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Hemos olvidado que nos pertenecemos

Ha sido mucho para tan pocos días; han sido momentos de una gran sacudida no sólo de la superficie de la Tierra sino de las profundidades de la conciencia y el corazón.

Publicado 18 septiembre 2017 el 18 de Septiembre de 2017

por

Pbro. José Juan Sánchez Jácome

El Espíritu Santo me inquieta y me provoca para referirme a la tristeza, el sufrimiento, la angustia y el llanto que han generado el terremoto de la semana pasada (otra vez septiembre) y los huracanes de esta temporada que siguen dejando destrucción y muerte a su paso.

Ha sido mucho para tan pocos días; han sido momentos de una gran sacudida no sólo de la superficie de la Tierra sino de las profundidades de la conciencia y el corazón. Se ha sentido el miedo y la incertidumbre por todos los riesgos de estos fenómenos naturales.

Exactamente cuando comenzamos a agradecer a Dios después de que pasó lo más peligroso, por lo menos para nosotros, experimentamos el sufrimiento y la impotencia por las comunidades, pueblos y países que han quedado seriamente dañados, y especialmente por las víctimas de estos fenómenos naturales.

Al constatar la devastación no dejo de contemplar también la preocupación de tanta gente solidaria y comprometida ante la situación de muchos hermanos. Se piensa en ayudar, consolar, orar, compartir… remediar tanto mal. Y se piensa mucho en Dios.

Acostumbrados a un estilo de vida diferente y moviéndonos como si fuéramos eternos y todo lo pudiéramos, volvemos a inquietarnos espiritualmente y a plantearnos los grandes cuestionamientos de la vida. No ha faltado quien responde con el Apocalipsis, tratando de encontrar en este libro algunas claves de lo que está pasando.

Por muy reacios que seamos al cambio y aunque estuviéramos dejando de ser sensibles ante los sufrimientos de los demás, un acontecimiento de tal magnitud provoca que hagamos un alto y reflexionemos con seriedad sobre el rumbo que le estamos dando a nuestra vida.

Gloria a Dios que una de nuestras primeras reacciones sea pensar en ayudar, consolar, compartir y remediar tanto dolor. Pero en la medida que Dios permita, con nuestro desprendimiento y solidaridad, superar la emergencia no podemos regresar a la vida de siempre, desconociendo a Dios, promoviendo estructuras injustas, despreciando al hermano y explotando irracionalmente la naturaleza.

Todas las glorias humanas y hasta las más extraordinarias creaciones del hombre son vulnerables y transitorias. Lo que permanece para siempre, lo que nunca se destruye y lo que hace trascender la vida del ser humano es el misterio del amor. Un amor que Dios nos ofrece como esencia de nuestra propia existencia para que proyecte nuestra forma de estar e interactuar en este mundo.

Además de la tarea de reconstrucción se queda una profunda reflexión y una impostergable invitación a respetar y ennoblecer la vida, al respeto de la dignidad humana y al cuidado de la naturaleza, nuestra casa común para que cada vez la preservemos y la dejemos en mejores condiciones para las futuras generaciones.

A nivel social y a nivel personal tenemos que pensar en las bases que sostienen nuestra vida, para que regresemos a Dios y volvamos a cimentar la vida y nuestras obras sobre roca firme.

Un regreso a Dios no por el temor a la destrucción sino porque la relación con Dios le da sentido y equilibrio a la vida del hombre y nos hace tomar conciencia de lo que somos, de nuestra altísima dignidad, para tratar al planeta y a las personas con la dignidad que tienen y no instrumentalizar a los demás.

Pocas cosas nos hacen reaccionar, pensamos que podemos hacer de todo y no pasa nada. A nivel físico así como a nivel ético y espiritual se provoca un desequilibrio cuando no respetamos la naturaleza, las fuentes mismas de la vida y la estructura esencial de la persona humana.

Ojalá que los fenómenos naturales nos dejen más unidos y más conscientes de lo que somos. Decía la Madre Teresa de Calcuta: “Si no tenemos paz en el mundo, es porque hemos olvidado que nos pertenecemos el uno al otro, que ese hombre, esa mujer, esa criatura, es mi hermano o mi hermana”.

Y el gran filósofo francés Charles Peguy sostenía: “Tenemos que salvarnos todos juntos. Todos hemos de llegar juntos a la casa del Padre. ¿Qué nos diría el Padre si nos viera llegar a unos sin los otros?”

Han provocado mucha destrucción estos fenómenos naturales pero esperamos que nosotros reaccionemos, recapacitemos en nuestra vida y volvamos a ver con claridad que nos pertenecemos.

Hay mucho que hacer, hay mucho que reconstruir. La fe no es un búnker para preservarnos de la destrucción sino una gracia para compartir y comprometernos en el rescate de lo más auténticamente humano y divino de la existencia.

 

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