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Como doña María, muchos veracruzanos viven en la pobreza

Con nostalgia recuerda los buenos ayeres de juventud al lado de sus padres y hermanos, atendiendo el puesto que tuvieron en el mercado Hidalgo.

Publicado 17 octubre 2017 el 17 de Octubre de 2017

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*”Hubo un tiempo que tuvimos… pero eso se acabó”: Doña María

*Sobrevive con la ayuda de la gente

*Se conmemora hoy el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza

Rubén Licona Vázquez / El Dictamen

Cuando el tiempo y sus dolencias lo permiten, doña María coloca el puestecito de “chucherías” afuera de una institución bancaria del centro citadino en espera de alguna ganancia para comer.

Es una persona de la tercera edad que diariamente hace esfuerzos por la sobrevivencia.

Con nostalgia recuerda los buenos ayeres de juventud al lado de sus padres y hermanos, atendiendo el puesto que tuvieron en el mercado Hidalgo.

Hoy, nada ha quedado de ello, y debe levantarse cada día a la espera de algún ingreso con la venta de juguetitos, peines, manitas para rascar y otros artículos que ofrece.

No obstante, en la mayoría de los casos se sostiene gracias al altruismo de la gente que le ayuda con alimento, alguna ropa y a veces un poco de dinero.

Doña María San Pedro Luján es parte de la cifra de 40 millones de pobres que habitan en este país, según los datos aportados por el Inegi.

(Precisamente este 17 de octubre se conmemora el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, el cual fue declarado por la Organización de Naciones Unidas un día como hoy de 1987).

Si bien ella no vive en los cinturones de miseria que circundan a la ciudad, su caso demuestra que la marginalidad habita en cualquier parte de la zona conurbada.

Como techo “tiene” una casa en pleno corazón de esta ciudad-portuaria, en uno de los callejones que surcan el casco urbano, propiedad de un familiar que le presta para estar allí.

Pero ahí no hay más que una cama obsequiada por personas generosas, porque por cocina sólo posee una lata grande que le sirve de anafre y que en ocasiones coloca sobre trozos de leña en el exterior, en el callejón, para cocinar un poco de sopa, una o dos piezas de pollo para ella y su hijo, cuando alguna persona ha decidido obsequiarle “algo” para comer.

“De lo que ofrezco sale muy poco, la gente rara vez compra… más bien me obsequia unas monedas que sirven para subsistir, para comprar un refresco, una lata de frijoles, unos panes, en fin”, expone la señora, quien a pesar de todo posee buen humor.

Debido al sol que cae a plomo ha buscado la sombra del Tranvía del Recuerdo. Junto a ella sostiene la carreola de mandado que ocupa para transportar sus mercancías, las cuales aún no saca en espera que el volovanero que le ganó el lugar en el exterior del banco, termine y le deje libre su espacio.

La señora María tiene un hijo adulto con deficiencia, a quien además debe cuidar y alimentar.

“Mire, él me preocupa porque debo dejarlo en la casa, aunque se sale y anda por las cercanías, pero pienso algún día de estos tome otro rumbo“, se sincera esta persona que vive en la precariedad.

Recuerda que en familia le enseñaron a trabajar. Siempre estuvo al pendiente de los demás, y atendía al mismo tiempo el puesto que sus padres poseían en el referido mercado.

Hubo un tiempo que tuvimos, no le voy a decir que no, poquito, pero tuvimos“.

Pero a la postre su padre enfermó y el negocio se vino abajo.

Hoy es una persona adulto mayor que lucha por la subsistencia. A falta de un trabajo remunerado no cuenta con ninguna prestación social. Ni Seguro Social, ahorro para el retiro, mucho menos jubilación.

“Con la situación que vivo otros ya se hubieran doblegado, pero yo no me dejo, si no hay pan, busco tortillas, o frijoles, aunque a veces si se ponen difíciles las cosas”, comentó.

¡Por lo pronto ahí me la llevo… hasta que quiera Dios!.

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