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“EL REINO DE TINGAMBATO”

Por aquella época el fresco clima de la zona vulneraba la irremediable sensación tropical que había desarrollado, y es que sí, ya sé que me dirás que jugaste, reíste y dormiste conmigo durante mis primeros tres años en tu Reino, pero a mi piel extranjera visitada constantemente por el sol eso poco le importaba.

Publicado 12 octubre 2017 el 12 de Octubre de 2017

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Por: Mtro. Luis Fernando Ruz Barros

A tres meses de tu partida;

 “Yo solo deseo vivir y vivir, viajar con el cosmos en ágil carrera de mi juventud, moldeando mis horas, minutos y días, y así en la aurora como en el ocaso de mi senectud, yo solo deseo cantarle a la vida… cantarle al amor”

  (Emilio Ruz Ávila)

Decidí escribirte hasta ahora porque sabía que estos días la buscarías en su reflejo, en la cara opuesta de esa luna que tanto le regalaste en poemas y que hoy contemplas junto a ella. Lo conocí mucho antes de lo que pudiera recordar, y sabía que nuevamente llegaba a aquél reino cuando entre punzantes tecleos de la Olivetti 77 y el enervante aroma de café despertaba entre pijamas en lo que fueron mis primeros encuentros con el Rey de Tingambato.

Por aquella época el fresco clima de la zona vulneraba la irremediable sensación tropical que había desarrollado, y es que sí, ya sé que me dirás que jugaste, reíste y dormiste conmigo durante mis primeros tres años en tu Reino, pero a mi piel extranjera visitada constantemente por el sol eso poco le importaba.

En aquel palacete con portales amplios, interminables escaleras de caracol y jardines acogedores también había otros como yo. Pequeños seres correteándose y brincando por doquier, cuales hadas y duendes que aparecen en los pasillos vagos de mi memoria. Seres a los que viste con regocijo convertirse en tremendos domadores de Leonas y otras tantas veces en cazadores furtivos atrapando toda clase de cochinillas y gusarapos. Me dijiste que les llamara Hermanos y Primos y que junto a ellos habría de descubrir afanosamente cada recoveco del Reino.

Aunque varios lo apreciaban no dejaba de sorprenderme la estilizada técnica y poderosa convicción con la que delineabas tus versos, en ellos encontraste el vehículo para decirle al otro mundo, ese que estaba fuera de los muros del Reino, que la única virtud que tienen los seres humanos es aquella que se deposita y germina en el amor. Ese amor que durante tantos periodos regalaste a tu Reina, a tus princesas y príncipes, ese que te permitió cargar noventa años después otro bebe, ese amor que hoy a todo ese Reino nos hace extrañarte tanto.

No me preguntes porque hasta ahora pude redactar en esta epístola una narrativa de un mundo que fue, quizá la visita que hace apenas unos días hice a aquél lugar y por vez primera lo descubrí sin ti, muy a pesar de los esfuerzos de los bastones acaramelados que anunciaban la entrada al Reino empeñándose en acercarme a tu recuerdo. Abuelo, hoy sé que los lugares encantados podrán tener caducidad física pero la permanencia inalienable del recuerdo los hace para siempre, y que todos los que visitaron aquel Reino encontraremos en cada hoja de tu tinta, en cada risa poblada con bigote, en cada golpe a la pipa, en cada estrofa de Cantoral y en cada instante irrepetible, la razón para hacerte sentir el Rey más orgulloso, aquél que hizo

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