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Sigamos jugando

Por: Maricarmen Delfín Delgado
Sigamos jugando

Publicado 05 mayo 2018 el 05 de Mayo de 2018

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Cerré los ojos y me pareció que apenas ayer escuchaba a mi mamá decir con tono severo: “Recoge las matatenas que dejaste desperdigas sobre la mesa, levanta tus muñecas del piso, acuérdate que son de manta y es más difícil bañarlas, cuelga la cuerda con la que saltas y no la dejes a medio paso, no te vayas a tropezar, además tienes que lavar tus cazuelas antes de guardarlas, ya ves que les pusiste masa para jugar a la comidita. En la tarde llegan tus primos y ten lista la caja con la lotería para que cuentes las tarjetas y no les vayan a faltar”.

Pero no fue ayer, ya han pasado muchos, muchísimos años desde aquellas recomendaciones y aquellas tardes cuando disfrutaba, y otras veces peleaba, con mis hermanos, vecinos, primos y amigos de la escuela en el corredor con piso de manzarín y pretiles llenos de macetas de barro, blancos seguros de la pelota con rombos y colores brillantes tan pesada que parecía hecha de madera en vez de hule. Todos gritones y platicones, con el entusiasmo que motivaba el momento, la competencia y sobre todo la convivencia.

Recordarlo me hace pensar en los niños de todas las épocas, de todos los estratos, en todas las infancias, en aquella etapa de la vida del ser humano tan importante en su formación y en su aprendizaje, con experiencias ligadas a sus vivencias y sobre todo a los juegos, los que han sobrevivido al paso del tiempo y a la invasión de la tecnología, los que algunos padres y abuelos han enseñado con amor para no perder la tradición.

Imagino a los niños prehispánicos jugando con sus animalitos de arcilla dotados de ruedas en vez de patas, jalados con hilo de ixtle y rodándolos por el piso de polvorón, con muñecas y figurillas articuladas a las que recomendaban obedecer y comer lo servido en sus diminutas vasijas hechas especialmente para el uso infantil, beber en sus vasos silbadores, corretear tras la pelota hecha con caucho y de repente soplar con energía a su hermoso silbato, lanzar las canicas que como ojos de chocolate rodaban por doquier; todo ello bajo la vigilancia de los adultos pues el juego era una de las actividades más relevantes en la vida social, económica y política.

A estos niños, los españoles les impusieron objetos religiosos como juguetes, pues las matracas de madera, los muñecos de Judas y las mulitas de hoja de maíz eran utilizados en la festividad de la Semana Santa, después de pasada esta fecha se los obsequiaban a los pequeños para que jugaran.

No escaparon a la influencia del sincretismo cultural, y entonces entraron a sus cajas de juguetes y a su infancia, el trompo, la pirinola, el yoyo, el balero y las canicas de cristal, que al llegar a México adquirieron características propias de los artesanos que los trabajaban en madera. En los mercados podían encontrar trastes de porcelana entremezclados con los de barro, muñecas de porcelana traídas de Europa al lado de las de trapo, trasteros de madera rústica compitiendo con los de cedro barnizado y novedades como soldados y caballos de madera y plomo, papel de china para papalotes y algún alfeñique.

Para las comunidades indígenas y rurales el juego forma parte de su cotidianidad, en muchos casos los distingue a unos de otros, algunos se practican en los hogares y también son sujetos de competencia en sus barrios o comunidades.

Actualmente todavía brincotean de mano en mano las muñecas “pames” elaboradas con palma y cabellos de maíz, o los juegos de mesa con estrategias de ataque y defensa que se asemejan al ajedrez pero con implicaciones cosmogónicas, como el Kuilichi en Michoacán, la pitarra en Querétaro, el Patolli en Morelos y el Quince tarahumara en Chihuahua, sobrevivientes desde su origen en los pueblos prehispánicos y que conservan entre los pobladores su identidad y sentido de pertenencia.

Otro signo de identidad son las muñecas de manta Hñahñu u otomíes en el estado de Hidalgo, que representan a las niñas de esta etnia pues las visten a semejanza de ellas con faldas amplias y bordadas, con cabello de estambre trenzado y algunas cargando un bebé.

Hermosos juguetes y hermosos juegos los de aquella época que hoy sólo quedan en nuestro recuerdo para endulzar la memoria con nostálgicos suspiros, con el deseo de que esta generación de niños y adolescentes vivan lo que nosotros sentimos hace algunos años cuando corríamos libremente a media calle tras los demás niños en una sinfonía de risas y gritos.

Jugábamos al cancán, a las escondidas, a las estatuas de marfil, al burro castigado; brincábamos incansables sobre la cuadrícula dibujada en la acera y que llamábamos “tejo”, cantamos y reímos con doña Blanca que estaba cubierta con pilares de oro y plata, preguntamos muchas al lobo si estaba escondido en el bosque mientras jugábamos ahí, advertíamos que a pares y nones íbamos a jugar y el que quedara solo perdía su lugar.

Con el simple toque de un dedo quedábamos encantados sin poder hacer algún movimiento hasta que otro niño daba por terminado el encantamiento, repetimos una y otra vez la palabra complicada hasta pronunciarla correctamente para ganar el campeonato de trabalenguas. Inolvidable la emoción al conseguir aquella estampa que sólo los suertudos coleccionistas tenían repetida y hacer el intercambio aunque fuera entregando varias de las nuestras por obtenerla.

La banqueta era el escenario perfecto donde las pirinolas danzaban acompañadas por el baile de torbellino ejecutado por los trompos, aquí las canicas se sentían libres para correr sin mortificación hasta donde la zanja del pavimento se los permitiera, dejando espacio a los dos círculos destinados para que las monedas cayeran como lo marcaban las reglas de la rayuela, mismas que después servían para probar suerte en los volados y quedarse en el bolsillo de los afortunados. Mi mano sufría pero yo gozaba lanzando el balero una y otra vez hasta que cayera justo en el diminuto hoyo y demostrar así mi habilidad al dominar el pesado bloque de madera con mil rayas coloridas y toperoles.

Después de la cena la mesa de la cocina se convertía en el lecho donde se posaban ordenados los cartones de la lotería listos para cargar sobre sus ilustraciones a los frijoles que emocionados se balanceaban al caer sobre ellos, las barajas pasaban una tras otra al sonar la voz que las identificaba con una frase chusca: “calabacitas tiernas hay que bonitas piernas”, “el que le cantó a san Pedro, el gallo”, “para el sol y para el agua, el paraguas”; y terminar gritando “lotería”.

Es triste ver como ha quedado en el olvido la tradición de jugar, de fomentar en los niños y jóvenes esta práctica que contribuye a la convivencia, a crear lazos de amistad y compañerismo, con actividades que estimulan las funciones de habilidad y destreza mental y sobre todo, que forman parte importante de los recuerdos en la edad adulta, los que nos remontan a una infancia llena de atención y cariño.

Dejemos un poco la tecnología y convivamos más con nuestro entorno, nuestros semejantes y nuestra familia, usemos más la palabra y menos las teclas, atendamos a nuestro “niño interior” para ser felices, y sigamos jugando.

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