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Entre corruptos, corruptores y corruptelas

Vale la pena recordar que en alguna de sus históricas frases, también dijo hace algún tiempo, varios años, en 2014 para ser exacto...
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Publicado 24 octubre 2017 el 24 de Octubre de 2017

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Por Julio Fentanes

Hace unos días, el Presidente Enrique Peña Nieto dijo que no era posible culpar a la corrupción de todos los males que aquejan al país, y desde luego a su gobierno.

Vale la pena recordar que en alguna de sus históricas frases, también dijo hace algún tiempo, varios años, en 2014 para ser exacto, que la corrupción en México era un asunto cultural y para erradicarla, había que entrar en una nueva cultura ética, una revolución más moral que ética diría yo.

Si atendemos las dos intervenciones del Presidente con unos tres años más o menos de diferencia entre cada una, hay que preguntarse ahora: ¿Con cuál versión nos quedamos?

Y si hay que tomar una decisión salomónica, diría que hay que tomar una parte de las dos versiones.

Es cierto que no podemos culpar a la corrupción de todo lo malo que pasa en este país ni en el gobierno, sea cual sea el gobierno, federal, estatal o municipal.

Porque además de la corrupción hay que agregar impunidad, negligencia, soberbia y desde luego inutilidad para gobernar, por eso tiene razón el Presidente, no toda es culpa de los corruptos.

Y en la otra arista de su expresión, a mi gusto tiene razón, en decir que la corrupción es un tema cultural.

Aunque debería haber acotado, ¿Hasta dónde es cultural?.
No se trata de una herencia, sino de una mala costumbre adquirida.

Para que haya un corrupto tiene que haber un corruptor y tienen que haber “corruptelas” o acciones que desprestigiar con esa deshonestidad.

Y no vale que ponga cara de “What”…

O que trate de fingir demencia.

¿Cuántas veces ha tratado de sobornar a un agente de tránsito o un policía para que no lo multen, sancionen o lo lleven detenido ante un juez por una falta cívica o de vialidad?

Si se pasa el semáforo, si se estaciona en lugar equivocado, si viola el límite de velocidad, si trae un faro fundido, cometió una infracción y tiene que ser sancionado, pero no ocurre, porque si por circunstancias de la vida es sorprendido, le dará dinero al agente de tránsito para que no levante una infracción o al de la grúa para que no lo remolque por mal estacionarse.

Esto por citar algo tan común entre la sociedad.

¿Entonces qué? ¿Eres corrupto o corruptor?

O con algún boletero para un espectáculo, cuántas veces ha comprado en la reventa, o le ha regalado una “propina” al que vende para que le de más de un boleto, o incluso, algo tan vanal como los famosos “cadeneros” que se sienten dioses en los bares de moda y hay que sobornarlos para que lo dejen pasar a uno.

¿Somos corruptos?

Y quien no conoce los casos de los juzgados o las oficinas públicas, donde por una módica “propina” un “mochecito” o una “dádiva”, aceleran la búsqueda de expedientes o la firma de algún acta, o la sacada de “copias”. ¿Son corruptelas?

¿Y el cobro de piso de los narcos dónde queda?

¿Es igual al diezmo que piden los funcionarios para asignar obras, contratos o dar trabajo a alguien?

Y si lo queremos ver por el otro lado de la corrupción, tenemos a la deshonestidad generalizada. ¿Cuántas veces se ha quedado con un cambio que no le pertenece? Aunque sea un peso, cinco ó 10 pesos que el cajero se equivocó, y no le decimos y nos lo llevamos.

Esa es la otra parte de nuestro México corrupto.

Y todo eso fomenta lo demás que ya conocemos: impunidad, deslealtad, negligencia.

Y es cierto, hay que iniciar ya una revolución por la recuperación de nuestros valores, donde se nos inculcaba la honestidad desde el seno de nuestra familia.

Antes había que entregar los centavos de cambio cuando nos mandaban a la tienda de la esquina.

Desde casa decían las abuelas “se mamaban” las buenas costumbres, la educación y la honestidad.

Y romper las reglas tenía un castigo, siempre había una sanción.
Ser sicario, ser narco, ser mafioso, no era aspiracional, era despreciable.

Hoy la frontera entre la corrupción, la impunidad, la deshonestidad ya no existe.

Y mientras no encontremos, no querramos o no entendamos que estamos atascados en el fondo del lodo, no podremos salir adelante.

Y cierro dándole la razón otra vez al Presidente Peña, la corrupción no es la culpable de todo lo que pasa en el mal gobierno, la negligencia, la impunidad y cualquier otra forma de deshonestidad tolerada, contribuyen a la degradación social en que vivimos y que las nuevas generaciones piensen que “es normal”.

Para que haya un corrupto, tiene que haber un corruptor.

¿O no?

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