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Simplemente Anthony

Por: Blanca G Villarello/El Dictamen

Publicado 18 junio 2018 el 18 de Junio de 2018

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Por: Blanca G Villarello

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Tal vez desconocido para muchos, pero un verdadero ídolo dentro del mundo culinario y de los amantes de los viajes y de las aventuras extremas, ese fue Anthony Bourdain, quien tristemente a los 61 años se suicidó inexplicablemente, estando en la cima de su carrera y en la cúspide de su vida.

Un hombre de increíbles contrastes que salió de la nada y en pocos años se convirtió en el mejor narrador de la cultura y cocina de los países que visitaba, para él la cocina era la forma de conocer y de relacionarse con la gente de los países que visitaba, de acuerdo a sus propias palabras “si no aceptas la comida de un pueblo, estas rechazando a su gente”.

Anthony nació en Nueva York y desde muy joven supo que cocinar era lo suyo, por lo que entró a estudiar a una de las más reputadas escuelas de gastronomía del mundo, el Culinary Institute of the Americas. Anthony, como la mayor parte de los cocineros famosos del mundo que ahora se han convertido en verdaderos rock stars, comenzó de lavaplatos y cuando entró al famosísimo restaurante “Brasserie Les Halles” de Nueva York, pasó por ser cocinero de línea, hasta convertirse en el chef ejecutivo del restaurant por muchos anos.

Por su paso por las cocinas y restaurantes de NYC, Anthony entró en contacto con la cultura mexicana y aprendió a apreciar a nuestra gente, nuestros ingredientes y nuestros platillos, como bien dijo los mejores restaurantes de Manhattan están llenos de cocineros mexicanos, trabajando duro y preparando los mejores platillos de la ciudad, ellos ahí están “sin reconocimiento ni gloria, ello son los que hacen la mayoría de la comida de los mejores restaurantes de la Ciudad, “ellos cocinan la mejor cocina francesa que los propios chefs franceses de NYC”.

En esa época Anthony conoció la penuria económica, no tenía ni para pagar la renta, ni los impuestos y mucho menos las tarjetas de crédito, fue una época dura en la que desafortunadamente, como muchos cocineros, lo llevó a incursionar en el mundo de las drogas, hasta convertirse en un heroinómano, adicto al alcohol y a los excesos.

Tal vez, por la influencia de su madre, quien trabajaba para el New York Times, en 1999 escribe el artículo “Don’t Eat before you Read This” para el New Yorker, que lo comienza a poner en el ojo del mundo gastronómico, sin embargo, en 1995 ya había publicado su primer libro “Bone in the Throat”, el primero de 13, que en el 2015 se convirtió en un película. El mismo Anthony apareció en films de gran contenido como “Wasted! The story of Food Waste. Además, se hizo acreedor de varios Emmys por sus programas.

Siguiendo con su carrera de escritor, en 2002 aparecen publicadas sus memorias “Kitchen Confidential”, así es como llega el gran break de Anthony, y obtiene un contrato del Food Network para llevar a la tv sus aventuras y filosofía de vida y, como dicen, de ahí en adelante, el resto es historia.

Anthony no tenía pelos en la boca y relataba lo que veía y experimentaba sin censuras ni tapujos,  siempre se adentró en lo más profundo de la cultura de los países que visitaba, rara vez narraba aventuras en los fogones de los grandes cocineros, más bien se dedicaba a entender la cultura del país que visitaba a través de la comida de la calle, en changarritos que a la mayor parte de nosotros nos daría miedo entrar y, mucho menos, comer en ellos. Probaba de todo, sin restricciones de ningún tipo, sin miedo a enfermedades “no hay nada que un antibiótico no pueda curar”, ni a las cocinas o ingredientes más exóticos, fuesen escorpiones, cobras, ojos crudos, sangre, bilis, o lo que le pusieran enfrente. Siempre lo disfrutó y narró honestamente todo lo que veía y probaba aunque fueran platillos que jamás volvería a comer. Respeto inclusive tradiciones con las que no comulgaba como las “corridas de toros”, pero comprendía que eran parte importante de la esencia de algunos países.

