Zumby Pixel

En la línea de fuego

Por: Lic. Guillermo Ingram
En la línea de fuego

Publicado 23 marzo 2018 el 23 de Marzo de 2018

por

Tengo la idea de no haber usado antes el título anterior, creo en otra ocasión usé el de la canción: “Cómo han pasado los años”. Pero, entrando en tema, resulta el día de ayer supe del deceso de otro compañero de la generación de la universidad, lo cual, amén de triste, nos va dando una firme idea a todos los que acudimos a los estudios superiores y celebramos durante cinco años la fiesta de la juventud en nuestros lustrosos veintes, que no sólo nos hemos acercado a la línea de fuego, sino que ya estamos “en la tierra de nadie”, en donde siempre caen todos los acribillados, los desafortunados o los que a tiempo no se retiraron de tal sitio, pero, de que todos vamos a bailar, de eso no nos quede la menor duda.

LA MUERTE ERA ALGO EXTRAÑO Y REMOTO

Recuerdo cómo de niño veía yo la muerte como algo absolutamente ajeno a mí y que lamentablemente murieron los seres queridos que habían alcanzado (para mí, en ese entonces) una edad ya avanzada. Fue triste tal hecho. Después, vi el final de los días de alguien ya no tan remoto, pero seguía empecinado en considerar que para “mi momento” faltaba mucho. Hoy, que ya he alcanzado los años que tuvieron algunos de mis ancestros cuando partieron de este mundo, me hago toda una gama de preguntas.

En el presente, en que ya han partido y no hace mucho, algunos compañeros con los que celebré en tiempos universitarios, como les digo, el festín de la juventud, como que ya comienza uno a sentir pasos en la azotea y preguntarse con más certidumbre sobre ese final que se veía remoto.

MIS AMIGOS MAYORES ¡TODOS LOS VI PARTIR!

De joven me enteraba de la muerte de algunas personas mayores, y, como les digo, veía aquello como algo natural, y el fin de la vida la veía remota, pues “eso no me tocaba a mí”. Pero, vi a muchos de aquellos ancianos sobrevivientes irse quedando solos ¿Por qué solos? Porque el número de amigos con los que compartían charlas de un pasado común se fue haciendo cada vez más estrecho, hasta que finalmente se quedaron solos o, porque, por motivos de la salud, dada la edad alcanzada, ya no podían valerse por ellos mismos y finalmente sucumbieron. Sus mismos velorios se vieron con poca gente porque la mayoría de sus cuatachos habían ya partido.

HOY ¡YO SOY EL AMIGO ANCIANO!

Por lo descrito, también comienza uno a pensar en la posición en que nos encontramos ahora con respecto a las generaciones que vienen detrás: estamos en la línea de fuego.

Sin duda, ese razonamiento o reflexión se la han de haber hecho todos, absolutamente todos los que llegaron a tal línea ¿A poco no? De todas formas, haciéndonos o no haciéndonos la tal pregunta, nos va a llegar el momento de partir. Y eso sí que no hay quien lo detenga.

Pero en fin, de que de esta vida no saldremos vivos ¡Ni dudarlo! Por lo que debemos irnos haciendo a la idea que no nacimos para semilla y mucho menos para la eternidad. Que, pensando en “si mi abuelita hubiese tenido ruedas hubiese sido bicicleta”, la eternidad también debe ser algo feo, pues quedarse sin amigos sí que debe ser algo tremendo de experimentar.

AMARON TANTO VIVIR, QUE NO QUERÍAN MORIR

El otro día me enteré que Isabel I de Inglaterra, tenía tanto miedo a morirse que desde días antes de que se la cargara el payaso se negó a dormir en su cama, por lo que sus damas de compañía debieron poner almohadas en el piso de su alcoba para que ahí durmiera la soberana, la cual, días más tarde, en esas almohadas ¡Chupó Faros!

También leí en una ocasión y no recuerdo dónde, que el gran poeta, novelista, dramaturgo y científico y tal vez el escritor más completo de la humanidad, el alemán Johann Wolfgang von Goethe, cuando moría, comenzó a pedir más luz, que hasta abrieron las cortinas de su recámara. Pero, la versión de las que les hablo, decía que se la había pasado gritando antes de abandonar esta vida, porque no quería morir.

QUE NOS VAMOS…

En fin, pues no obstante la vida es muy, pero muy padre, la tenemos que dejar. Tal y como dice el dicho de los aborígenes australianos: “Todos estamos de visita en este momento y lugar. Sólo estamos de paso. Hemos venido a observar, a aprender, crecer, amar y volver a casa”. O este otro: “Nunca es un buen día para morir, porque la vida no es un experimento, sino una hermosa experiencia”.

http://losbuenosdias.blogspot.com
correo:[email protected]

- US -