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Venezolana víctima de esclavitud sexual en México narra su historia

Vino el ritual de la compra de lencería, la toma de fotos para la página zonadivas.com. Vinieron los servicios “sin preservativo..."
Foto: La Prensa.

Publicado 05 abril 2018 el 05 de Abril de 2018

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Yorelis  llegó al periodista y escritor Héctor de Mauleón contándole su vida como esclava sexual con la intención de que su historia fuera difundida e hiciera algo por sus compañeras de calvario que cree aún permanecen en un departamento de San Pedro de Los Pinos en la CDMX, el lugar donde vivió un infierno.

A través de su columna En Tercera Persona Héctor cuenta que Yorelis sabía que había contado historias de jóvenes venezolanas explotadas sexualmente en México y quiso compartir su experiencia: los dos meses y medio de horror.

La crisis, la inseguridad, la falta de oportunidades. El infierno en que se convirtió Venezuela despertaron en Yorelis el deseo de salir, de “experimentar el mundo”.

La historia sigue la misma ruta que otras narradas en la columna. Un paisano suyo, Joseph “N”, la enganchó con la promesa de dinero fácil. Le pagó el boleto de avión, le recomendó llegar vestida totalmente de negro, le dijo que, para facilitar su entrada, un agente de Migración la estaría esperando en el aeropuerto de la Ciudad de México.

Yorelis bajó del avión en octubre del año pasado. El agente en cuestión era un hombre “moreno, robusto y canoso, que usaba lentes”.

Ella lo buscó con la mirada y el agente le hizo señas discretas. Joseph le diría después que allanar el trámite de ingreso al país había costado varios miles de pesos, que desde luego Yorelis fue obligada a pagar.

Una joven venezolana se presentó a recogerla a bordo de un taxi. La recién llegada vio pasar detrás de la ventanilla la monstruosa capital mexicana, sumergida en su locura matutina. La joven la llevó a un edificio de San Pedro de los Pinos, a una dirección que, dice Yorelis, jamás podrá olvidar: Avenida San Antonio 142.

Adentro, en un departamento del tercer piso, la esperaban Joseph “N” y cinco jóvenes venezolanas que éste había enganchado.

Le habían ofrecido “una habitación cómoda con TV”. No había TV, sin embargo, y las seis jóvenes que vivían en ese sitio dormían sobre colchones tirados en el piso. Los vidrios de las ventanas se hallaban cubiertos con bolsas de basura. “Todo era deprimente”, recuerda la joven.

Las mujeres tenían prohibido salir solas, e incluso conversar entre ellas. Yorelis no tardó en comprobar que saltarse las reglas acarreaba severos “maltratos físicos y psicológicos”.

Vino el ritual de la compra de lencería, la toma de fotos para la página zonadivas.com (en la que las venezolanas son anunciadas). Vinieron los serviciossin preservativo, anales, cosas así”, prestados en hoteles de Patriotismo a cambio de 2 mil 200 pesos.

Llegó la exigencia de pagar lo más pronto posible la deuda contraída con Joseph.

Inicialmente, el tratante había ofrecido a Yorelis 50% de las ganancias. Pero “desde el primer día se quedó con el 100%”. Dejaba a la joven solo las propinas.

A las habitantes del departamento se les permitía salir a la calle cada semana, y sólo unas cuantas horas.

Lusmeli, la mujer de Joseph, había llegado a México para prestar servicios sexuales, contratada por una agencia. Joseph llegó a trabajar al mismo sitio. Al poco tiempo, ambos se independizaron, montaron su propia “agencia”.

El 28 de noviembre, al volver de una “salida”, Yorelis le dijo a sus compañeras: “Esto es horrible. Me voy a escapar”. Sólo una de ellas se prestó a acompañarla (para entonces había ya ocho mujeres en el departamento).

La oportunidad se presentó el 7 de diciembre pasado. Las dos venezolanas huyeron hacia un hotel del Estado de México. Para reunir dinero, cuenta Yorelis, hicieron “tríos”. Con lujo de “groserías venezolanas”, Joseph les enviaba mensajes, mientras tanto, exigiendo el pago del adeudo.

Al cabo, un amigo que Yorelis había conocido a través de Tinder las ayudó. Ambas se encuentran ahora en otro país.

“Le pido que haga algo por las chicas que se quedaron —dice la joven—. Eran siete. Todavía deben estar ahí”.

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