Zumby Pixel

Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad

Por: Pbro. José Juan Sánchez Jácome

Publicado 05 febrero 2018 el 05 de Febrero de 2018

por

Pbro. José Juan Sánchez Jácome
Me ha conmovido como nunca ver el cariño y el respeto con el que tantos hermanos han llegado a la Iglesia cargando la imagen del Niño Jesús. Esta escena que me estremece me ha hecho vislumbrar, al mismo tiempo, las características de nuestra fe.
Veo a personas fuertes, maduras, recias y autosuficientes que sin embargo dejan asomar un lado amable y sutil al sostener con gran cariño esta imagen, como si se tratara de sus propios hijos. No sólo eran mujeres, eran muchos hombres que cargaban estas imágenes apretándolas hacia su regazo como si quisieran transmitirle su propio calor al Niño o como si quisieran acurrucarlo para contrarrestar el frío de la noche. Ver a mi pueblo asumiendo el espíritu de nuestras tradiciones me hace pensar en dos notas fundamentales que explican la dinámica de nuestra fe.
La fe nos regala una mirada penetrante, nos hace ver muy lejos y nos permite penetrar en el significado de las cosas y de los acontecimientos. La fe nos ayuda a no quedarnos en los accidentes, en la simple exterioridad de esta realidad sino penetrar en un aspecto que no se asoma ni se deja ver de manera superficial.
En efecto, la fe nos regala una mirada más amplia y más profunda que nos hace constantemente estar anhelando ese mundo nuevo; la fe provoca que estemos en constante movimiento y tensión hacia las promesas que alcanzamos a avizorar. Los cristianos experimentamos ese potencial que tiene la fe para liberarnos constantemente de tantas ataduras.
Pero también esa ternura y sutileza con que los hermanos cargaban la imagen del Niño Dios, me hace pensar en la delicadeza de nuestra fe. Como dice San Pablo: «Llevamos este tesoro en vasijas de barro…» Tenemos que arropar la fe y tratarla con suma delicadeza sobre todo cuando nos toca transitar por caminos pedregosos y oscuros.
La mirada penetrante que nos da la fe y el idealismo de la misma muchas veces se estrellan con la amarga realidad. Los problemas, los sufrimientos, las tensiones y toda esa realidad que nos alcanza ciertamente nos desafía al grado de llegar a cimbrar las bases de nuestra fe.
Sin embargo, no estamos llamados a escondernos o lamentarnos de lo que tenemos que vivir. Dice un proverbio chino: «Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad». Por eso, como cristianos entendemos que estamos llamados a encender una luz donde se extiende la oscuridad, donde hay tristeza, donde hay sufrimiento. Esa es nuestra misión, encender una luz y no sumergirnos en la oscuridad con lamentos y resignación.
La fe nos hace hombres fuertes que tienen la capacidad de ver muy lejos, más allá de las evidencias y comprobaciones científicas. Pero al ver a aquellos hombres fuertes y autosuficientes cargando amorosamente la imagen del Niño Jesús, también alcancé a reconocer la extrema delicadeza de nuestra fe que necesita ser custodiada, cobijada y protegida para que no deje de conducirnos muchas veces sólo por rendijas de luz en medio de este valle de oscuridad.
Eso es lo que nos toca, encender una luz, no apagar la que aún nos queda. Encender una luz para que otros hermanos caigan en la cuenta de la claridad de Dios que siempre llegará a nuestras vidas.

US - US -