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A Jesús hay que mostrarlo y no sólo demostrarlo

Por: Pbro. José Juan Sánchez Jácome
A Jesús hay que mostrarlo y no sólo demostrarlo

Publicado 19 marzo 2018 el 19 de Marzo de 2018

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No es sólo el final de una búsqueda o el resultado de una elección sino que el deseo de Dios forma parte de nuestra propia condición humana. La experiencia de Dios a veces fluye como respuestas inesperadas y a veces ciertamente no rebasa el ámbito de las preguntas pero se trata en todo caso de un deseo imborrable que hace girar nuestra existencia en el ámbito de la divinidad.

No se puede ignorar, no se puede reprimir, no se puede extirpar porque el deseo de Dios es connatural al ser humano. Lo sabemos, lo intuimos, aunque no siempre sabemos saciar la necesidad que el alma tiene de Dios.

No se puede dejar de amar, dejar de reflexionar, dejar de ser libres porque entonces estaríamos lesionando y condicionando la naturaleza humana. Tampoco se puede reprimir, perseguir y combatir el deseo de Dios porque nuestra vida perdería su equilibrio, limitaría dramáticamente sus horizontes y generaría condiciones de vida adversas para el mismo hombre.

No se puede hacer eso, aunque en algunos momentos de la historia ha habido ideologías y regímenes políticos que han impuesto condiciones inhumanas para perseguir y reprimir el deseo de Dios, lesionando uno de los derechos fundamentales de la persona.

Pero el ser humano cultiva y defiende este deseo de Dios a pesar de estas vicisitudes culturales e históricas. En la actualidad precisamente vemos con gran sorpresa y esperanza la forma como se busca a Dios a pesar de tantas dificultades para fomentar una vida espiritual.

A muchos de nosotros nos toca, como a los apóstoles, constatar el deseo de Dios en la vida de tantos hermanos que experimentan profundamente la necesidad de Dios y por lo tanto mostrar el camino que Dios mismo ha señalado para llegar a tener un encuentro con Él.

Este deseo de Dios no sólo lo constatamos en el pueblo fiel, humilde, devoto y perseverante que ha venido moldeando su alma en torno a Cristo, a María Santísima, a la Iglesia y los sacramentos; en los jóvenes que directa o indirectamente, consciente o inconscientemente tienen sed de Dios. También lo constatamos en la vida de tantos hermanos que han vivido al margen de la cultura cristiana, de personas que quizá combatieron la fe cristiana, de hermanos que pretendieron no necesitar de Dios porque se sintieron autosuficientes con su dinero, prestigio, conocimientos y poder, pero que finalmente se sintieron vacíos y con una sed profunda de infinito.

Estos hombres son como aquellos griegos que le dijeron a Felipe, el de Betsaida de Galilea: “Quisiéramos ver a Jesús”. Unos griegos que venían del mundo de la filosofía, de la cultura, de la metrópolis del pensamiento humano. Griegos que conocían la tradición de Sócrates, Platón y Aristóteles le plantean a un pescador quizá la principal inquietud de su vida: “Quisiéramos ver a Jesús”.

Y la respuesta de Jesús se vuelve paradigmática ya que cambia sus esquemas y anticipa la forma más plena para ver a Dios y saciar la sed más profunda. La respuesta de Jesús no apunta a la belleza, o al cosmos, o a la armonía interior sino que habla del misterio de la cruz para recibir la luz más profunda, para saciar el deseo de Dios.

Considerando el mundo cultural helénico Mons. Fulton Sheen comentaba así este pasaje evangélico: “Jesús les recordó que Él no era simplemente un maestro; que si estuviera entre ellos no sería para desempeñar el papel de un Platón o de un Solón… La naturaleza humana no alcanza su grandeza por medio de la poesía y el arte, sino pasando a través de una muerte… No había venido para ser un moralista, sino un Salvador. No venía para añadir algo a los preceptos de Sócrates, sino para dar una vida nueva…

Los griegos habían venido a nuestro Señor diciendo: ‘Quisiéramos ver a Jesús’, probablemente debido a la majestad y belleza, que como adoradores del dios Apolo tanto apreciaban. Pero Él aludió al aspecto maltrecho que ofrecería una vez estuviera en la cruz, y añadió que únicamente mediante la cruz podría haber en la vida de ellos la belleza del alma en la nueva vida regenerada…” (Vida de Cristo. Herder. Barcelona, 1996. pp. 294-298).

Como Felipe y los apóstoles, estamos para canalizar este deseo, para ser puentes a la hora de llegar a Jesús y para manifestar la nueva vida que recibimos de Él.

En todos los hombres existe este deseo de Dios, a veces plenamente reconocido y otras veces reprimido, por lo que nuestra misión, como Felipe, es llevarlos a Jesús. Se trata, pues, de mostrarlo, y no sólo demostrarlo, ya que si el Señor no nos ha defraudado debemos esforzarnos por no defraudar el anhelo que tantos hermanos tienen de conocer a Jesús.

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