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HABLANDO DE . . .

En esa ocasión la ciudadanía dio muestra de su valor, generosidad y solidaridad con su ayuda humanitaria y material.

Publicado 23 septiembre 2017 el 23 de Septiembre de 2017

por

TREINTA Y DOS AÑOS

Concepción Díaz Cházaro

Cronista de la ciudad

En septiembre, el mes patrio, con treinta y dos años de diferencia se registraron dos temblores el día diecinueve. En el año mil novecientos ochenta y cinco el siniestro causó grandes pérdidas: humanas y materiales, no se olvidan Tlatelolco, Hotel Regis, Hotel del Prado, Centro Médico del IMSS, así como los talleres de costura en la calzada San Antonio Abad y Televisa Chapultepec.

La escasez de agua fue parte de las carencias; mujeres desde sus casas hervían agua y las vaciaban a garrafones que eran enviados a los puestos de socorro. De la misma manera preparaban comida: grandes ollas con pucheros de pollo o res, frijoles, huevos cocidos y otros eran llevados a los sitios de ayuda.

Recordemos a Plácido Domingo Embil, buscando entre los escombros a sus familiares que habitaban en Tlatelolco. Al siguiente día otro sismo se registró, el susto fue mayor, ya que llovía sobre mojado. Para brindar ayuda llegaron brigadas de países extranjeros, la ciudad quedó sin luz eléctrica y servicio telefónico en grandes zonas.

En el lapso de treinta y dos años se ha desarrollado la cultura de prevención, a las once horas del martes diecinueve se realizó un simulacro de sismo en la ciudad de México; sin embargo, un par de horas más tarde a las trece horas con catorce minutos se registró un sismo real con una magnitud de 7.1 en la escala Richter.

Con los actuales medios de comunicación, de inmediato nos enteramos del siniestro; sin embargo, en la ciudad de México, hubo fallas en el servicio eléctrico y telefónico. Por la noche pude comunicarme con la familia. Mi prima Tere vive en El Pedregal de San Ángel, su casa está convertida en un albergue familiar, ahí se encuentran sus dos hijas y seis nietos, conviviendo tres generaciones. Los hacinados fueros desalojados de sus viviendas por daños estructurales en las mismas.

El diecinueve de septiembre de mil novecientos ochenta y cinco llegué al patio de Vergara, a las ocho de la mañana, trabajaba en la restauración de dicho edificio, cuidando se llevara a cabo el proyecto. GUTSA realizaba la obra y al ser jueves había supervisión por el ingeniero Pérez Taylor, cuando un trabajador de dicha constructora me enteró del sismo recién ocurrido; sin embargo no le di gran importancia dado el trabajo que realizábamos. No fue sino hasta la hora de la reunión de seguimiento en que se abordó dicho tema.

Al regresar a casa, fue donde conocí la magnitud del sismo y el caos capitalino. La comunicación telefónica dejó de funcionar, por medio de la radio el capitán Julio Oropeza se comunicaba a la Ciudad de México y a otros lugares para informarse cómo se encontraban las familias de veracruzanos que residían por allá. Fue así que tuvimos noticias de los de fuera y ellos de las nuestras.

Hoy en día esto resulta, en especial para los jóvenes, algo difícil de entender, ya que por un lado le cortan el cordón umbilical y por otra le ponen en la mano el móvil, aunque sea para que vean las figuritas o escuchen música en el mismo.

Nuevamente me encontraba en el edificio del hoy Archivo

Histórico de la Ciudad de Veracruz durante el sismo del pasado martes. La Dirección está ubicada en el entresuelo de la esquina de Esteban Morales y Landero y Coss, de hecho no me había percatado del movimiento cuando dijeron: “¡Está temblando!”, me levanté del escritorio, abrí la puerta del balcón que da al corredor. En el zaguán y patio ya se encontraban los compañeros de trabajo; les dije: “Salga el que quiera, yo no salgo, este edificio no se va a caer”. Realmente yo estaba convencida de lo que dije, basta ver los muros de las antiguas casas de Zaragoza que contra viento, sismos y tempestades continúan en pie.

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