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Regalarle a Dios los pecados

Así que, como dicen los místicos, experimentamos una herida de amor y queremos sanarla en la medida que lo buscamos y nos acercamos cada vez más a Dios.

Publicado 09 octubre 2017 el 09 de Octubre de 2017

por

Pbro. José Juan Sánchez Jácome

Resulta un tanto paradójico pero mientras nos acercamos a Dios constatamos la enorme distancia que nos separa de Él. Así nos percibimos no porque Él se aleje o nos rechace sino porque reconocemos nuestro pecado. Nos damos cuenta cómo hemos perdido el tiempo viviendo al margen de sus designios y cómo hemos rechazado consciente e inconscientemente su amistad.

Así que, como dicen los místicos, experimentamos una herida de amor y queremos sanarla en la medida que lo buscamos y nos acercamos cada vez más a Dios.

A partir de este momento sentimos la necesidad de ofrecerle algo a Dios, de hacer algo por Él, de regresarle algo de lo mucho que nos ha dado. Crecemos en la amistad con Dios y nos sentimos en deuda con Él, por todo lo que reconocemos nos ha dado en la vida y no hemos agradecido, por todo lo que ha hecho por nosotros y hemos desperdiciado.

Nos acercamos y nos sentimos amados y perdonados, aunque también tomamos conciencia de esa deuda que tenemos con Dios. Nos ha dado tanto, se ha desbordado en bendiciones, ha respondido a nuestras plegarias e incluso nos ha concedido lo que ni siquiera somos conscientes de haber pedido. Precisamente por eso en la vida espiritual llega el momento que queremos hacer algo por Dios.

Dios se merece lo mejor de nuestra vida, por eso al pensar qué hacer por Dios, qué regalarle a Dios, pensamos en lo bueno, lo noble, lo perfecto. Pensamos en regalarle a Dios una misa, una oración, un sacrificio, llevar una vida honesta, visitar a un enfermo, hacer obras de caridad, etc. Eso procuramos regalarle a Dios que se merece lo bueno, lo noble, lo perfecto.

En primera instancia esos son nuestros propósitos para regalarle algo a Dios y corresponder a su amor incondicional que nos ha llenado de detalles y bendiciones a lo largo de la vida.

Investigando en la vida de los santos también encontramos otra manera, por demás singular, para ofrecer algo digno al Señor.

Meditando en la celebración de san Jerónimo me encontraba con una sugerencia del todo notable que convendría que analizáramos por la trascendencia que puede tener para nuestra vida cristiana. San Jerónimo fue uno de los grandes santos de nuestra Iglesia, gran conocedor de las lenguas antiguas y con una sabiduría que lo distinguió notablemente.

La Biblia está escrita originalmente en hebreo, griego y arameo y san Jerónimo tradujo la Biblia al latín. Esa fue una de sus grandes aportaciones a la Iglesia, traducir la Biblia a una versión que se conoce como la Vulgata, que hizo posible que paulatinamente la Biblia se tradujera a las lenguas del mundo.

Las fuentes ignacianas cuentan una leyenda interesante a propósito de san Jerónimo. Una noche de Navidad en Belén, se le apareció el niño Jesús y le dijo: «Jerónimo, hoy es mi “cumple” ¿Qué me vas a regalar?». San Jerónimo le respondió: «Pues mira, acabo de terminar la traducción de la Vulgata. Te la regalo». «¿Y qué más?». San Jerónimo le dijo: «Te regalo la ciencia». Y Jesús le vuelve a preguntar: «¿Y qué más?». «Señor, te doy mi vida».

«¿Y qué más?». «Señor, si ya te he dado todo». Jesús le dice: «No, Jerónimo. Quiero que me regales tus pecados para que te los vuelva a perdonar».

Al regalarle al Señor nuestros pecados, le reconocemos como nuestro Salvador. Y estamos además diciéndole: «Sí, para esto has venido, no te has equivocado. Aquí estoy».

Lo primero que pensamos es en lo bueno, lo noble, lo perfecto que Dios se merece. Ahora podemos considerar también regalarle nuestros pecados para que no se nos olvide que Él es nuestro Salvador, Él puede seguir conquistando y sanando cada parte de nuestra vida. Hay zonas de nuestra vida a las que ha llegado la salvación, la luz de Dios ha logrado penetrar.

Pero hay zonas en las que Dios no se apunta todavía una victoria, zonas de nuestra vida donde no ha llegado la luz del Señor.

Puede parecernos incómodo e inapropiado decirle a Dios: te regalo mi soberbia, mi lujuria, mi vanidad, mi egoísmo, mi injusticia, mi corrupción, etc., porque Dios se merece lo bueno, lo noble, lo perfecto. Pero una ofrenda como esta lleva la intención de actualizar nuestra experiencia de Dios como Salvador, pues Él lo puede todo, lo transforma todo.

Dios se ha venido metiendo en nuestra vida y hay cosas que hemos logrado cambiar. Pero no debemos conformarnos con lo que somos y hemos alcanzado, mucho menos pensar que hay cosas que ya no se van a solucionar y por lo tanto resignarnos a vivir en el pecado.

Regálale a Dios tus pecados, lucha no sólo con tus propias fuerzas y tomarás conciencia de que es tu Salvador y tiene el poder para hacer nueva toda tu vida.

 

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