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Homenaje a don Carlos de Silva Nava

Inspirado por el ejemplo de su padre, don Carlos inicia en 1965 su carrera en la Judicatura, como escribiente judicial en el 2º Tribunal Colegiado del entonces 4º Circuito, con sede en Guadalajara, Jalisco.

Publicado 09 enero 2018 el 09 de Enero de 2018

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Por Margarita Beatriz Luna Ramos
Ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

El pasado 2 de enero, apenas al iniciar 2018, nos sorprendió la triste noticia del fallecimiento del señor ministro en retiro don Carlos de Silva Nava, sin lugar a duda una de las mentes más brillantes de la justicia mexicana contemporánea, de una agudeza intelectual excepcional, conocedor del Derecho como pocos, producto de estudio y experiencia acumulados a lo largo de una destacada carrera judicial de más de 3 décadas ininterrumpidas.

Inspirado por el ejemplo de su padre, don Carlos inicia en 1965 su carrera en la Judicatura, como escribiente judicial en el 2º Tribunal Colegiado del entonces 4º Circuito, con sede en Guadalajara, Jalisco.

Una ruta de ascenso lo llevaría a ocupar diferentes cargos en los tribunales jaliscienses, donde descubriría su vocación por la función jurisdiccional que más tarde le permitió ser designado secretario de Estudio y Cuenta en la 2ª Sala de la Corte, juez de Distrito y magistrado de Circuito, hasta alcanzar un sitial en el Máximo Tribunal de la Nación, en 1984, nombrado por el entonces presidente Miguel de la Madrid Hurtado.

Una vocación que marcó su desempeño profesional en forma singular, como se nos revela en su discurso de toma de posesión como ministro de la Corte, al señalar: “En mi caso, la inclinación por la judicatura, mi vocación no sólo es producto del estudio del Derecho y de las oportunidades que me deparó el destino en el ejercicio profesional. La vida me concedió la inmensa fortuna de contar con un padre que ha sido y es constante ejemplo de hombre de bien, como jurista y como funcionario judicial… Con su ejemplo pude llegar a comprender que la única pasión que puede permitirse a un juzgador es la que siente por la justicia. Mas no pasión incontrolada, sino regida y completada por el ejercicio de la virtud, por el estudio, por la imparcialidad, por la vocación de servicio…”

Sabía bien que el servicio a la justicia constituye permanente exigencia de honradez, honestidad, libertad de pensamiento y de prejuicios, con el único y gran premio interno de impartir verdadera justicia, fundamento de todo progreso, necesidad esencial del pueblo, principio de convivencia universal.

De su ejemplar dedicación y convicción de juzgador, da cuenta su actuación en los múltiples casos de los que conoció, algunos de particular complejidad y relevancia, que incluso llegaron a dividir a la opinión pública, frente a la cual siempre antepuso su convicción jurídica y, ante todo, la autonomía e independencia del Poder Judicial federal.

Durante su estancia en la Corte su aportación jurídica fue enriquecedora y prolífera, dejando huella indeleble y el máximo reconocimiento. Justo es señalar que en el más riguroso debate privó siempre su acrisolada educación y extraordinaria sencillez, que unidos a su capacidad de situar y sitiar las discusiones y a la fertilidad de su réplica, dio vida y amenidad a sus intervenciones en las que con la riqueza de su argumentación atrajo siempre el convencimiento de la mayoría de sus pares.

Fue precisamente en la Corte donde tuve la gran fortuna de ser su colaboradora. Por ello mi eterna gratitud, pues sus enseñanzas han sido importante directriz en mi formación profesional, como en la de muchos otros juzgadores que se moldearon bajo su generosa dirección.

Otra de sus grandes pasiones fue la enseñanza a la que se dedicó desde temprana edad, impartiendo cátedra en diversas universidades. Sus aportes a la vida académica produjeron notables conferencias, varios libros y numerosos artículos en diversos temas jurídicos. Al lado del jurista, también encontramos al esposo, padre y abuelo, que supo prodigar a su familia ejemplo y cariño. Mis condolencias a doña Adriana Magallanes Medina de De Silva y a sus hijos Carlos, Adriana, Beatriz y Agustín.

Es envidiable el destino de un hombre así, que al marcharse se lleva consigo la admiración y el respeto de quienes lo conocimos. Seguir sus pasos, el mejor homenaje que la Judicatura mexicana le puede rendir. Descanse en paz.

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@margaritablunar

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