Así como era abierto y crudo para hablar sobre la cocina, también lo era para sus opiniones políticas, tanto sobre migración, como sobre Nicaragua o los problemas del narcotráfico en México, por eso, para mí, más que un chef era un sociólogo de la cocina y de los viajes.

Probablemente, esta forma de comer de Anthony, se debía a su visión purista de la cocina, no es alguien que permitiera la alteración de alguna receta, si no era realmente para mejorarla o proporcionarle al comensal una experiencia totalmente distinta, acepto la creatividad pero nunca fue fanático ni de la cocina de vanguardia, ni de la cocina de autor. También fue un gran enemigo del veganismo hasta suavizar su posición y declarar que “estaba bien mientras que, cuando viajaran, respetaran las tradiciones de cada lugar que visitaban.

Su amistad con el mexicano, que se convirtiera a su partida en el chef ejecutivo de Les Halles, lo trajo a México para uno de sus programas, en donde hizo un recorrido por CDMX, Cuernavaca y Puebla. A su llegada a nuestro país, lo primero que hicieron fue ir al centro de nuestra populada urbe y probar los tacos más típicos de nuestro país, como los del pastor (sus favoritos) en el Huequito. No le dio la vuelta a ir a Tepito y tomarse una michelada, así como tampoco a asistir a las luchas libres, actividad que el mismo experimento y de la cual no salió muy bien librado.

Asimismo, desayuno en la muy tradicional “Fonda La Margarita”, en donde experimento todos nuestros guisos tradicionales, desde huevos revueltos con frijoles, hasta chicharrón en salsa verde y lengua.

En Puebla se declaró amante de los moles, y en algún otro programa, vemos que llegó a Oaxaca donde continúo el recorrido de nuestra cocina. Después de estos viajes Anthony aseguró que México tenía una de las mejores comidas de la calle del mundo, que la cocina de México estaba entre las mejores del globo.

Otro de su viajes, para otra cadena y para otro programa “No Reservations” se lo dedicó a Baja, en uno de los tiempos más violentos del estado, especialmente en la ciudad de Tijuana, en donde los cárteles de la droga se confrontan en medio de la ciudad, cruzó solo la frontera y a pie, sin ningún guía.

Llegó hasta Ensenada y conoció a la famosa Guerrerense, propietaria tal vez el puesto más célebre en el mundo de pescados y mariscos, de lo más fresco, y preparados de la forma más pura de acuerdo a las tradiciones mexicanas, tanto de Baja, como del lugar de origen de la dueña Doña Sabina Bandera.

¿En qué momento, la mente le jugó un truco chueco?, él mismo había declarado en alguna ocasión que por muy mal que te sintieras al verte al espejo, siempre había una razón para seguir.

Sus últimas fotos en Instagram son las de un hombre realizado, enamorado, con una hija de 11 años que adoraba, ¿puede una desilusión amorosa llevar a alguien que tiene todo a quitarse la vida? En principio no hay secreto que no sepamos del “enfant terrible” de la cocina, sus adicciones, sus fantasmas, ¿qué pudo pasar ese día de su vida, en el que se encontraba filmando con uno de sus mejores amigos, el chef Eric Ripert en Francia, quien fue quien lo encontró muerto? ¿Qué pensamientos cruzaron su mente? ¿No sabía que tenía amigos por todo el mundo, que realmente lo querían y lo admiraban? ¿No estaba consciente de todas las vidas que había tocado, a través de su forma de ser, cálida y desinhibida, sea en persona o a través de sus programas, durante sus viajes por los rincones más recónditos del planeta?…

Con todas estas incógnitas nos deja un gran ser humano que dedicó su vida a abrirnos los ojos y la mente a todas las culturas del mundo, definitivamente una gran pérdida, y un vacío que muy difícil alguien más llenará.

Descansa en Paz Anthony, ¡espero que este viaje que iniciaste sea tan excitante y asombroso, como los que realizaste en vida!

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