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Al rescate de las ánimas y de las almas

La muerte no acaba con las aspiraciones del hombre porque la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo es el fundamento de la vida nueva y definitiva después de la muerte.

Publicado 30 octubre 2017 el 30 de Octubre de 2017

por

Pbro. José Juan Sánchez Jácome

El marco celebrativo de estas tradiciones mexicanas permite afrontar la realidad y la experiencia misma de la muerte desde un enfoque de esperanza. Precisamente el cristianismo potencia este aspecto cuando anuncia que el hombre ha sido creado para la vida y que la muerte es un estado transitorio.

La muerte no acaba con las aspiraciones del hombre porque la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo es el fundamento de la vida nueva y definitiva después de la muerte.

Los cristianos compartimos orgullosamente el folklore y las tradiciones de nuestros antepasados en relación al día de muertos, pero también vislumbramos un mundo nuevo que Dios nos promete y que nos lleva a superar el miedo ante los principales enemigos del hombre.

Por eso, la fiesta de Todos los santos arroja más luces sobre el misterio de la muerte. De los altares de muertos giramos nuestra mirada hacia los altares de los santos que creyeron y amaron profundamente al Dios de la vida y por eso llegaron a vivir en plenitud, aguardando el momento de la visión beatífica.

Con su testimonio, los santos confirman que ya desde esta vida podemos vivir el reino de Dios si aprendemos a confiar más en el Señor que en nuestras propias seguridades.

La fiesta de Todos los santos también nos llena de esperanza en lo que Dios puede hacer en el corazón de los hombres, sobre todo ahora que estamos tan necesitados de hombres bondadosos, honestos y virtuosos; de hombres de paz que luchen por la fraternidad y la justicia.

La santidad que propone la Iglesia, y que sigue siendo la meta de un cristiano, significa para nosotros el camino que nos puede sacar de la situación tan penosa que vive nuestro pueblo, condenado a la pobreza, a la injusticia, a la corrupción y a la violencia precisamente por un sistema que empuja a los hombres a vivir muy por debajo de su dignidad y esclavizados al egoísmo, la avaricia, la soberbia, el odio y la venganza.

No aspiramos a ser santos para que un día se nos venere en el altar. La santidad de vida que proponemos es aquella que nos ayude a recuperar nuestra dignidad de hijos de Dios, nuestra conciencia de que somos hermanos y nuestro compromiso para honrar a nuestro prójimo, especialmente a los pobres, a través del servicio y la promoción humana.

Esperamos, por eso, que estas fiestas no sólo abran un espacio para la convivencia o para sentirnos orgullosos de las costumbres de nuestros antepasados, sino que nos ayuden a vislumbrar ese mundo nuevo que podemos construir en la medida en que tomamos la decisión de vivir en plenitud y recuperar nuestra relación con Dios, como lo hicieron exactamente los santos.

Dios no atenta contra la libertad y la autonomía del hombre, mucho menos contra la soberanía de los pueblos; Dios abre los horizontes para descubrir en dónde se encuentra la fuente de la felicidad. Eso hizo con los santos y por eso sus obras perduran a lo largo de los siglos y su testimonio nos contagia para que también nosotros tengamos la aspiración de vivir en plenitud.

En estas fiestas hagamos oración para rescatar a las ánimas benditas, a fin de que puedan pasar del purgatorio a la patria eterna. Pero también hagamos oración para rescatar las almas de los vivos encadenadas a la ambición, el egoísmo, la avaricia, el odio y la corrupción.

Pidamos la intercesión de los santos para liberarnos de estas esclavitudes que provocan sufrimiento y muerte en medio de un pueblo que aspira a vivir en la paz.

 

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