fuerte, fibroso, alto (de casi dos metros) y con la piel curtida por las duras jornadas de la minería a cielo abierto.

‘Barrabás’ se tomó el último trago de la cerveza y se volteó a saludar a ‘Manuelito’ (diminutivo para diferenciarlo de su padre) con una sonrisa cansada de repetir durante años la misma historia que, aunque lo hizo célebre, no llegó a sacarlo de la pobreza: él encontró el diamante más grande de Venezuela y uno de los más grandes del mundo.

El hombre mito

Este hombre nació como James Hudson en 1917, aunque la mayoría prefería llamarlo Jaime, haciendo la traducción al español. Sin embargo, desde muy joven lo apodaron ‘Barrabás’, como el personaje bíblico que fue salvado de la crucifixión el día que condenaron a Jesucristo, pero nadie sabe a ciencia cierta por qué recibió ese mote.

Sus padres emigraron de Trinidad y Tobago hacia Venezuela, buscando nuevos horizontes. Así llegaron a El Callao, una ciudad fundada a mediados del siglo XIX por venezolanos, africanos, antillanos, ingleses, españoles, brasileros y franceses atraídos por la fiebre del oro.

De esa confluencia de nacionalidades nació un idioma que solo se habla en El Callo y que se conoce como ‘patuá’ (patois).

En ese ambiente, lo más natural era que ‘Barrabás’ Hudson, cuando tuvo edad de trabajar, decidiera dedicarse a la búsqueda de oro y diamantes.

El gran diamante

La mañana del sábado 10 de octubre de 1942, ‘Barrabás’ Hudson y su compañero de faena, conocido como ‘Indio’ Soler, trabajaban en la mina “El Polaco”, ubicada a orillas de la carretera que comunica a las poblaciones de Santa Elena de Uairén con Icabarú.

Según el relato de Américo Fernández, cronista del estado Bolívar, ‘Barrabás’ halló el diamante, en una desviación del río Surukun, lavando el material (piedras) desechado por otros mineros. Otra versión recogida en el diario Panorama, cuenta que el minero se topó con el diamante en estado natural, hurgando en un hueco que se forma debajo de un árbol de guama.

Lo cierto es que Hudson, aquel 1942, tenía en sus manos un diamante en bruto que pesaba 155 quilates (31 gramos), hasta el momento, el más grande jamás encontrado en el país. La memoria popular se debate en recordar al diamante como una piedra del tamaño de una cebolla pequeña, un trompo o una pera.

De la selva a Caracas

La piedra resultó ser de gran pureza. De inmediato, ‘Barrabás’ Hudson se dio cuenta que sería asediado por estafadores de oficio. Animado por un abogado, que el cronista Fernández menciona como Matías Carrasco, el minero emprendió el viaje desde el estado Bolívar hasta Caracas, la capital, a más de 586 kilómetros de distancia.

La idea original de los hombres, era solicitar al Banco Central de Venezuela que resguardara el diamante hasta conocer el valor real. Así, los directivos del banco informaron al presidente Isaías Medina Angarita sobre la llegada del diamante y este insistió en ver la piedra y al minero que la encontró, según evoca el cronista Fernández.

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James ‘Barrabás’ Hudson visitó el palacio de gobierno de donde se cree que la piedra salió con el nombre de ‘diamante Libertador’, aunque en todo el estado Bolívar la gente ya lo llamaba, como lo sigue haciéndolo, ‘el diamante Barrabás’.

De Caracas a Nueva York

El encuentro entre el minero y el presidente no despertó tanto interés en la prensa local como el tamaño del diamante, por lo que la noticia fue replicada por agencias internacionales.

Casi de inmediato, la Casa Harry Winston, propiedad del joyero hijo de inmigrantes ucranianos emigrados a New York, gestionó su adquisición.

El monto de la compra, así como la cantidad de dinero recibida por ‘Barrabás’, varían de un relato a otro. Lo único coincidente para las fuentes, es que Winston hizo un gran negocio y Hudson se quedó con una miseria.

