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La felicidad y el dinero según los economistas

Los economistas estaban interesados en la felicidad porque el tema ofrece una mirada aguda a uno de los preceptos fundamentales de la economía: que la gente actúa racionalmente para elevar su bienestar al máximo.

Publicado 26 diciembre 2017 el 26 de Diciembre de 2017

por

Asociación Estadounidense de Economía

Dr. Armando Rojano Uscanga.

Revisando nuestros archivos encontramos que el sábado 12 de enero de 2002 publicamos en estas páginas el artículo “La felicidad y el dinero según los economistas”. En esos momentos en que el mundo enfrentaba una recesión más, un aumento del desempleo y las habituales crisis sociales, a unos economistas se les ocurrió revivir un viejo debate: ¿Garantiza el dinero la felicidad? Los economistas estaban interesados en la felicidad porque el tema ofrece una mirada aguda a uno de los preceptos fundamentales de la economía: que la gente actúa racionalmente para elevar su bienestar al máximo.

La investigación de la felicidad se basa en encuestas efectuadas principalmente en EE.UU. y Europa. Éstas generalmente dan por sentado que un individuo puede diferenciar fácilmente entre los sentimientos de bienestar e infelicidad, y plantean preguntas como las siguientes: ¿Usted diría que está feliz, muy feliz o no muy feliz? ¿Está muy satisfecho, más o menos satisfecho o nada satisfecho con la vida que lleva?

Descubrieron que cuando los individuos reciben cantidades importantes de dinero de manera inesperada (como el aguinaldo que ya se esfumó) presentaban un nivel más alto de bienestar mental. No obstante, la conexión entre el ingreso y la felicidad no es simple. Por ejemplo, los humanos somos envidiosos, y aunque el ingreso de una persona aumente, ésta tiende a ser menos feliz si el ingreso de los demás aumenta aún más. La desigualdad reduce la felicidad.

Pero todo eso sólo ocurre en los países del primer mundo, en el resto estamos tan preocupados por sobrevivir que no podemos darnos el lujo de discutir temas tan triviales como ese. En tantos años de injusticia y desigualdad, hemos aprendido a resignarnos y a no soñar, tal vez por temor a que la clase política nos robe los sueños vía impuestos.

 

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