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Soy sacerdote para abrirle el paraíso a mi pueblo

Publicado 04 septiembre 2017 el 04 de Septiembre de 2017

por

P. José Juan Sánchez Jácome

¡Tan diferente de mí!

“Un sacerdote debe ser al mismo tiempo pequeño y grande, noble de espíritu, como de sangre real; sencillo y espontáneo, como de raíz campesina; héroe en la conquista de sí mismo, hombre que se ha batido con Dios, fuente de santificación, pecador al que Dios ha perdonado, soberano de sus deseos,servidor de los tímidos y de los débiles, que no se arredra delante de los poderosos y se inclina en cambio delante de los pobres, discípulo de su Señor, jefe de su rebaño,mendigo de manos extremadamente abiertas, portador de innumerables dones, hombre en el campo de batalla, madre para confortar a los enfermos, con la sabiduría de la edad y el abandono de un niño, en tensión hacia la altura y con los pies en el suelo, hecho para la alegría, experto en sufrimientos, distanciado de toda clase de envidia, previsor, que habla con franqueza, amigo de la paz, enemigo de la inercia, siempre fiel… ¡Tan diferente de mí!”

Mi familia, mi pueblo y mi Iglesia me inculcaron este concepto destacado y sublime del sacerdocio, aunque confieso mi enorme distancia para alcanzar este ideal. Así que me apropio el remate de este manuscrito medieval encontrado en Salisbury: ¡Tan diferente de mí!

¡Tan diferente de mí! Porque experimento cierta nostalgia por el bien que no he hecho, por el mal que hice y por no alcanzar en mi sacerdocio la estatura de Cristo.

Pruebo desde luego mucha alegría, una inmensa alegría porque Dios me ha llamado, se ha fijado en mí, me sacó de entre las montañas y cafetales de Huatusco, de este pueblo de naturaleza exuberante y alma grande, como grande e imponente es su tradición, su fe, su amor a María Santísima, sus montañas y el inalcanzable San Antonio que ni la reforma litúrgica pudo remover de su sitio.

Así me experimento, con una alegría que no se puede contener pero también con una tristeza que no se puede esconder. “El gozo y la tristeza nunca están separados… son los padres de nuestro crecimiento espiritual”, como dice Henri Nouwen.

Acepto la alegría y la tristeza que llegan a mi alma en un acontecimiento como éste. Son emociones que no llegan solamente como resultado de la reflexión y el reconocimiento sincero de los logros y fracasos, sino que así irrumpe la gracia de Dios. Veo con claridad cómo la gracia de Dios se pasea estos días por mi vida y me lleva a experimentar estos sentimientos encontrados.

Así que a nivel espiritual celebro mis bodas de plata sacerdotales entre la contrición y la alabanza. Los maestros del espíritu nos han explicado que la señal de la genuina contrición no es una sensación de culpa,  sino un sentimiento de dolor, de pesar por haber tomado un giro equivocado; igual que la señal de vivir en gracia no es una sensación de nuestro propio mérito, sino un sentimiento de ser aceptados y amados a pesar de nuestra indignidad.

Tengo presente que “Si la confesión de alabanza no está acompañada por la confesión del pecado, es un gesto vacío y pomposo. Si la confesión de los pecados no está acompañada por la confesión de la alabanza, es igualmente vacía y estéril…”, como sugiere Gil Bailie.

La gracia de Dios me lleva, pues, a la moderación y a la virtud, es decir, al justo medio. Como decían los clásicos, la virtud no se encuentra en los extremos sino en el medium rei, en el justo medio. Trato por eso de hacer un equilibrio para que el gozo se contenga por la conciencia que tengo de mis propios pecados, y el dolor de estas faltas se alivie por la alegría de saberme amado por Dios.

Desde este marco teológico puedo asegurarles que no he conquistado nada, no he llegado a la cúspide, y en acontecimientos como este llego a sentir la nostalgia de no haber realizado mi mejor esfuerzo. La celebración de mis bodas de plata sacerdotales genera sentimientos encontrados. Se siente la contrición por no haber estado a la altura en el ministerio y por otro lado me provoca la alabanza y la gratitud a Dios por su fidelidad durante estos XXV años así como por la confianza que sigue depositando en mí, a pesar de mi humana debilidad.

Si bien pido perdón por mis faltas y negligencias también me siento estos días más bueno, más disponible y más seguro de lo que la gracia de Dios puede obrar en mí. Lo digo con toda la modestia y humildad, también me experimento más sabio y más iluminado por Nuestro Señor que sin ningún mérito propio me ha rescatado de los momentos de oscuridad.