Una situación que aún resulta cotidiana en el mundo minero. El geólogo Manuel Méndez asegura que “en las minas quien más dinero gana es el comprador”, y por más experiencia que un minero tenga con los diamantes, “nunca sabe, a ciencia cierta, cuánto cuesta una de esas piedras”.

A boca de mina, por ejemplo, el oro se paga a un 20% de su valor comercial, mientras que por los diamantes se llega a un 5% e incluso un 1% de su precio real.

Luego de comprar el ‘diamante Barrabás’, Winston encargó la transformación al experto gemólogo Adrian Grasselli, quien estudió la roca durante dos meses antes de tocarla para dividirla.

Se dice que un gemólogo tiene permitido un solo golpe para dividir un diamante, de allí que un movimiento equivocado de Grasselli habría arruinado instantáneamente el potencial de esa gran roca extraída del suelo venezolano.

Pureza

El ‘diamante Barrabás’ fue calificado como una piedra de color “D”, eso quiere decir, según el sitio Interstones, que son rocas “absolutamente incoloras, químicamente puras y estructuralmente perfectas”, por lo que constituyen apenas un 1 o 2% de todos los diamantes naturales.

El Diccionario de Gemas y Gemología (Dictionary of Gems and Gemology), publicado el año 2000 por Mohsen Manutchehr-Danai, precisó que el diamante venezolano se cortó en cuatro piedras: tres esmeraldas de 39,80, 18,12 y 8,93 quilates cada una; y un corte marquesa de 1,44 quilates.

El brillante de mayor tamaño (39,80 quilates) conservó el nombre de “Libertador” y fue vendido por la casa Winston en 1946 a May Bonfils Stanton, heredera de la fortuna del diario Denver Post; y vuelto a recuperar en el año 1960, en una subasta tras la muerte de la compradora.

¿La fortuna de ‘Barrabás’?

El día que ‘Barrabás’ Hudson regresó a ‘El Polaco’ traía en sus manos una pequeña fortuna producto de la venta del diamante. Luego de dos días de farra en prostíbulos de la zona minera y donde se dice que hasta brindó champaña a los amigos, ‘Barrabás’ Hudson estaba como al principio, sin un centavo.

Pasada la resaca, siguió buscando la fortuna en las minas, malviviendo en casas improvisadas con madera o latas, hasta que el cuerpo le dijo que ya no podía con ese trabajo.

A partir de los años 60, se dedicó a gestionar un prostíbulo llamado ‘La Orchila’, en el pueblo de Icabarú. Luego, se mudó a la calle El Dorado de Tumeremo, capital del municipio Sifontes, donde abrió otro negocio al que bautizó ‘La Fortuna’ y en el que vendía cervezas y botellas de ron.

Mitos del diamante

Luego del encontrar el diamante, la vida de James ‘Barrabás’ Hudson no fue la misma. Le invitaban a tragos, a visitar familias, a comer en casa de desconocidos, lo persiguieron periodistas… pero seguía inalterable su clase social.

Sin embargo la piedra desató leyendas de todo tipo, que nadie jamás logró confirmar. Por ejemplo, se dice que luego de la visita al presidente Medina Angarita cambió su caballo por un enorme coche negro, que adquirió fortuna y se casó con una “mujer de buena familia”.

Otro mito alrededor del ‘Diamante Barrabás’ consiste en asegurar que uno de los tres fragmentos principales de la piedra, habría sido comprado por el actor Richard Burton para obsequiársela a la musa de los ojos violeta, Elizabeth Taylor.

Se dice que la actriz lució la joya en un baile ofrecido en el Principado de Mónaco y que años más tarde vendió el diamante para donar el dinero a la construcción de un hospital en Botswana. También se asegura que una pieza del diamante Libertador es una de las joyas de la Reina de Inglaterra.

Nadie pudo corroborar las leyendas, tampoco el paradero del resto de los brillantes cortados por el gemólogo Graselli. Quizá, ‘Barrabás’ no llegó a enterarse de ninguno de esos cuentos.

La historia del más famoso minero de Venezuela acaba el 1 de junio de 1992, en una pequeña casa con paredes de bahareque (barro), techo de palma y piso de tierra, cuando lo sorprende un infarto fulminante.

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