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La oración es un estilo de vida y no una salida de emergencia

La oración es un estilo de vida y no una salida de emergencia

Publicado 29 enero 2018 el 29 de Enero de 2018

por

Pbro. José Juan Sánchez Jácome

La oración no es una obligación, sino nuestra condición pues somos hijos de Dios. Los hijos hablan con sus padres y crecen en la comunión con ellos por medio del trato diario. La oración no se ve, por eso, desde la perspectiva de la obligación, no es que como cristianos estemos obligados a hacerlo. Forma parte de nuestra condición. En la medida que oramos crecemos en nuestra conciencia de hijos de Dios.

La oración es uno de los medios por excelencia de crecimiento espiritual. Sin la oración no se puede entender, saborear y proyectar la fe cristiana. Jesucristo no hacía oración sino que era un hombre de oración. La oración por eso es esencial para la vida de un cristiano.

A diferencia de Jesús nosotros no siempre somos hombres de oración e incluso no siempre buscamos momentos para estar a solas con el Señor. Se nota que muchas veces sólo hacemos oración en situaciones de emergencia y de extrema necesidad. Todo parece indicar que cuando no enfrentamos adversidades, cuando todo fluye y está arreglado en nuestra vida no nos acordamos de rezar, no sentimos que sea necesario hacer oración.

Por eso cuando sólo oramos en situaciones extremas y de verdadera emergencia no siempre nos sentimos escuchados y bendecidos, no porque Dios no nos escuche sino porque no sabemos orar.

Debemos tener bien presente que antes que cualquier gracia y bendición la oración activa nuestra conciencia de hijos de Dios. El Señor responde a nuestras súplicas a pesar de nuestros descuidos y dejadez, a pesar de no ser atentos y constantes en nuestra relación con Él. Pero lo primero que regala la oración es la conciencia de hijos.

Si no oramos no tendremos la oportunidad de activar esta conciencia de hijos de Dios. Somos sus hijos, hemos sido constituidos hijos en el bautismo pero es necesario activar esta conciencia y la oración precisamente nos ayuda a lograrlo. Si sólo oramos ante las emergencias que enfrentamos en la vida quizá muchas veces no nos sentiremos escuchados porque no sabemos pedir, no hablamos como hijos.

En alguna ocasión al hablar de la necesidad de hacer oración insistentemente, sin desfallecer, Jesús sostenía que si nosotros siendo malos damos cosas buenas a los hijos, cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan (Lc 11,13).

En efecto, Jesús asegura que dará no necesariamente lo que pidan sino algo más grande, fundamental y definitivo: el Espíritu Santo. Antes que cosas y beneficios materiales nos dará el Espíritu Santo que activa nuestra conciencia como hijos de Dios. Vamos a la oración no sólo a pedir apoyo sino a estar con el Padre, porque los hijos anhelan la presencia del Padre.

A partir de este criterio podemos imaginar el mundo que estamos por descubrir y al mismo tiempo las dificultades y tropiezos en la oración cuando no tenemos activada nuestra conciencia de hijos de Dios.

Para explicar las dificultades que pasamos al hacer oración, San Agustín explicaba que a veces no obtenemos lo que pedimos porque somos malos, pedimos mal y pedimos cosas malas: aut mali, aut male, aut mala. «Mali»: porque somos malos, tenemos malas disposiciones y no estamos bien dispuestos para la petición. «Male»: porque oramos mal, con poca fe o sin perseverancia, o con falta de humildad. «Mala»: porque pedimos cosas malas y equivocadas, cosas que consideramos buenas para nosotros, pero que en realidad solamente nos perjudican.

Por lo tanto, se trata de hacer de la oración un estilo de vida y no una salida de emergencia. El que ora siempre cuando llegue la necesidad sabrá pedir insistentemente y sin desesperarse porque tiene activada su conciencia como hijo de Dios.

Al pedirle a Dios insistentemente en la oración no nos portamos con la insolencia de unos hijos mal educados, sino con la conciencia de unos hijos que pueden permitírselo todo, porque “son de casa”, porque se saben hijos de Dios.

Hablando de estas cosas San Francisco de Asís decía que: “Debemos buscar no tanto rezar, sino convertirnos en oración”. Y San Josemaría Escrivá de Balaguer se expresaba así de la oración: “Mira qué conjunto de razonadas sinrazones te presenta el enemigo, para que dejes la oración: ‘me falta tiempo’ -cuando lo estás perdiendo continuamente-; ‘esto no es para mí’, ‘yo tengo el corazón seco’… La oración no es problema de hablar o de sentir, sino de amar. Y se ama, esforzándose en intentar decir algo al Señor, aunque no se diga nada”.

 

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