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Si Él es la Palabra… me callaré

Aunque variaran las cosas y se estuviera perdiendo el encanto que tiene esta fiesta, en sí misma la Navidad crea un ambiente de intimidad y reflexión incomparables.

Publicado 26 diciembre 2017 el 26 de Diciembre de 2017

por

Pbro. José Juan Sánchez Jácome

Pueden estar cambiando las cosas, puede ser que hasta la misma Navidad vaya perdiendo la pureza y la intimidad con que tradicionalmente se celebraba. Aunque variaran las cosas y se estuviera perdiendo el encanto que tiene esta fiesta, en sí misma la Navidad crea un ambiente de intimidad y reflexión incomparables.

No se necesita hablar mucho, no se necesita predicar mucho, no se necesita exponer los mejores argumentos y las pruebas más calificadas para persuadir acerca de la existencia de Dios.

La liturgia de la Iglesia y las tradiciones inmemoriales que todavía alcanzamos a contemplar en las Iglesias y en las comunidades cristianas nos ayudan a percibir a Dios no como una idea o una abstracción, sino como un Niño que viene a cambiarlo todo, a doblegar a los más duros, a enternecer a los más soberbios, a humanizar a los más rudos, a sensibilizar a los más indiferentes, a motivar a los más fríos, a alegrar a los más tristes, a suavizar a los más rígidos, a convertir a los más obstinados, a devolver la inocencia a los que han manchado su mirada y el corazón.

Dios no es una idea, basta darnos cuenta todo lo que provoca en Navidad: hace que vivamos de manera más espiritual, que extrañemos a los demás, que sintamos la ausencia, que veamos con claridad nuestros errores, que surjan repentinamente las ganas de cambiar, que lamentemos las divisiones y las guerras, que gocemos con la buena voluntad de los demás y que acojamos el amor de Dios.

Cuando veo así a los demás y cuando yo me siento así entiendo que Dios está naciendo en mí, está llegando a la vida de mis hermanos. Nos ponemos exigentes y calculadores cuando pedimos pruebas y las andamos buscando en el firmamento, siendo que la mejor prueba para comprobar su existencia son todas esas experiencias casi místicas que por encaminarnos al bien, a la conversión, a la paz y al amor nosotros mismos obviamente no hubiéramos generado -si consideramos el propio historial que traemos-. Se trata de chispas del amor divino que van encendiendo nuestra alma apagada y confinada a la oscuridad por las injusticias que sufrimos y por el pecado que cometemos.

Jesús viene a nosotros y nos pide que lo acojamos no porque seamos buenos sino porque quiere nacer en nosotros. De mi dependerá dejar nacer a Dios en mi vida para constituirme como un hombre nuevo; de mi dependerá que no sea abortada esa concepción, esa dulce y tierna presencia que viene a cambiarme la vida.

Al meditar en el nacimiento de Jesús aparece un detalle que puede chocar contra nuestras expectativas que se inclinan más por lo curioso, sensacionalista y extravagante.

A los Reyes Magos se les dio la señal de la estrella y a los pastores el Ángel les da como señal un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Pues ¡qué señal es esa! dirán algunos. Todavía la estrella tiene un carácter mistérico y espectacular. Pero asumiendo que esperan a un Mesías, a un Salvador, se le encontraría rodeado de rayos o efectos especiales. Y resulta que la señal es un niño.

De hecho quienes no creen todavía andan buscando una especie de password secreta en la Biblia y resulta que la password, la contraseña secreta de Dios no es una cifra, no es un acertijo, no es una cosa espectacular sino que es un niño.

San Juan Crisóstomo lo explicaba de esta manera: “Además, si hubiera querido, pudo venir estremeciendo al cielo, agitando la tierra y lanzando rayos. Pero no vino así porque no quería perdernos, sino salvarnos, y quería también desde el primer momento de su vida abatir la soberbia humana. Por esto, no solamente se hace hombre, sino hombre pobre, y eligió una Madre pobre, que carecía incluso de cuna en donde poder reclinar al recién nacido”.

En esta misma línea el papa Pablo VI sostiene: “Dios habría podido venir vestido de gloria, de esplendor, de luz, de potencia a darnos miedo, a hacernos saltar los ojos de las maravillas. ¡No, no! Vino como el más pequeño de los seres, el más frágil, el más débil. ¿Por qué? Para que ninguno tenga vergüenza de acercarse a él, para que ninguno tenga temor, para que todos lo puedan tener cercano”.

No nos queda sino contemplar a Dios con las palabras de María, según la composición poética del P. José Luis Martín Descalzo:

Cuando venga mi Hijo,me callaré. Si él es la Palabra yo ¿qué?…

Belén está ya cerca, casi se ve. Se acaba la tarea que comencé.

Porque cuando en mis brazos nacido esté, el “hágase” que dije repetiré.

Y ya no diré nada. Ya ¿para qué? Si él es la Palabra me callaré.

 

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