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Es liberador o represor hablar del pecado

Por: Pbro. José Juan Sánchez Jácome
Es liberador o represor hablar del pecado

Publicado 19 febrero 2018 el 19 de Febrero de 2018

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Nunca debimos marginar, desdeñar o desterrar la realidad y experiencia del pecado. Comenzamos de esta forma un proceso de autodestrucción tanto personal como social que nos sorprende cada vez más por la forma despiadada como crece el mal en el mundo.

Nunca debimos marginar el tema del pecado como si nos hubiéramos liberado de un lastre de viejos tiempos, estorbo del progreso y la felicidad. Quizá eso es lo que se originó cuando la vida cristiana se llevaba al otro extremo, es decir cuando se hablaba más del pecado que de Dios, más del pecado que de la gracia, más del pecado que de la misericordia divina.

La proporción la ofrece el arco de cuarenta días del tiempo de cuaresma. No podemos hablar toda la vida del pecado pero tampoco caer en tendencias minimalistas. Hay que ser virtuosos, justos y proporcionados para referirnos a una realidad que no debemos menospreciar, so pena de vernos afectados estructuralmente como viene sucediendo a nivel personal y social.

Hay que ser congruentes y realistas y por eso tenemos un tiempo suficiente para lamentar y dolernos por el desorden que el pecado ha causado en nuestra vida, en la vida de los demás y en el mismo entorno social.

A diferencia de lo que se escucha con cierto afán de sorna y descalificación, sabemos que no es represor sino liberador hablar del pecado. No se trata de tener sometida la conciencia de los demás ni de proyectar una visión pesimista de la vida.

Se trata más bien de reconocer que no lo podemos todo y que estamos llamados a descubrir, respetar y promover la verdad y el orden que ya están inscritos en la conciencia y en el ser de las cosas.

Hablar del pecado no es una táctica represora sino una realidad liberadora. No es sólo la maldad, también ha sido la ingenuidad la que nos ha llevado a excesos de confianza que terminan por provocarnos muchos desajustes en la vida.

Hemos sido débiles y vulnerables ante tantas propuestas indecorosas del misterio del mal, pero también nos hemos pasado de ingenuos cuando nos exponemos innecesariamente, cuando no tomamos distancia y cuando no sabemos cortar a tiempo situaciones que terminan por comprometernos seriamente. La ingenuidad no es sólo falta de sentido crítico sino también imprudencia cuando de manera temeraria nos exponemos, como si tuviéramos todo el poder de vencer por nosotros mismos una realidad que es más compleja de lo que suponemos.

La proporción la da el tiempo de cuaresma. Y también la Palabra de Dios que nos van llevando durante este tiempo para reconocer nuestros pecados y de los demás, dolernos por el mal que hacemos y comenzar, por lo tanto, un proceso de retorno a Dios, al bien y a la justicia.

Ni maximalismo ni minimalismo al hablar y reflexionar sobre la realidad y consecuencias del pecado. Tampoco legalismo y rigorismo porque no se puede hablar del pecado al margen de la misericordia, nos hundiríamos en la desesperación, no habría esperanza en el mundo.

Hablamos por eso del pecado desde la bondad y misericordia divina porque lo que Dios quiere es que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Dios más que poner en evidencia nuestro pecado pone en evidencia su misericordia para que nadie se margine de la gracia y todos recuperemos una vida digna.

Tenemos por delante cuarenta días para recuperar un tema que hemos desdeñado, imitando la proporción de la cuaresma para hablar del pecado y contemplando la misericordia de Dios cuando se refiere al pecado. Baste por ahora decir que es liberador -no represor- hablar del pecado.

Es liberador porque me hace caer en la cuenta que alguien me quiere y se preocupa por mí, alguien ha deseado una vida más digna y completa para mí. Viene un tiempo en que podemos descubrir y valorar el amor incondicional que Dios nos tiene y por lo tanto reconocer que le hemos ofendido.

Estamos llamados a experimentar la misericordia que es como una caricia, como el abrazo de un padre que da consuelo y seguridad a su hijo. Podemos hacer felices a Dios reconociendo nuestros pecados, acogiéndonos a su misericordia e iniciando una nueva vida. Como bien lo expresa esta reflexión:

“Los pecados cometidos son una ofensa a Dios, pero los pecados confesados son un cántico a Dios. Así que cuando confieses tus pecados a un sacerdote en el sacramento de la reconciliación, que sepas que también estás entonando un cántico a Dios por su gran misericordia” (P. Damian Ference).

 

 

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