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Azul exilio

Por: Maricarmen Delfín Delgado
Azul exilio

Publicado 19 marzo 2018 el 19 de Marzo de 2018

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El azul evoca a lo infinito, al mar, al cielo, al lugar de los dioses, a la tranquilidad, es confianza, fantasía, ilusión y espejismo. Azul es también el frío, la nostalgia y la tristeza, es el color de la luna en los sueños, en el espejo del mar y en el calendario cada tres años; el de las gloxinias, los tulipanes, la lavanda y las orquídeas, el color del arte en el modernismo literario.

“Azul” llamó Rubén Darío a la recopilación de su obra publicada por primera vez en 1888, reconocida por su originalidad pues el autor imprime estilos y temperamentos diversos con una insinuación de su personalidad, metaforiza con elementos que retrataban la realidad que le tocó vivir, con un planteamiento claro de las estructuras sociales. Inserta elementos fantásticos y de la naturaleza, exalta el amor, trae con los mortales a los dioses griegos, pero dentro de este mundo de ensueño pone en claro la situación del artista frente a la burguesía, la opulencia de la aristocracia, la denuncia a la injusticia y la desigualdad social. Uno de los temas presentes en “Azul” es la reflexión, amarga, dolorosa pero real sobre la condición humana en todo sistema donde los poderosos oprimen al pueblo.

El azul tiene una gran variedad de tonos, uno de ellos es el tinte que nuestro amigo el maestro Filemón Zacarías ha pincelado en la obra que hoy nos presenta, coloreada con la fina tinta indeleble que fluye de sus emociones como la savia que nutre las flores, sus jazmines, sus heliotropos, sus malvas, las que perfuman sus  nostálgicos atardeceres, con los girasoles y los azules de un cielo estrellado de Van Gogh. Con sus versos nos hace navegar por orgásmicos mares, cabalgar en el tiempo, recorrer octubre, febrero, marzo, hasta llegar a diciembre, con la inevitable cita de las seis menos un cuarto, la lluvia cómplice del recuerdo a la distancia cuando la tarde muere. Al igual que Rubén Darío, el maestro Fili trae las deidades a esta tierra: Eros, Afrodita, Selene y Calíope acompañan sus clamores, su canto al amor, el recorrido por el litoral de ese cuerpo, los ojos que son constante inspiración, cabellos y piel, la sonrisa y el lunar en el rostro, espalda y caderas. La noche y sus lunas atestiguan el deseo de escapar por el espejo a un exilio, con los dedos temblorosos que escriben la íntima semántica, letras que esculpen besos, rumor de caracolas, soles, nubes, voces de sirenas.

Las injusticias, la desigualdad social, los muertos sin nombre, los olvidados del sistema, la religión manipulante y servidora del poder, los gobiernos con discursos utópicos, los reprimidos, los desaparecidos, la inducida inconsciencia nacional, el miedo y el amor a la patria son constantes en el discurso poético, donde el maestro Fili conmina a levantar el puño, con el poder que da la palabra, rompiendo silencios, convocando a pedir lo que toda persona merece, a exigir justicia.

Los maestros, el pueblo y la Revolución nos dan identidad; las luchas estudiantiles, la entrega diaria del docente en las aulas rurales y citadinas, son tópicos tratados por el autor con el coraje, con el amor que su profesión y vocación siempre le han demandado, con la sensibilidad de su corazón de poeta, con su visión de revolucionario.

Parangonándolo con el padre del modernismo, podemos decir que tenemos en Fili al poeta con la sensibilidad de todos los tiempos, que fundió su estilo, su amor por la sociedad y su genial talento en el crisol de la metáfora mezclando la verdad con el sentimiento, así como el oro y el hierro al fusionarse dan lugar el oro azul, nos regala esta joya.

En su poema “Morir a las seis, o un poco antes”  reconfigura un imaginario social, con figuras, formas, imágenes aparentemente incongruentes bañadas de filosofía, de una realidad que nos atañe y juega con nuestro ser, con la vida al acecho de la muerte, con la utopía como la aspirina que suaviza el dolor sin desaparecer la causa, con su desafiante sonrisa, con esos huecos en su rostro donde deben existir los ojos, los que tenemos y parecen no estar para ver lo que realmente somos y en lo que la sociedad quiere convertirnos.

También su estilo nos recuerda al poeta, cantautor y luchador social uruguayo Alfredo Zitarrosa, en su poema hecho canción Guitarra Negra, donde es visitado por la muerte y ella le recuerda la levedad del ser ante su presencia, en un recorrido por los pasajes y la gente importante en su vida, con una realidad inevitable.

Así, el maestro Filemón Zacarías queda a la altura de los íconos poéticos latinoamericanos, como digno representante del sentimiento hecho palabra, nuestro reconocimiento a su obra.

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