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Terremoto

Una sociedad desencantada de todo y que ya no cree en nada ha pedido vía redes sociales la entrega de los recursos públicos de los partidos políticos nacionales

Publicado 27 septiembre 2017 el 27 de Septiembre de 2017

por

POLÍTICA Y DERECHO

ALBERTO SCHETTINO

Los movimientos telúricos vividos en el país en el presente mes de septiembre, han ocasionado un auténtico terremoto en las instituciones políticas de México.

Una sociedad desencantada de todo y que ya no cree en nada ha pedido vía redes sociales la entrega de los recursos públicos de los partidos políticos nacionales para la atención de los damnificados y la reconstrucción de las zonas afectadas.

Y ha sido el mismo partido en el gobierno el que se ha puesto a la vanguardia al atender a la airada exigencia social y no sólo ha accedido a no recibir los recursos que le faltan por recibir este año, sino que está promoviendo las reformas necesarias para que el financiamiento público desaparezca en 2018, así como también todos los legisladores plurinominales federales y locales, para con todo ello ahorrar aproximadamente 20 mil millones de pesos.

Con ello se responde a una de las demandas sociales más socorridas en muchos años, bandera de campaña electoral de todos los partidos de oposición al PRI pero que nunca presentaron siquiera una iniciativa con posibilidades de ser aprobada para cumplir con esa “promesa”; y también demandada por distintos sectores de la llamada sociedad civil, muchas veces alentados por un aparente desconocimiento de la verdadera importancia y del funcionamiento del sistema de representación proporcional; pero también sin duda animado por un enorme hartazgo social, que fue creciendo a lo largo de décadas de promesas incumplidas, creciente desigualdad, falta de oportunidades, inseguridad, impunidad y muchos males más, no atendidos debidamente ni resueltos; ni siquiera por los llamados “gobiernos del cambio”, que demostraron no sólo ser incapaces, ineficientes e ineficaces, sino que además resultaron ser tanto o más corruptos que los que decían combatir.

Todo este conjunto de situaciones ayuda a entender que la sociedad pida – y que los actores políticos accedan – cosas que pueden sonar muy agradables al oído iracundo, pero que nos pueden acarrear otros problemas que en la euforia de la turba pudieran no parecer muy importantes, pero que en realidad pueden llegar a ser fundamentales.
De inicio el financiamiento de los partidos, que si recibiendo financiamiento público y sujetos a un severo escrutinio de su origen y destino, se llegó a infiltrar dinero de procedencia ilegal a las campañas; pues imagínense ahora que no habrá financiamiento público.

El riesgo de que se preste a lavado de dinero o evasión fiscal crece exponencialmente.

Y en cuanto a la desaparición de los plurinominales, en tiempos en que se están ganando elecciones con apenas el 30 por ciento de los votos, pues imagínense ustedes entregar la mayoría de las Cámaras a un partido que sólo obtuvo el 30 por ciento de los votos en las urnas; y ese 70 por ciento de los votos distintos al mayoritario, se tiren literalmente a la basura; porque para eso sirven los plurinominales, para que los que votamos por un partido distinto al que obtuvo la mayoría relativa, nos veamos reflejados en la composición del Congreso y hacer una función de contrapeso.

Se puede argumentar en contra de esto, que en la actualidad difícilmente un solo partido puede ganar por sí mismo la mayoría de los 300 distritos electorales; pero entonces tendríamos el problema de la legitimidad, porque aproximadamente el 70 por ciento de los electores habrían votado en contra del “ganador”.

Estaríamos ante un escenario de parálisis legislativa como la que se vivió durante los gobiernos de Fox y Calderón, ante su evidente incapacidad para construir acuerdos parlamentarios; o de una agobiante impopularidad como la que ha asfixiado al gobierno del Presidente Peña Nieto, sobre todo a partir del tercer año de su gobierno.

Ante este escenario, una muy buena alternativa sin duda sería la de los gobiernos de coalición, para construir una mayoría más amplia, que permita gobernar y legislar, con mayor legitimidad y viabilidad.

Y desde luego, impulsando a políticos con una formación más sólida, trayectoria intachable; que tal vez no respondan del todo a los estándares de marketing y rating televisivo; pero que si tengan la capacidad y la sensibilidad para dialogar, realmente representar y cumplirle a la sociedad y así evitar que movimientos trepidatorios derrumben nuestras instituciones y dejen damnificada a nuestra democracia.

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