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Cuidar la fe en un mundo que da la espalda a Dios

Hay muchos robos y la inseguridad parece incontrolable. Por eso se aseguran más que nunca los bienes materiales y el patrimonio de las familias.

Publicado 20 noviembre 2017 el 20 de Noviembre de 2017

por

Pbro. José Juan Sánchez Jácome

Las condiciones de vida que impone actualmente nuestra sociedad nos han llevado a ser más precavidos y vigilantes. Nuestra gente en México se distinguía por su nobleza, por su sencillez, por su carácter amigable y por su espíritu hospitalario. Aspectos que caracterizaban esencialmente el alma del mexicano se han venido diluyendo ante las nuevas condiciones de vida que impone esta sociedad.

Hay muchos robos y la inseguridad parece incontrolable. Por eso se aseguran más que nunca los bienes materiales y el patrimonio de las familias. También estamos más vigilantes porque hay muchas ambiciones, intrigas, infidelidades, golpes bajos, injusticias e intereses mezquinos. Ante un ambiente como éste se cuida más el trabajo, la familia, el matrimonio y la educación de los hijos.

Si se trata de los bienes materiales se implementan sistemas de seguridad y vigilancia. Pero cuando se trata de los bienes espirituales no siempre nos aplicamos de la misma manera.

De ahí que la Palabra de Dios nos insiste en la necesidad de ser precavidos y vigilantes porque como sentencia Jesús en el evangelio: nadie sabe el día ni la hora. Se pueden considerar, en este caso, por lo menos cuatro razones para entender y valorar la actitud vigilante del cristiano.

Vigilantes, en primer lugar, porque Jesús vendrá por segunda vez. El mundo no es eterno, sólo Dios es eterno y algún día Jesús volverá para consumar su obra y realizará el juicio universal. San Pablo (1Tes 4,12-17) y algunas otras generaciones de cristianos pensaron que a ellos les tocaría presenciar este acontecimiento.

En tiempos de oscuridad donde se propaga la maldad y la humanidad es azotada por calamidades y desastres naturales también algunos hermanos han pretendido encontrar en todo ésto los signos de la segunda venida del Señor.

El beato Cardenal John Henry Newman ofrecía un criterio sobre este tema que de suyo será siempre complejo: “Sus signos no son tan claros que no haya que buscarlos, no son tan claros que no puedan equivocarse en su búsqueda… Es verdad que los cristianos se han equivocado muchas veces y en varias épocas, al pensar que ya advertían la venida de Cristo; pero es preferible pensar mil veces en que Él viene cuando no viene, que pensar una sola vez en que no viene cuando está viniendo realmente… Afirmó, por tanto, que aunque los cristianos puedan errar y confundirse sobre los signos de la venida de Cristo, no se equivocan en estar atentos a la llegada del Señor”.

Vigilantes, en segundo lugar, porque no tenemos la vida comprada y nadie sabe el día ni la hora de su muerte. No necesitamos discurrir ni discutir sobre este aspecto sorpresivo e imprevisto de la muerte. La muerte no avisa, por lo que debemos estar vigilantes para cuidar nuestra vida, estar en paz con todos y sobre todo conscientes y preparados para el encuentro con Dios, porque así como habrá un juicio universal también habrá un juicio particular después de nuestra muerte.

Vigilantes, en tercer lugar, porque de hecho Dios se está manifestando y viene constantemente a nuestra vida. El problema es que no estamos en sintonía con las manifestaciones de Dios o nos encontramos muy ocupados y embelesados con las cosas del mundo, que no alcanzamos a percibir los susurros y manifestaciones de Dios. Muchas veces desperdiciamos estas manifestaciones de Dios porque lo estamos esperando de una manera equivocada y no valoramos la forma como Dios siempre se manifiesta.

Vigilantes, en cuarto lugar, porque la fe también se puede perder. Hoy tenemos fe, mañana quien sabe. Hoy estamos cerca de Dios, mañana quien sabe. Eso vamos descubriendo cuando varios acontecimientos que vivimos nos agarran mal parados espiritualmente hablando. Delante de esas situaciones nos damos cuenta que no teníamos la fe que suponíamos, que no estábamos tan agarrados de Dios como asegurábamos.

Es cuando reconocemos que la fe nos alcanza para muy pocas cosas pero no nos rinde para mantenernos inconmovibles y perseverantes ante las sacudidas que nos da la vida. La fe se puede perder cuando no la cultivamos, cuando no la fomentamos como es debido. Basta una enfermedad, un mal testimonio, un acontecimiento imprevisto para darnos cuenta de la fragilidad de nuestra vida espiritual.

Vigilantes, pues, porque los tiempos que corren no favorecen una vida de fe sino que amenazan y diluyen los cimientos de la vida cristiana. Invertimos en seguridad y protegemos con puntualidad nuestros bienes materiales. Debemos también cuidar nuestra fe e invertir en nuestro crecimiento espiritual. Hace falta estar vigilantes porque Jesús vendrá por segunda vez, porque nadie tiene la vida asegurada, porque Dios se está acercando y no lo reconocemos y porque la fe se puede perder.

Decía recientemente el papa Francisco: “Como cristianos, tenemos un tesoro dentro: el Espíritu Santo. Debemos custodiarlo. El ingenuo deja que le roben el Espíritu. Un cristiano no puede permitirse el ser ingenuo”. No podemos ser ingenuos ante un mundo que le da la espalda a Dios y combate la vida espiritual. De ahí la necesidad de cuidar la fe y de mantenernos siempre vigilantes porque nadie sabe el día ni la hora.