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Miguel Ángel y el espejo

Por: César Tovar
Miguel Ángel Yunes Márquez

Publicado 08 junio 2018 el 08 de Junio de 2018

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En Miguel Ángel Yunes Márquez destacan dos cosas: su ambición (legítima, pero a destiempo) por el poder y su afán de complacer a su padre pareciéndosele lo más posible. Es en Miguel Ángel Yunes Linares, el actual gobernador, donde el candidato se refleja, su espejo de cabecera.

Por sus deseos de ejemplificar cada paso que da o pretende dar con algo relacionado con su papá, el candidato parece sufrir un complejo de Edipo algo retorcido, pues en lugar de recelar de éste desea alcanzar su posición en el particular organigrama del Olimpo familiar. Y cree que mientras más se parezca o le complazca, mayores oportunidades tendrá.

Esto a nivel personal no es un problema, incluso tal vez le resulta exitoso dentro de su clan, pero supone un riesgo para la sociedad veracruzana, que pudiese tener un gobernador que busca ser la extensión de su progenitor y no un político con visión de estadista que mejore las condiciones de sus gobernados.

Las encuestas señalan que Yunes Márquez disputará con Cuitláhuac García la victoria el 1 de Julio próximo, por lo que bien haría en emanciparse por completo y defender un proyecto personal, el cual aborde con claridad los grandes retos de la entidad, que está en tal encrucijada que no puede darse el lujo de esperar que su gobernador opte por satisfacer a su familia antes que resolver los pendientes.

Al escucharlo en el debate del miércoles, quedó claro que Miguel Ángel fue preparado para alcanzar la posición desde hace años: su experiencia le permite manejar los tiempos y espacios, le da la oportunidad de destacar sus cualidades retóricas, pero aunque eso llene de regocijo a papá, debe entender que no le alcanza para amansar las aguas procelosas en las que navega el estado.

Si el candidato sigue mañana a mañana reflejándose en el espejo de su padre y gana la elección, Veracruz tendrá a un gobernador que sonreirá frente al reflejo mientras su alrededor arde y sufre por la ausencia de un rumbo definido y propio.

La historia nos demuestra que en democracia jamás triunfó un gobierno en donde la influencia de terceros fuese tal que llegaran a mover los hilos o a tejer redes de complicidades dentro del aparato gubernamental.

Tarde o temprano la farsa se desmonta y el único perjudicado es aquel que sostiene el espejo y continúa sonriendo, complacido por el hecho de ser aquello que otros quieren, mientras se lleva al pueblo a encallar en una isla donde abunda la desesperación y no hay tiempo.

[email protected] / @cmtovar

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