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Con tranvía y vino tinto

Volví a ver el otrora bellísimo bulevar Ávila Camacho, con su amplio camellón, sus estéticas palmeras que me recordó la letra del mismo nombre "Palmeras" de Agustín Lara...

Publicado 24 octubre 2017 el 24 de Octubre de 2017

por

Lic. Guillermo Ingram

Ayer volví a estar en aquel Veracruz hermoso de los años cuarenta, cincuenta y sesenta del siglo pasado, volví a encontrarme con Cri Crí y sus bellas canciones que hicieran exultante mi infancia. Volví a ver el otrora bellísimo bulevar Ávila Camacho, con su amplio camellón, sus estéticas palmeras que me recordó la letra del mismo nombre “Palmeras” de Agustín Lara, en el renglón que dice: “Y en tus ojeras se ven las palmeras borrachas de sol”. De nuevo escuché la bella canción de “A la orilla de un palmar”. Rememoré el malecón con aquellas bancas de concreto, todas colocadas para que el paseante ahí descansara y viera el eterno vaivén del mar y la salida, como el atraque de los barcos en los muelles. Volví a ver la fortaleza de San Juan de Ulúa dominando el horizonte de la zona portuaria. Otra vez me sentí andar en los frescos y cómodos tranvías que tanto gusto y goce proporcionaban a todos los que en ellos paseamos por toda la ciudad, del bonito Veracruz de la noche tibia y callada al que Lara le cantara tanto.

De pronto me sentí transportado a ese bello Veracruz, a ese lejano Mocambo y ni se diga Boca del Río, sitios estos dos últimos al que se iba solamente en excursión familiar o en grupo de amigos los fines de semana. El de los carnavales en el centro de la ciudad, en donde todo fuera diversión y disfraces.

REMEMORÉ LA INFANCIA

Me sentí de nuevo de niño y andar los domingos paseando en el zócalo y ver cómo las personas de mayor edad se movían en tres círculos, el de los varones, el de las mujeres y el de aquellos que habían encontrado a su pareja y si mal no me acuerdo éste último era el círculo interior. Vino a mi memoria las grandes terrazas del Hotel Mocambo y su inmensa playa y escuché de nuevo la voz de mi madre diciéndonos que no entráramos hasta lo hondo por el peligro de las pozas. Recordé la canasta con tortas y refrescos, los “descansos”, esos sillones especiales en donde en distintas poses los adultos descansaban o las hamacas que se amarraban de los pinos para estar en la sombra de esos notables árboles recibiendo la brisa marina.

Recordé el tiempo de la primaria y los felices recreos que nos aventábamos jugando, siempre jugando.

¡ESTUVE REGODEANDOME EN PUROS RECUERDOS BELLOS!

Efectivamente, me reencontré con el Veracruz donde toda la vida comercial se hacía en Independencia y Cinco de Mayo, cuando todos nos conocíamos y sabíamos quién era quien, ese Veracruz de la tranquilidad y las tardes solariegas y de las familias por las tardes “tomando fresco” en sus sillones tlacotalpeños en las banquetas de sus casas.

Viajé en el tiempo y de nuevo estuve en la casa de mi abuelita Carlota degustando la comida de mi tía Chepa, esa gran tía de la que en otras ocasiones les he escrito.

TAMPOCO ESTÁN YA LOS PREGONEROS, PERO REVIVIERON EN EL RECUERDO

¿El motivo de tanta remembranza? Que ayer estuve con puros veracruzanos de cepa, cuya presencia me hizo regresar mentalmente a los muy felices días ya idos. En donde aplico la máxima de: “Todo tiempo pasado fue mejor”. Pero que sin cuestión alguna quienes vivimos aquel Veracruz que hoy narro, son sin duda lejanas delicias, de lo cual sabemos muy bien quienes tuvimos las suerte y fortuna de haber estado en esos ayeres, donde también estuvieron aquellos pregoneros y vendedores que hoy brillan por su ausencia, como lo fue el lechero a caballo, el gelatinero con su pequeña vitrina portátil, el tamalero, el mondonguero, el de los dulces y “trompadas”, el barquillero, y ¡Tantos etcéteras que hoy echamos de menos!

¡PURA JUVENTUD!

Pues ayer viaje en el tiempo y viaje a aquel Veracruz recién descrito, todo esto de la mano de mis primas hermanas que tenía como 1000 años de no verlas. Nos pusimos a recordar nuestros ayeres de gran gloria. Lo de mil años está más que justificado porque una de ellas, Josefina, que vino desde León (donde la vida no vale nada), cuenta con 87 años de edad; sigue Concha de ¡83 años! Y su esposo, Juan Lara de 89 años o sea ¡La pura juventud! Ellas son hijas de mi tía Chepa, de quien tantas veces he platicado. Y mi sobrina Conchita, de 58 y yo de 63.

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