Zumby Pixel

“Nunca me he sentido tan apóstol como ahora que sufro para ser fiel a mi misión”

Han pasado muchas cosas, tenemos tanto que lamentar y todo parece indicar que no estamos respondiendo conforme lo exige este panorama desalentador.

Publicado 23 octubre 2017 el 23 de Octubre de 2017

por

Pbro. José Juan Sánchez Jácome

Se nos han venido tantas cosas encima. Apenas intentamos respirar y recuperarnos de las situaciones adversas que han estado amenazando nuestra vida cuando llegan otras desgracias que ensombrecen más el panorama social.

Han pasado muchas cosas, tenemos tanto que lamentar y todo parece indicar que no estamos respondiendo conforme lo exige este panorama desalentador. La crisis se ha venido agudizando, los secuestros y extorsiones siguen partiendo el alma a nuestro pueblo, la inseguridad muestra facetas cada vez más preocupantes, la pobreza resulta ser más escandalosa e indignante y los fenómenos naturales han dejado muerte y destrucción.

Como muchos han comentado tratando de reflexionar en los fenómenos naturales que han azotado a nuestro país, el terremoto ha cimbrado no sólo la tierra sino también la conciencia de nuestro pueblo.

La comunidad cristiana también ha experimentado miedo, tristeza e impotencia frente a este ambiente de destrucción que nos agarra mal parados porque ya traíamos una racha de eventos sociales y políticos desafortunados que han hundido a nuestro país.

A nivel espiritual nos queda claro que también necesitamos fortalecer y reforzar los cimientos de nuestra vida para tener la capacidad de situarnos con fortaleza, compasión y esperanza frente a las sacudidas que nos da la vida.

Ante un panorama como éste, de manera espontánea llegamos a preguntarnos quién nos sacará de esta postración, quién vendrá a consolarnos, quién hará posible la recuperación de este pueblo tan digno que ha sido tratado indignamente.

Además de escuchar a los especialistas y expertos en la materia, la comunidad cristiana se recoge en la presencia de Dios para escuchar su Palabra, tratando de encontrar en ella el estímulo y la luz para salir adelante. Y así es como va surgiendo una respuesta y una esperanza.

No necesitamos un iluminado, no debemos estar esperando que aparezca alguien que comulgue con nuestros propósitos pero que atienda más bien sus propios intereses y ambiciones; no necesitamos emocionarnos con alguien que de manera estridente se indigna y se rasga las vestiduras por el estado actual de las cosas, pero sólo como una manera de ganar nuestra simpatía.

Confrontándonos con la Palabra y unidos en torno al Señor tomamos consciencia que Él nos envía a bendecir, consolar y fortalecer a nuestro pueblo. A nosotros nos toca levantar el ánimo, sanar las heridas y generar la esperanza porque Dios nos encarga esta misión y nos asiste con su gracia. La tradición de nuestro pueblo corrobora cómo en los momentos más oscuros de la historia Dios se ha manifestado contra todos los pronósticos restaurando la vida de su pueblo.

A los cristianos nos toca compartir la esperanza y llevar la luz donde hay oscuridad. No tenemos que esperar que alguien tome la iniciativa, mucho menos en estos tiempos electorales que se mueven con otra finalidad, aunque los discursos parezcan muy convincentes.

Al enviarnos, el Señor nos promete su espíritu, por lo que no vamos solos ni desprovistos frente a una realidad que rebasa nuestra capacidad de respuesta personal. Dios es el que nos respalda, Dios da la gracia, por lo que de antemano nos sabemos asistidos por una fuerza que no es nuestra sino de Dios y que llevará la fortaleza, la sanación, la paz y la esperanza donde se ha esparcido la violencia, la injusticia, la pobreza y la destrucción.

Los cristianos vamos cayendo en la cuenta de que son tiempos para consolar, levantar los ánimos e infundir esperanza a nuestro pueblo. Se nos han concedido tantos dones, hemos sido considerados dignos de confianza por lo que estos bienes espirituales tenemos que compartir ahora que tantos hermanos necesitan a Dios, la alegría de la fe y el fuego de la esperanza.

México es tierra de misión y pueblo de misioneros. En una jornada como esta agradecemos a Dios por la vida y consagración de tantos hombres y mujeres que transformados por Cristo han llevado un mensaje de paz y esperanza por todos los rincones de la tierra.

Pero también reconocemos que nuestro país es tierra de misión. Tenemos que anunciar a Dios y recuperar a México frente a los secuestros, extorsiones, corrupción, abortos, violencia e injusticias. No es fácil esta misión que incluso se torna peligrosa. Pero somos enviados, no vamos por nuestra propia iniciativa sino por mandato de Dios. Y creemos en el poder de la Palabra que doblega los corazones más obstinados.

Entendiendo así una tarea difícil pero impostergable podemos hacer nuestras las palabras de un misionero claretiano: “Nunca me he sentido tan apóstol como ahora que sufro para ser fiel a mi misión”.

 

- US -