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“Ojalá todo el pueblo de Dios fuera profeta”

Por: Pbro. José Juan Sánchez Jácome
"Ojalá todo el pueblo de Dios fuera profeta"

Publicado 07 mayo 2018 el 07 de Mayo de 2018

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Los que saben de estas cosas nos explican que el ser humano utiliza más uno de los hemisferios del cerebro, por lo que nos incentivan a ejercitar el hemisferio que menos utilizamos. Hablando también de otras facultades el hombre no despliega todo su potencial y no hace rendir al máximo todas sus capacidades.

En la vida de fe suele pasar lo mismo. No logramos activar todas las potencialidades que tiene la fe y nos quedamos con una vivencia básica de la vida cristiana, con una visión parcial de nuestra vida de fe.

Esto sucede porque a veces con nuestra interpretación delimitamos intencionalmente el alcance de los conceptos religiosos, para reducir a un espacio más restringido la dinámica de una vida de fe. Otras veces vemos la exigencia misma de la fe y nos descartamos de algunas expresiones fundamentales de la vida cristiana.

Si quisiéramos contemplar y valorar todo lo que abarca la vida cristiana habría que recordar la dignidad que recibimos el día de nuestro bautismo. Quedamos constituidos como profetas, sacerdotes y reyes, lo cual habla de nuestra dignidad, de nuestra nueva condición, de cómo se tiene que vivir y expresar la fe.

No se nos ha bautizado sólo para pertenecer a una Iglesia, o para asegurar que no le suceda nada a los niños, o simplemente para que en su momento vayamos a misa. Se nos bautiza para que lleguemos a vivir plenamente como hijos de Dios por medio de esta conciencia sacerdotal, profética y regia.

“Ojalá todo el pueblo de Dios fuera profeta” (Num 11,29), fueron las palabras que Moisés dirigió a Josué cuando éste se le acercó a decirle que Eldad y Medad profetizaban en el campamento. Cuánto bien le haríamos a la sociedad si dejáramos que el Espíritu de Dios actuara en nuestras vidas. Seguramente cesarían los rencores, las divisiones, las guerras, las ansias de poder, tantas cosas que nos agobian y desalientan. Muchos hemos olvidado que “somos templos del Espíritu Santo” y que, por lo tanto, podemos llegar a profetizar las maravillas del Señor.

A raíz de este deseo de Moisés que refleja el gran amor y preocupación de un guía religioso por su pueblo, pensaba yo también en los deseos que tengo respecto de mis hermanos en la comunidad cristiana. Y salían varios deseos santos: “Ojalá que mis feligreses dedicaran una hora semanal, por lo menos, a la oración delante de Jesús sacramentado”; “Ojalá leyeran todos los días la Biblia”; “Ojalá se confesarán, escucharán misa, se comprometieran con los pobres, anunciaran a Jesús con su palabra y testimonio…” Y así seguía, ojalá, ojalá.

En muchas partes de la Biblia podemos ver la valentía y determinación de los profetas para hablar fuerte en nombre de Dios y para señalar las injusticias y los atropellos que se cometen. El profeta que siente la presencia de Dios y que escucha su mensaje sale fortalecido a compartir una palabra que denuncia a los injustos y que consuela a los afligidos.

Dios nos ha permitido también en estos tiempos escuchar a los profetas que hablan con autoridad para reprender a los poderosos y consolar a los afligidos. En Estados Unidos y en las grandes urbes del mundo donde se habla de poder, de dinero, de tecnología y de modernidad, Cristo se ha hecho presente a través del mensaje de Juan Pablo II, Benedicto XVI, Madre Teresa de Calcuta, papa Francisco y muchos otros profetas.

Aún en lugares así hay un lugar para Dios, aunque nos parezca imposible. En esos lugares neurálgicos del mundo los profetas se han referido a temas fundamentales para la vida y el futuro de la humanidad como la familia, el matrimonio, el aborto, la migración, etc.

A nosotros nos toca activar nuestra conciencia como profetas, sacerdotes y reyes en el pueblo de Dios para vivir plenamente nuestra fe cristiana y seguir siendo canales por donde pase la palabra de Dios que corrige y alienta, que denuncia y genera esperanza. Como Moisés, hoy nosotros podemos decir en los tiempos convulsionados que corren: “Ojalá todo el pueblo de Dios fuera profeta”.

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