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El monarca

Por: César Tovar

Publicado 17 junio 2018 el 17 de Junio de 2018

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En varios de sus tratados políticos, Baruch Spinoza no se corta para alabar al poder monárquico, con el que no comulga, pero al que le reconoce su poder de seducción, aquello que llamaba “el secreto”, tema sobre el que escribió varios de los mejores análisis en su prolífica obra.
El holandés precisaba que los monarcas le parecían personas dignas de admiración por la tenacidad al gobernar, por mantener el control absoluto y, sobretodo, por hacerse con la paciencia suficiente para proyectar la propia vida y la de otros bajo el yugo de sus designios.
Dicho carácter, profundiza Spinoza, está al alcance de muy pocos, básicamente para los que se crían dentro del poder o los que lo ambicionan y prefieren por encima de cualquier virtud.
En tiempos de Luis XV solía decirse que el rey puede ser pésimo en todo salvo en la visión de su herencia; los entendedores del momento argumentaban que el monarca debe tener claro que la corona pasa a quien debe, no a quien desea, por lo que sus intereses personales no siempre están relacionados con sus anhelos.
Lo dicho sirvió en su momento para sentar una de las bases de la democracia moderna: evitar el peligro de la sucesión sanguínea, el riesgo de desear el poder por el poder y el de fusionarse en uno con el cargo, sin el menor miramiento por extraviar la personalidad.
El detalle está en que muchos parecen mantener la predilección por los asuntos monárquicos, tal vez por la satisfacción de coronar a quienes ellos, vía su dedo flamígero, designaron como los testaferros del poder político.
Veracruz tiene un ejemplo con Miguel Ángel Yunes Linares, cuyo principal deseo es ver a su primogénito sucederlo en el gobierno estatal; si para ello primero debe pactar con unos y luego con otros, o si debe convertir en suya la campaña proselitista del vástago, no interesa.
Admirable el carácter del gobernador, según Spinoza, pero riesgoso para la sociedad veracruzana.
Más, mucho más, si Miguel Ángel Yunes Márquez insiste en seguir siendo el hijo del gobernador, el primero en la línea de sucesión, y no un candidato con pensamiento y articulación propia, con un plan de gobierno independiente y sensato.
Si, como indican algunas encuestas, es uno de los dos que más oportunidades tiene de ganar la elección, bien haría en dar un paso hacia el frente y romper el yugo monárquico, pues no se trata de su sueño, sino de la urgencia de Veracruz de disfrutar un gobierno con todas sus letras.

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de El Dictamen.

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