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El mal tiene su hora, pero Dios tiene el día

No hemos alcanzado un mundo ideal ni hemos llegado a construir el mundo perfecto.

Publicado 15 enero 2018 el 15 de Enero de 2018

por

Pbro. José Juan Sánchez Jácome

Los razonamientos forman parte de nuestra manera de conocer las cosas, las pruebas para caer en la cuenta de algo son necesarias. Pero todo parece indicar que en tiempos especiales como los que acabamos de pasar aceptamos una presencia, creemos en Dios sin pedir explicaciones y nos acercamos a Belén no sólo para contemplar la gloria de Dios sino para fundirnos en un abrazo con el Niño Jesús.

En Navidad no creemos a la distancia sino que somos alcanzados por la gloria de Dios y propiamente hablando nos dejamos alcanzar. La fe la sentimos en estos días no como una cuestión de demostración sino como un asunto de contemplación. Y aquí estamos, asomándonos a una realidad que no nos imaginábamos tuviera la capacidad de cambiarnos la vida y devolvernos la esperanza.

En efecto, no sólo es el abrazo de los amigos y seres queridos sino sobre todo el abrazo de Dios lo que andamos buscando en estos tiempos. En la niñez bastaba un abrazo de papá y mamá para sentirnos amados y protegidos, para experimentarnos seguros ante los temores que se experimentaban.

Hemos crecido, ya no somos niños, pero gracias a Dios seguimos sintiendo necesidad del abrazo, buscamos el abrazo para sentirnos amados y protegidos. Como en nuestra niñez no faltan sobresaltos y sentimos incluso muy cerca las amenazas. Hemos crecido y podemos enfrentar y explicar muchas cosas, pero en muchas otras nos sentimos rebasados y necesitamos volver a confiar, sentirnos cobijados por los brazos de Dios.

En efecto, no podemos negar cómo ha crecido el mal en el mundo y cómo las consecuencias de la maldad van salpicando nuestra vida con esa carga amenazante que tiene. No nos gusta la vida así, nos da miedo una vida así, no es digno vivir así, no lo merecemos sobre todo después de que realmente vivíamos de otra manera.

No hemos alcanzado un mundo ideal ni hemos llegado a construir el mundo perfecto, pero había otras condiciones para vivir, se mantenían códigos y valores que generaban mayores márgenes de estabilidad y paz social. Pero ahora todo está cambiando y nos da miedo lo que pueda pasar después de que la maldad ha dejado ver todo el potencial de destrucción, confrontación y miseria que arroja sobre la sociedad.

La maldad se filtra en todos los órdenes de la vida y no sólo la descubrimos en los hechos reprobables de violencia e inseguridad sino en los diversos mecanismos en los que se organiza la vida de la sociedad. La maldad de la corrupción, de la prepotencia, del autoritarismo, del desprecio por los más pobres y marginados, de las injusticias y de las leyes que quieren acabar hasta con los valores más íntimos y fundamentales como la familia y la vida en el vientre materno.

La maldad que penetra la vida de las instituciones precipitándolas hacia formas de organización que representan un retroceso y un riesgo para la convivencia social y el auténtico sentido humanitario.

El mal es, pues, aparatoso y su dominio impone miedo y desesperanza. Pero la contemplación de Dios como la que ofrece la cueva de Belén nos regresa la esperanza y genera una nueva visión de la realidad en la que descubrimos la luz de Dios.

De acuerdo a esta visión reconocemos cómo Dios se ha venido manifestando pero sobre todo cómo se manifiesta más cuando la maldad pretende extender su dominio. Esa era la convicción del poeta y místico español San Juan de la Cruz quien lo expresaba de esta manera: «Siempre descubrió el Señor los tesoros de su Sabiduría y Espíritu a los mortales. Pero ahora que la malicia va descubriendo más su cara, más los descubre».

De acuerdo a esta convicción sabemos que vienen tiempos difíciles y formidables pues así como nos hemos indignado y preocupado por el poder destructivo del mal, también agradecemos y alabamos a Dios por darse a conocer de manera más clara en nuestra historia. Tiempos difíciles por los brotes de violencia y las consecuencias del mal en la sociedad. Pero también tiempos formidables porque en una situación como ésta Dios se mostrará aún más a su pueblo.

Con otras palabras lo explicaba el obispo Fulton J. Sheen animándonos a confiar y esperar más en el poder definitivo de Dios en la historia de la humanidad: “El mal puede tener su hora, pero Dios tiene el día… El día pertenece a Dios, la hora al maligno”.

Por eso, sostenemos que llegará el día y pasará la hora del maligno. Mientras tanto nos toca esperar esa gran manifestación de Dios y seguir alumbrando al mundo con la luz que hemos recibido en la cueva de Belén. Nos toca dar testimonio como San Pablo que: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rom 5,20).

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