Inmediatamente aclaro que la sabiduría que pruebo en este acontecimiento no viene de los títulos académicos e investigaciones, sino de los abrazos, de los buenos deseos, de las felicitaciones, de la fe de nuestro pueblo, del perdón que se me otorga y de la confianza que se me refrenda, así como del encuentro y la cercanía con los amigos y familiares y de la celebración emotiva de los misterios de la fe.

“Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma”, como dice Julio Cortázar. Pero quisiera por lo menos manifestar que me identifico totalmente con el salmista que se siente dichoso por haber sido librado de la muerte. Reconoce el amor y la protección del Señor que lo llevan a expresar, en un tono de fiesta, ¡Alzaré la copa de la salvación! También en mi vida encuentro muchos motivos que me impulsan a seguir buscando a Dios, para agradecerle por sus dones.

No necesito pensarlo mucho, no necesito planear la forma, simplemente me nace del corazón, me brota del interior ser agradecido. Es como si el corazón me empujara para expresar tanta gratitud, pero como lo hacen los niños, más que con palabras con actos concretos de cariño, de alabanza y adoración.

Todo el corazón se compromete, toda la existencia vibra, todo mi ser orquesta la acción de gracias a Dios. Coincido plenamente con el salmista y me sale del corazón alzar la copa de la salvación, sin pensarlo y planearlo tanto.

Pero hay otra copa que me cuesta tanto levantar, otra copa que no siempre quisiera levantar para honrar y reconocer a un Dios que también bendice desde el sufrimiento.

La copa de la salvación de la que habla el salmo 115 me sabe dulce, me sabe a gloria y quisiera que fuera la fuente de mi eterna alegría. En cambio el cáliz de la salvación, el cáliz que no pasó de largo en el Getsemaní, me hace estremecer, me plantea la posibilidad de retroceder, me hace sentir el abandono que más duele: el abandono del mismo Dios.

En el Huerto de Getsemaní no hay sangre, no hay burla, no hay dolores físicos, pero hay dolores que taladran el alma. Corrijo, dice la Biblia que Jesús sudó gotas de sangre. La sangre del Calvario brotó por los tormentos que los hombres le infligieron a Jesús. La sangre en Getsemaní, por el miedo y el dolor del alma.

¡Alzaré la copa de la salvación! Sin duda que lo seguiré haciendo porque en demasía llegan bendiciones a mi vida y me nace ser agradecido con Dios. Pero pido a Dios la gracia de seguir levantando el cáliz del Señor, beber la sangre de Cristo para comulgar con su misión de desgastar mi vida y consagrarme por entero al bien de los demás.

También seguiré levantando el cáliz de la salvación por los miles de hermanos que son asesinados dentro de este clima de maldad y de violencia que ha alcanzado nuestras ciudades. Levantaré el cáliz de la salvación por los secuestrados y desaparecidos. Levantaré el cáliz de la salvación por los hermanos que en el medio oriente y en distintas partes del mundo son perseguidos y asesinados por odio a la fe cristiana.

Ante las adversidades y persecuciones que también nosotros enfrentamos tengo bien presentes las palabras del papa Benedicto XVI: “No tengan miedo, Dios nos ha escogido para vivir en este momento de la historia”.

Dios sabe por qué nos puso en este momento difícil para la sociedad y para la Iglesia. Por lo que no se trata de lamentarnos ni de quedarnos cruzados de brazos, sino de dar la cara por Dios y por el evangelio. Lo primero es dar la cara, no esconderla, ni encogerse de hombros. Los cristianos sabemos que no hemos recibido un espíritu de pusilánimes sino un espíritu de fortaleza y de buen juicio.

Así que no tenemos derecho a resignarnos con lo que está pasando y lamentarnos al ver sufrir a nuestro pueblo. Debemos esforzarnos para que la fe vuelva a ser nuestra enseña. Son tiempos difíciles, complicados y de muchos riesgos. Pero también son tiempos providenciales y formidables para vivir la fe y para ser sacerdotes.

Quiera Dios que pronto comencemos a reaccionar conforme lo exigen las circunstancias, considerando la enorme deuda que tenemos con los pueblos y familias que están de luto y con la esperanza de rescatar ese Veracruz hospitalario, alegre y generoso, ese pedacito de patria que sabe llorar, reír y cantar, con el respeto debido a la letra original del maestro Agustín Lara.

Decía el papa Benedicto XVI que de nosotros se espera que seamos especialistas de Dios. Eso se espera de los sacerdotes. Por lo tanto asumo las palabras de un misionero y entiendo que mi misión como sacerdote es abrirle el paraíso a la gente. Si acaso me he dedicado a otras cosas, a eso me dedicaré con la ayuda de Dios: a abrirle el paraíso al pueblo de Dios a mí encomendado.

 

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