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Quejarse con Dios no es cuestionar su honorabilidad

En su momento -y fuera de este contexto- me resultó totalmente extraña su observación.

Publicado Hace 9 días el 04 de Diciembre de 2017

por

Pbro. José Juan Sánchez Jácome

Le tomé la palabra al papa Francisco que hace algún tiempo, reflexionando sobre la fe de Abraham, señalaba que quejarse es un modo de orar. En su momento -y fuera de este contexto- me resultó totalmente extraña su observación. ¡Quién soy yo para quejarme con Dios! -decía en mi interior- ¡Qué atrevimiento dirigirme así a Dios!

Después caí en la cuenta que mi diálogo con Dios muchas veces ha tomado este giro de quejas y reclamaciones. He entendido y asumido una vida de oración alabando el bendito nombre de Dios, mostrándole mi gratitud y sorpresa ante tantas bendiciones, expresándole profundamente mi cariño, pidiéndole me conceda su perdón ante las faltas cometidas y en muchas ocasiones suplicándole que vea mi indigencia y que me socorra conforme a su bondad.

Y en esta vida espiritual forjada por la oración caigo en la cuenta de estas quejas que no me han faltado. Le he reclamado muchas veces a Dios, no como si pretendiera retarlo o cuestionarlo ante situaciones determinadas sino aceptando que no tengo otra forma de expresarme en esos momentos y por lo tanto anhelo salir iluminado en esas circunstancias.

Sí, lo reconozco, me he quejado muchas veces y espero que jamás haya cuestionado la honorabilidad de Dios, su sabiduría y misericordia porque al margen de esos momentos de tensión no tengo ninguna duda de que Dios sabe hacer bien todas las cosas, ha sabido llevarme conforme a su santísima voluntad y por lo tanto no tengo nada que objetarle.

La reflexión del papa Francisco me ayuda a entender ese giro que en ocasiones va tomando mi relación con Dios, porque nuevamente siento que las quejas y reclamaciones han aparecido en mi vida de oración. Reconozco que tengo más motivos para alabar y glorificar al Señor, así como para agradecer su bondad, sus bendiciones y su misericordia, pero en mi oración también he canalizado algunas quejas ante el Señor.

Me he quejado con Dios al ver el estado lamentable de nuestra sociedad. Me he quejado por tantos secuestros y desapariciones, por las fosas clandestinas y la manera desalmada como se arrebata la vida de nuestros semejantes. Me he quejado por los robos y la inseguridad que ya forman parte del paisaje urbano.

Me he quejado por la indefensión en la que se encuentran nuestros pueblos y las comunidades rurales. Me he quejado por la vulnerabilidad en la que se encuentran nuestros jóvenes por esta descomposición social y por los riesgos que enfrentan en este ambiente de violencia.

Me he quejado por las urgentes decisiones que muchas familias han tenido que tomar al emigrar para buscar mejores condiciones de vida y en muchos casos huir de sus comunidades para salvaguardar su vida.

Por si no fuera suficiente y alarmante este ambiente de descomposición, me he quejado porque las autoridades están dilapidando la única institución que puede rescatar a la sociedad ya que tiene la capacidad de tocar y modelar el corazón del hombre: la familia.

Justificando conducirse a través de parámetros democráticos y desconociendo las bases objetivas de la existencia ocupan las instituciones -que subvencionan las mismas familias y ciudadanos- para destruir a la familia.

Me he quejado también por la actuación y el discurso de las autoridades que se muestran muchas veces indolentes y en el mejor de los casos muy técnicos y diplomáticos ante esta noche negra por la que pasa Veracruz. Me he quejado de sus intereses y propósitos que apuntan al 2018, pasando por alto el luto, las angustias, las lágrimas, el hambre y el sufrimiento de todos los días.

La oración nos ayuda a progresar en la confianza y por eso el alma se expresa de esta forma desahogando penas y limitaciones que en la presencia de Dios se comienzan a ver de otra manera. De esto, pues, me he quejado y el Señor en su infinita misericordia me va llevando de tal manera que salga renovado en la esperanza, que recuerde que además de ser el Creador es también el Salvador de lo creado.

El panorama es desolador y la tarea de los cristianos es ingente. No me quejo para quedarme cruzado de brazos o para girar en una especie de paternalismo espiritual, como exigiéndole a Dios que arregle todo el desorden que hemos causado. Dios jamás ha abandonado a su pueblo y en cada momento de la historia nos invita a comprometernos y ser constructores de su reino.

Así que después de las quejas viene el compromiso y la entereza para afianzarse en la esperanza, sabiendo que aunque yo me sienta rebasado e impotente ante esta realidad Dios camina con su pueblo y no dejará de cumplir sus promesas. Bienvenido el Adviento que nos fragua en la esperanza.

 

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