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Un minuto de silencio o cuarenta días de arrepentimiento

Por: Pbro. José Juan Sánchez Jácome
Un minuto de silencio o cuarenta días de arrepentimiento

Publicado 26 febrero 2018 el 26 de Febrero de 2018

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Por lo menos se guarda un minuto de silencio para canalizar la indignación y la tristeza así como para provocar una reflexión sobre hechos tan lamentables que tienen repercusión social, al cimbrar la conciencia nacional.

Por lo menos es un minuto, pero qué es un minuto comparado con horas de aflicción, con noches de angustia, con días enteros de dolor, con semanas de desesperanza, con meses de incertidumbre. Por lo menos es un minuto, pero no basta.

El arrepentimiento, la penitencia y el luto los hemos arrancado de nuestra vida social o los vivimos simplemente como protocolos para llorar un poquito, lamentarnos un poquito, para luego volver a la carga con un estilo de vida que guarda el potencial de seguir provocando el desorden moral.

Bastaría un evento desafortunado para inmediatamente convocar a luto nacional. Desgraciadamente aquí no se trata de casos excepcionales, situaciones marginales o hechos aislados sino de una crisis estructural que genera violencia, pobreza y descomposición social. Ya no alcanza ni es precisa la expresión cuando hablamos de brotes de violencia, de brotes de pobreza y de brotes de descomposición social porque está instalada la violencia, la pobreza y la descomposición social.

Y ahí está la corrupción como origen y motor de esta crisis estructural que nos lleva a protestar por los hechos violentos y por todo el desorden provocado incluso por las instituciones sufragadas por el mismo pueblo que deberían cuidar, promover y defender a los ciudadanos.

Hemos guardado un minuto de silencio, quizá, ante los asesinados y desaparecidos. Pero no los hemos llorado suficientemente, no hemos lamentado, como se debe, la situación por la que estamos pasando. Hemos visto las cifras que de suyo ya son preocupantes pero nos hemos olvidado de las familias y de los pueblos que han perdido la motivación, la paz y la esperanza.

No hacen falta protocolos y formalidades sino procesos y compromisos de cambio, de renovación, es decir procesos de arrepentimiento, penitencia y luto nacional.

El estilo de vida que se ha instalado y las tendencias culturales dominantes llevan ese potencial de seguir generando el desorden moral porque entronizan el egoísmo, la soberbia, la vanidad, la ambición y el materialismo que tarde o temprano tendrán un impacto negativo en la política, la economía y el tejido social.

No basta un minuto de silencio, ni declaraciones estilizadas, ni programas refinados, ni promesas materiales. Nuestro problema es más serio de lo que imaginamos. Nuestro problema no es técnico sino espiritual, y mientras no reconozcamos y privilegiemos la renovación del corazón será difícil responder estructuralmente como lo requieren estos tiempos, como lo tenemos que hacer en honor a tantos asesinados y desaparecidos, a tantas familias y pueblos lastimados en su ser más íntimo y sagrado.

La cuaresma -y la espiritualidad cristiana- pretende ser ese espacio para canalizar esta necesidad de arrepentimiento personal y social y sobre todo para comprometernos y rescatar la vida digna a la que todos estamos llamados.

Lamentarse de los errores no es un protocolo, disculparse no es simplemente una formalidad sino que requieren de un verdadero proceso de concientización para salir renovados y comprometidos a no volver sobre los mismos pasos.

La cuaresma, a pesar de la imagen piadosa, inofensiva y edulcorada que se le ha creado, es una respuesta estructural. Tenemos no un minuto de silencio sino por lo menos cuarenta días para declararnos culpables, reconocer nuestras faltas y generar la esperanza. Sí, declararnos culpables, porque la maldad no está sólo fuera de mí, sino dentro de nosotros mismos. La frontera entre el bien y el mal no se encuentra en el exterior sino dentro del propio corazón.

Aunque no caigamos en situaciones graves, la maldad también pasa por nuestro corazón, por lo que tenemos que arrepentirnos, ser conscientes del desorden que también nosotros podemos causar y, por lo tanto, generar la fortaleza necesaria para rechazar las tentaciones y ofertas del espíritu del mal.

Dicho lo cual emerge la cuaresma no como un sentimiento piadoso sino como un verdadero proceso de renovación personal. Tenemos un tiempo razonable para declararnos culpables, para asumir nuestra responsabilidad, para lamentar nuestros errores y para confiar en el poder de la gracia que Cristo nos concede para reconstruir nuestra vida personal y social, sobre todo ahora que no podemos perder el tiempo ni tampoco perder las reservas morales que nos quedan.

 

 

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