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Rubén Darío y Margarita

Por: Maricarmen Delfín Delgado
Maricarmen Delfín Delgado

Publicado 24 febrero 2018 el 24 de Febrero de 2018

por

El 6 de febrero de 1916 nos abandonaste para reunirte con tus musas, allá en el paraíso donde te rodean las nueve hijas de Zeus en compañía de Apolo, donde tu pululante pluma sigue salpicando de sentimiento y reflexión para caer sobre los mortales que aún alimentan su espíritu con tu recuerdo.

Rubén Darío, a más de un siglo de su partida, sigue siendo un referente de la poesía, padre del Modernismo en la lengua española, su variada producción escrita en todos los matices literarios lo consagra como el “Príncipe de las letras castellanas”.

Margarita Debayle Sacasa de Pallais fue la musa de este poeta en quien se inspiró para escribir el famoso “Cielo y mar. Poema (A Margarita Debayle)”, mejor conocido como “Margarita está linda la mar”. Ella nace en León, Nicaragua, un 4 de julio del año 1900 en el seno de una importante y distinguida familia, con gran poder político y ligada a la antigua aristocracia de este país.

Su padre fue el doctor Louis Henri Debayle, un reconocido médico nicaragüense radicado en Francia durante su época de estudiante y que regresó a su país con la primera máquina para estudios médicos de rayos X, lo que le permitió hacer diagnósticos certeros ganándose el sobrenombre de el “Sabio Debayle”.

Su madre, Casimira Sacasa de Debayle, pertenecía a una familia muy poderosa políticamente pues fue hija de quien en ese momento era el presidente de Nicaragua, Roberto Sacasa y Sarria, y hermana de Juan Bautista Sacasa que posteriormente sería presidente del país. Años después su hermana Salvadora se casaría en el iniciador de la dinastía Somoza en la presidencia, Anastasio Somoza García.

Entre Rubén Darío y el doctor Debayle existía una fraterna relación pues era su médico de cabecera y gran amigo. En 1908 la familia Debayle Sacasa lo invitó a su residencia de verano en la isla El Cardón, allí el atardecer lo inspiró sentado en una roca cerca de la orilla del mar, para crear el famoso poema dedicado a Margarita, la hija de su anfitrión, quien le había pedido que le escribiera un cuento con versos.

Esta obra fue fechada en “Bahía de Corinto (Nicaragua). Isla del Cardón, marzo 20 de 1908”, según registro asentado al pie de su publicación en España en el “Diario de Granada”, el 29 de noviembre de 1908.

Durante toda su vida Margarita fue una mujer especial, no sólo por haber sido la inspiración del famoso poema, también por ser parte de una familia que influyó en la historia de Nicaragua y más allá de sus fronteras. Llevó siempre en su frente como un sello el orgullo de ser la niña bella, la princesa que fue a cortar lirios, rosas y estrellas a la azul inmensidad. Este hermoso cuento hecho poema, después de tener más de cien años su aparición, sigue siendo referente común en las lecturas infantiles que los padres y maestros que aman la literatura comparten a los pequeños, ya que cuenta una historia impregnada de inocencia y fantasía resaltando sentimientos como el amor, el carácter, la nobleza, la honestidad, enriquecido con elementos de la naturaleza en un contexto mágico y sencillo.

A Margarita Debayle

Margarita está linda la mar,
y el viento,
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar;
tu acento:
Margarita, te voy a contar
un cuento:

Esto era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha de día
y un rebaño de elefantes,
un kiosko de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita, como tú.

Una tarde, la princesa
vio una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.

La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla
y una pluma y una flor.

Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así.

Pues se fue la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella

que la hacía suspirar.

Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
más lo malo es que ella iba
sin permiso de papá.

Cuando estuvo ya de vuelta
de los parques del Señor,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.

Y el rey dijo: «¿Qué te has hecho?
te he buscado y no te hallé;
y ¿qué tienes en el pecho
que encendido se te ve?».

La princesa no mentía.
Y así, dijo la verdad:
«Fui a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad».

Y el rey clama: «¿No te he dicho
que el azul no hay que cortar?.
¡Qué locura!, ¡Qué capricho!…
El Señor se va a enojar».

Y ella dice: «No hubo intento;
yo me fui no sé por qué.
Por las olas por el viento
fui a la estrella y la corté».

Y el papá dice enojado:
«Un castigo has de tener:
vuelve al cielo y lo robado
vas ahora a devolver».

La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el Buen Jesús.

Y así dice: «En mis campiñas
esa rosa le ofrecí;
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí».

Viste el rey pompas brillantes,
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.

La princesita está bella,
pues ya tiene el prendedor
en que lucen, con la estrella,
verso, perla, pluma y flor.

Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar:
tu aliento.

Ya que lejos de mí vas a estar,
guarda, niña, un gentil pensamiento
al que un día te quiso contar
un cuento.

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